La parada
La parada
Por poco que le influyan al periodista los acontecimientos del mundo y los problemas de la vida es claro que llega el fin de semana y se asemeja a un burro apaleado sin ganas de subir la cuesta. Hay que ver qué semanita hemos dejado atrás de rescates que no son rescates, de precipicios que no son precipicios y de ganas de vivir que dan ganas de morirse.
Debemos profesionalizarnos a la manera del cirujano que sabe que ha estado operando todo la semana y que lo mismo tendrá que hacer irremediablemente la semana próxima. Aunque uno se dedique a informar sobre basuras y baches no puede pasar indiferente ante la infelicidad de los hombres. Pero entre viernes y domingo, qué menos que hacer una paradita en otros mundos posibles que están en este. Para mí, por circunstancias personales y biográficas, mi hobby sigue siendo la música y en ella y con ella el autor que mejor contribuye a la armonía de mi espíritu es Bach.
A mi juicio Bach representa el orden de las esferas, más o menos lo que Fray de León quiso ver en su amigo Salinas al verle tocar el órgano. El aire se serena y viste hermosura y luz no usada. Hay genios de la música que parecen haber metido en sus composiciones todo el drama del hombre en mitad de un torbellino galáctico sin sentido. No es este el caso de Johann Sebastian Bach quien llevó hasta sus últimas consecuencias la expresión contrapuntística.
Sea la suya música sacra o sea profana el tejido armónico coincide siempre, arte por el arte, perfección de la forma. Qué lejos queda aquí el cotidiano desorden de las estructuras económicas y sociopolíticas. Una paradita en Bach cada ocho días anima a seguir viviendo.