La Voz de Almeria

Opinión

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Siempre me ha sorprendido la extraordinaria importancia que se otorga en España a las encuestas de intención de voto cuando la experiencia nos demuestra que cuando llega la hora de la verdad y se cuentan las papeletas, se comprueba la llamativa diferencia entre las predicciones demoscópicas y lo sucedido realmente. El titular “se equivocaron las encuestas” es algo ya tan habitual en la dinámica electoral como ver a los ganadores poner los dedos formando la V de victoria. Este fracaso predictivo, que con el tiempo ha cobrado un carácter rutinario, se antojaría mortal de necesidad para las empresas dedicadas, por ejemplo, a la búsqueda de petróleo o de gas natural, pero sin embargo no parece causar daños al sector de la demoscopia, que vive un incesante tiempo de pujanza y desarrollo a pesar de que sus pronósticos rara vez son certeros. Por eso no acabo de entender el extraordinario eco que está teniendo el último sondeo del CIS, que es como la nave nodriza de todas las empresas dedicadas a las encuestas, y las sesudas reflexiones que está mereciendo por parte de los partidos políticos y los medios de comunicación. Vamos a ver: lo que marca este sondeo oficial es que todos los partidos tienen razones para la preocupación y al mismo tiempo para la esperanza, cosa que podríamos interpretar como una hábil estratagema de retroalimentación del sistema para que dentro de poco cada partido encargue a su empresa de cabecera otra encuesta, que podrá ser adobada y emplatada al gusto de la parte contratante. En todo caso, como suelen decir los políticos que deciden y actúan en función de los sondeos electorales, la única encuesta importante es la del resultado electoral, urna a urna y voto a voto. Lo malo es que una vez llegado ese momento, ya darán igual las sesudas explicaciones técnicas acerca de por qué volvieron a fallar las encuestas.


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