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Opinión

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Reflejos de la memoria, un viaje en el tiempo a propósito de ‘Reflejos Picasso x Barceló’

La exposición puede visitarse en el Museo de Almería hasta el 15 de marzo

Miquel Barceló, durante la presentación en el Museo de Almería de la exposición 'Reflejos. Picasso x Barceló'.

Miquel Barceló, durante la presentación en el Museo de Almería de la exposición 'Reflejos. Picasso x Barceló'.Marian Leon / Europa Press

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Desde el pasado 16 de diciembre el Museo de Almería acoge en su sala de exposiciones temporales, bajo el pretexto de la cerámica como leitmotiv, obras de Picasso y Barceló gracias a la colaboración de la Fundación Almine y Bernard Ruiz-Picasso y la Junta de Andalucía. La exposición Reflejos Picasso x Barceló además cuenta con el patrocinio de Fundación Unicaja formando parte de un ambicioso proyecto del Museo Picasso de Málaga que reúne al genio con otros creadores, en esta ocasión con Miquel Barceló para reafirmar, a mi juicio, el valor artístico de la cerámica.

La primera vez que vi la obra de Barceló fue en 1985, hace más de cuarenta años. Un autocar me llevó desde Barcelona a Madrid, allí exponía Juan Gris en la Biblioteca Nacional y en esos mismos días, en el Palacio de Velázquez del Retiro, lo hacía Miquel Barceló, considerado por la crítica como el enfant terrible de la pintura española tras su éxito solo unos años antes en la Documenta de Kassel. Entonces ejercía Barceló de joven pintor, audaz y radical. Sus lienzos empastados en los que aparecían” museos y bibliotecas”, como metáfora del conocimiento y del viaje, y sus “cocinas”, alegóricas naturalezas muertas, me dejaron entonces con la duda que suele abrumar al novicio. La espesura de sus óleos junto a otros materiales llenaba la superficie del cuadro, una materia derramada emocionalmente como un magma que finalmente termina por solidificarse. Frente a esos cuadros de filiación expresionista, y figurativa, vinculada a la pintura de los años 80 que abandona el conceptualismo y el minimal para entregarse en los brazos del neo-expresionismo alemán, la pintura italiana y la americana, sentí algo parecido a la incertidumbre. Reconozco que estuve ausente un tiempo hasta que descubrí sus dibujos, en una sala más pequeña, y se iluminó mi mirada al ver en los papeles lo que no era capaz de ver en los lienzos. Era ya Barceló un nómada de regreso de sus largas estancias en Barcelona, Vila Nova de Milfontes, Nápoles, o París y un crítico como Enrique Juncosa señalaba que su obra compartía “la poética humilde de Joan Miró y su continuación en los cuadros matéricos de Antoni Tapies”, sin olvidar su cercanía con ciertos manieristas como Tintoretto o Pontorno. En fin, debo confesar que aquellas primeras obras me parecen hoy mas allá de lo epocal el germen de su mejor pintura.

El descubrimiento de Picasso

El descubrimiento de Picasso fue un lustro antes en la Barcelona de los años 70. Las visitas a su museo en el barrio gótico, en la siempre umbría calle Montcada, tan cerca de la Galería Maegh (hoy desaparecida y tuneada salvajemente con fines turísticos) se repetían frecuentemente. Allí lo descubrí en sus primeros cuadros, y en otros de la época azul y rosa, o los más atrevidos de la serie sobre las Meninas. Tiempo después, en los meses que viví en París fueron modernos y vanguardistas Picassos los que vi en el Beaubourg y en el Jeu de Paume o quizás fue en L´Orangerie, siempre los confundo. En aquel, tantas veces, recordado verano el Museo Picasso permanecía cerrado por reformas. Desde entonces hasta la apertura en Málaga de su Museo la obra del genio ha seguido deslumbrándome a pesar de las páginas que se han ido desvelando de su controvertido diario de vida.

De Barceló, un picassiano de buena ley en tantos aspectos creativos, de nuevo mi memoria lo asocia a una colectiva junto a Broto y Sicilia en el Pabellón Mudéjar de Sevilla, una de las primeras exposiciones que recuerda haber visto mi hija en compañía de su inseparable muñeca de trapo. Fue antes de la Expo del 92, y las “barcas” de Barceló se prodigaban en sus lienzos como reflejo del impacto de las labores de pesca de los malíes en el río Níger. De ese lugar y esa cultura africana nacen las figuras de sus cuadernos de dibujo y sobre todo su pasión por la cerámica. Como dijo en la conversación que mantuvieron él y Bernard Ruiz-Picasso en el Museo de Almería la tarde de la inauguración, “si hacía viento no podía pintar, pero sí modelar el barro para hacer cerámica”. Barceló empezó así a trabajar el barro y ha hecho de la cerámica uno de los ejes centrales de su creación artística, revalorizándola hasta borrar los límites entre arte y artesanía.

