La Voz de Almeria

Opinión

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Sé que es una postura incómoda de mantener, pero desde hace muchos años sostengo que la celebración de la Feria de agosto supone para Almería una calamidad de proporciones bíblicas. Sí, ya sé que para muchos es un paréntesis de luz y color, de fiesta y alegría, de diversión y reencuentro y todos los etcéteras que configuran el discurso oficial del inmenso coral y la hermosa bahía. Pero a poco que piensen fríamente, empezarán a descubrir perfiles inquietantes en todo ese catálogo festivo. Además del ruido y la fritanga, no podemos olvidar esa especie de desbarre global que genera, tras la Feria del Mediodía, escenarios desoladores parecidos a los que dejaría una secta ufológica después de un suicidio colectivo.


Si a eso añadimos la imposibilidad de realizar cualquier actividad comercial, laboral o cotidiana diez días antes -y diez días después- de la dichosa Feria puesto que la gente se parapeta en la consabida excusa del “es que son días muy malos, sabusté”, podemos concluir asegurando que la Feria de Almería es un padecimiento terrorífico que ha de afrontarse con resignación y templanza.


No terminan de entenderse, por tanto, las críticas a la solicitud de los hosteleros al Ayuntamiento para que se sancione a los que, para dar mayor colorido, vayan deambulando sin camiseta. Bastante es tener que aguantar el rumberío carcelario de la megafonía y los efluvios a pincholomo de las planchas como para que encima el personal vaya aireando los sobacos.


Aunque si la opción es llevar una camiseta de grupo con lemas del tipo “Queremos follar” o algo así de ingenioso, pues qué quieren que les diga. Mejor irse de Almería unos días.


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