In memoriam
In memoriam
Se nos fue Luis Cañadas. Mi repulsiva aversión a las necrológicas no me debe impedir que le dedique unas cuantas palabras que yo creo verdaderas. En tiempos en que me dedicaba a la crítica de arte y queriendo descifrar el misterio indaliano todavía oscuro a pesar de la banda de exégetas repetidores, tuve muchas horas de conversación con Luis. Me di cuenta muy pronto de que estaba delante de un hombre nada común. Para mí era el más evolucionado del grupo indaliano. Los otros permanecían fijados al acontecimiento madrileño de 1947. Su proyección política y sus vuelos retóricos. El lo asumía y le sacaba toda la propaganda posible en cuanto a exposiciones y galerías. Pero en realidad se le notaba que andaba en otra dimensión creativa. Solo a su timidez y a su refinada educación podemos atribuir que no rompiera con la permanente prédica percevaliana. Alejado de la secta y de sus apócrifas logomaquias cafeteras, Luis se dedicó a hacer su obra compuesta principalmente por murales, mosaicos, cuadros de la vida almeriense y paisajes. Más tarde cuando marcha a Madrid, su temática se ensancha con referencias campesinas y de gran ciudad, pero su universo creativo es un trasunto de Almería. En Almería se conjuga la miseria y la belleza, como dijo Goytisolo, y de aquí brota un amor especial, una mirada algo melancólica por las cosas humildes. Para mí, lo mejor de Cañadas no son esos murales por encargo, sino sus rincones, su casitas de la Chanca bajo las torres de la electricidad, sus cardo a la vuelta de un camino sin árboles... Como ha dicho su hermano Aureliano, Luis es “un materialista muy espiritual, un panteísta que vive de belleza del mundo”. Es su otra Almería. Su legado imperecedero. Adiós, amigo.