El atajo
El atajo
Con la actualidad oscilando entre lo deontológico y lo caligráfico, convendría templar el ambiente y evitar dejarse llevar por el siempre tentador camino de la trashumancia emocional, con sus “pásalo” y sus típicas espontaneidades. Nadie tiene la obligación de sentir simpatías por éste o por cualquier otro gobierno, pero la justicia y la verdad, grandes palabras que ahora perejilean todas las salsas, no tienen nada que ver con los afectos y desafectos.
Y da la sensación de que en función de la antipatía que nos merezca quien sea apuntado por algunos medios de comunicación, no son necesarios ni válidos los controles, ni las normas, ni las garantías, ni los tiempos propios de un Estado de Derecho. ¿Existe la presunción de inocencia en España? Resulta difícil mantener que sí después de lo leído y escuchado estos últimos días en los que parece haberse dictado sentencia antes incluso de que se hayan formulado los cargos. Son muchos los que dan por reales los documentos filtrados a un periódico que recientemente hubo de admitir con bochorno un error de portada en otra exclusiva presuntamente contrastada. Y no estoy hablando de delitos y culpas que eventualmente merezcan castigo, sino de la urgencia por convertir una sospecha en evidencia, sin más respaldo que la tirria que se le pueda tener a unas siglas. Todo el mundo ha pensado en el escenario al que conduciría la veracidad de los papeles publicados, exigiendo dimisiones y erigiendo piras. Ahora bien, ¿qué pasaría si los manuscritos fueran falsos? La ausencia de cautelas en este sentido parece señalar que más que la verdad y la justicia, lo que se busca aquí es un atajo.