Valete et plaudite
Siempre me emociono con el aplauso que sucede a la función de teatro. Cuanto mayor es la ovación, también lo es la emotividad. Aplaudo entre vítores, silbidos y “bravos”, hasta que los actores comienzan a salir y entrar al escenario, deshaciéndose en reverencias de falsa modestia. Una señora en la segunda fila se ha levantado causando un efecto dominó. El aplauso comienza a sentirse hueco, me duelen las palmas de las manos, “tampoco ha sido para tanto”, me digo. El elenco al completo vuelve a entrar, otra vez. En este punto estoy más abochornada que emocionada. ¿Por qué seguimos aplaudiendo? Me pongo de pie, igual esa es la fórmula para que dejen de salir y la ovación cese.
Fueron los romanos, unos adelantados en lo que a opulencia y ego se refiere, los que instauraron el aplauso como señal de reconocimiento a una buena obra de teatro. Al finalizar la función, el actor principal gritaba: “Valete et plaudite” y el público rompía en un palmoteo, aunque este no era espontáneo, sino remunerado.
La vida se me antoja como un gran teatro romano –aunque 2020 bien podría haber sido un coliseo–. Vivimos a expensas de la gran ovación, persiguiendo un éxito que no llega y que cuando lo hace nos vemos en la obligación de gritar “Valete et plaudite”, que en el lenguaje ‘millenial’ vendría a ser “Hazme casito”. Llegados a este punto me planteo qué es lo impostado, si la vida o el aplauso.
Vivimos por y para el éxito. Nos han educado para triunfar, pero al mismo tiempo haciéndonos creer que no somos merecedores de ese premio. Somos como el actor que al finalizar su función sale una y otra vez, reclamando la atención, necesitado de afecto.
El día que alcancé mi sueño, mi padre, hombre parco en palabras y sentimientos, me dijo: “Sabía que eras buena, pero no tanto”. Era su modo de aplaudirme. La gran ovación. No me extraña que los actores salgan una y otra vez al finalizar la función, disconformes con el primer aplauso. De haberlo sabido antes, le hubiera gritado a mi padre: “Valete et plaudite”; pero no quiero un reconocimiento impostado. Aplaudan (lo justo).