La Voz de Almeria

Opinión

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¡- ¡Toma “drai”!, ¡ese “paseinchoh” no lo hueles!
- ¡“Eis”! ¿pero qué dices, será 40 a 30?
- Ni de coña, en todo caso “yus”.
¡“Noooo”!, era el único grito que coincidía exactamente con la jerga del tenis, los demás, fonéticamente más o menos. Nos queríamos parecer a ellos y quien sabe si hubiéramos llegado a ser mejores, pero para entender esta hipótesis hay que ponerse en situación. 
Empezamos jugando en el patio de la CNS, era de tierra y piedras, la raqueta era de madera entera, ¿bolas? las nuestras, la red era una cuerda atada de pared a pared, cuando las discusiones sobre si una bola había pasado por arriba o por abajo de la cuerda/red llegaron a un punto irreconciliable ideamos colgar de la cuerda unos sacos de cemento o de harina vacíos, así evitábamos llegar a mayores. No era necesario golpear con efecto las pelotas, lo cogían nada más botar en el suelo y tropezar con una de las piedras, lo difícil era devolverlas.
Ese fue el comienzo, después progresamos en instalaciones. En el instituto hicieron un pista polideportiva de cemento, ¡que alegría más grande! por fin podíamos jugar en condiciones, además nos adelantamos a los tiempos, era una pista rápida y entonces los profesionales solo jugaban en tierra batida, más lenta, como todo el mundo sabe. 
Adquirimos raquetas con cordaje y todo, y bolas blancas de tenis, las amarillas aun no se habían inventado. Solo había un pequeño problema, la red. ¿Qué, porqué la red?, os cuento, usábamos la única que había, la de voleibol, eso sí, colocada en los mástiles de dicho deporte pero bajada hasta la altura exacta de la del tenis, solo tenía un pequeño inconveniente, el entretejido de la red, sus cuadrados median unos 10 x 10 centímetros, y volvíamos al principio, “que no ha entrado, que si ha entrado, que no, que si”, y decidimos adoptar la única solución posible, sabia y salomónica, un árbitro. Pobre hombre, a su familia y a sus muertos se les recordaba en cada partido sin necesidad de un minuto de silencio previo al “match”. A ello había que añadirle que el pasillo del campo de dobles quedaba fuera de los límites del campo de voleibol. 
Había que solucionarlo o terminábamos peor que en la segunda guerra mundial, solo que reducida al ámbito de mi pueblo. Y lo hicimos, tras muchos ruegos, peloteos (estos no de tenis) y aprovechando que uno de los tenistas era hijo del profesor de gimnasia, conseguimos que nos mandaran una de tenis e hicieran unos agujeros para colocar los mástiles que abarcara la pista, la de tenis se entiende, en toda su extensión. Todo llega, nuestros sueños podrían hacerse realidad.
Después, unos nos fuimos a estudiar fuera, otros se quedaron, pero ya el equipo inicial se había desmembrado, y, ya se sabe el consabido consejo/orden paterno: “niño a estudiar y déjate de tenis ni tonterías (iba a poner, ni pollas)”. Ahí se acabaron los sueños y nuestra prometedora carrera de tenistas profesionales.
No me cabe la menor duda de que a los dos Manolos, Santana y Orantes, y a José Luis Arilla, les hubiéramos ganado en aquellas condiciones, “los tíos pijos…” que empezaron de recoge pelotas en los exclusivos clubs de tenis de Granada, Barcelona, etc. Esos sí que lo tuvieron fácil para llegar a donde llegaron. En el campo de la CNS los hubiéramos querido ver.



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