Pero de nuevo regreso a la senda que traza la memoria y al Madrid de la exposición de Barceló, La solitude organisative, en 2010, en La Caixa. La efigie del Grand elefant dret era un buen reclamo para el visitante, aunque lo importante eran las obras que selecciona el artista entre pinturas, acuarelas, dibujos, esculturas, cerámicas, carteles, libros y muchos cuadernos de viaje. El desierto, y sus espejismos, y el rastro de las termitas de Dogón en sus papeles son solo algunas de las huellas que quedan de ese periplo africano. Las más duraderas son sus piezas de terracota, realizadas en Malí en 1995, según una tradición que mezcla la arcilla con paja de mijo triturada y pequeños trozos de teja en maceración durante días, para luego cocer en un horno a cielo abierto a muy poca temperatura con lo que obtiene piezas de una extrema fragilidad. A esa fragilidad se refería el artista en la conversación entrañable que mantuvo con Bernard, nieto de Picasso, en la tarde almeriense. La fragilidad propia de una cerámica que ha pervivido miles de años frente a piezas hechas con metales más nobles que, sin embargo, desaparecen al reutilizarse a largo de la historia para usos como, por ejemplo, las armas de guerra. Aquellas terracotas se expusieron ese año en la famosa galería neoyorkina de Leo Castelli, bajo el prisma de una nueva y trasgresora modernidad.

Devoción por la cerámica

La devoción de Barceló por la cerámica es la misma que tuvieron grandes artistas como Picasso o Miró, y culmina de alguna manera en su atrevida intervención en una de las capillas laterales de la catedral de Mallorca, un gran friso de cerámica para su sinfonía mediterránea de flora y fauna. Gótico y modernidad conviven en ese espacio sagrado, más allá de épocas o estilos artísticos.

Finalmente, vienen a mi memoria imágenes de Metamorfosis, la última exposición de Barceló en el Museo Picasso de Málaga, pasada ya la pandemia, donde reunía obras del periodo 2014 a 2020. Me sorprendió gratamente la importancia que tiene la cerámica en su singular aventura artística de las últimas décadas, resultado de años de trabajo en el taller del mallorquín Jeroni Ginard. El mismo título, Metamorfosis, nos acerca al misterio de la transformación del barro mediante el fuego, el punto final del proceso alquímico de la cerámica. Sus piezas desafían las formas tradicionales, con huecos y protuberancias, y deformaciones inverosímiles, que hacen de la cerámica una “forma extraña de pintura”, en palabras del artista. La cerámica es así” la madre de la pintura”, la que permite sentir el placer de lo primario, al trabajar con las manos desnudas. De esa interpretación surge también el interés por formas primitivas y ancestrales de la vida y cultura del Mediterráneo, en muchos casos cargadas de simbolismo: pulpos, y toda clase de animales marinos, cabras y toros, y una variedad de frutas y alimentos característicos de este Mare e Terra tan presentes en su imaginario. Una aventura que indaga también en materiales, teóricamente “impuros” o desechados, como las tochanas para hacer con ellos pequeños tótems, con un carácter híbrido que remiten a otras culturas.

En Almería

La actual exposición Reflejos Picasso x Barceló es un cántico a lo primigenio, al misterio de los elementos más humildes, el agua, el barro y el fuego, y a la capacidad de generar belleza con ellos. Contemplando las distintas piezas expuestas de Picasso: Plato con cabeza de cabra, sus distintas palomas, sus figuras femeninas, etc. uno piensa en la genialidad del pintor que se reafirma más allá de los materiales y soportes utilizados. Creo, si la memoria no me falla, que no habíamos visto antes en Almería obras de Picasso, ni tampoco de Barceló, salvo algunas litografías. Esta gran exposición, rellena un vacío histórico, y sin duda tenemos que agradecerlo y valorarlo. El mismo hecho de incorporar en la exposición piezas arqueológicas de la colección del Museo, junto a las cerámicas de Picasso y Barceló, sin identificarlas, es un aporte interesante que nos hace reflexionar sobre el misterio de la experiencia artística, y conceptos como el de la modernidad. El broche final a esta exposición es un hermoso teatro – pesebre, como guiño a una de las tradiciones navideñas que lo han sido durante siglos, una de esas huellas de la cultura popular del Mediterráneo. De nuevo, lo popular con muchos quilates de arte.

Esta exposición en el Museo de Almería formará parte, a buen seguro, de la memoria de quienes la visiten. La oportunidad que se nos brinda a los almerienses de disfrutarla en nuestra ciudad más que un lujo es una necesidad. No se la pierdan.

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