La Voz de Almeria

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“El diálogo con las montañas en Almería se hace en un lenguaje casi imperceptible: en  lenguas magmáticas. Aprendemos con ellas a conversar entre miradas y, majestuosas, nos ubican el límite de la plenitud en el horizonte. Hacen de guías marcándonos los caminos y antiguos senderos, formando un gran escenario sobrio, en el que, a los autóctonos, nos cuesta sentirnos reflejados. Entre ecos primigenios nos narran historias milenarias de esta tierra estoica. Soy hija de su desierto azul y levanto por bandera, a la mar y a la tierra.
La conversación parte desde el núcleo de las células, donde se graban sus tonos y olores, formando surcos en la memoria mitocondrial. Cuando las veo desde la lejanía, o regreso a su placentero regazo, siento que ya estoy en mi morada. Son el santuario al que siempre necesito volver, porque también soy náufraga, indomable, y desposeída. Las miro espléndidas y dignas, exhibiéndose aliviadas mientras son atravesadas por médulas y arañadas en su extrema aridez. Nosotros, su prole, nos desgarramos por domarlas, y ellas -Madre generosa-, nos ofrecen desde sus entrañas la carne viva; de la que nos va proveyendo a todos sus hijos sedientos, con una amalgama de minerales de caprichosas coloraciones. Sus vástagos, tozudos, siguen sin estar reconciliados con ellas, y no aceptan esa desnudez obscena con la que se muestran. En la escuela, sus hijos las pintamos con colores pardos, ocres, y rojizos, en ellas no se aprecian los verdes de las frondes de los árboles, ni de los musgos, ni de los helechos. La tierra fluye, acariciando los vacíos de sus penetrantes cárcavas. Inexistencia laberíntica de raíces impiden inmovilizarla, y les desgarran la materia: el viento, el sol y el agua. 
La mayoría de las veces no las percibo de golpe. Las  descubro, poco a poco, con sus matices, detalles y gestos, porque de golpe: ¡me extasían! Ando atenta y vigilante a los rastros que me ofrecen de manera generosa: composiciones, texturas, matices y sombras que se muestran en el paisaje siempre de manera diferente, y nunca monótona. Se describen sintiendo, contemplándolas como una obra de arte, que a veces es incluso efímera. Con humildad se van desprendiendo de los tenues velos que las cubren; respondiéndonos con continuos temblores estremecidos. Otras veces, son serenas y curativas, siendo libres para hacerme lo que les plazca con sus lenguas lunáticas. Se llenan, lujuriosas de contrastes, en cada elevación que surcan bajo la bóveda celeste; el viento, el rocío y la luz son cómplices de este “land art”. 
Entre sus pliegues, huecos y hendiduras dan cobijo a sus tenaces criaturas vegetales y animales; escondiendo bajo su manto incluso, tesoros pétreos. Mientras, sus hijos, los más codiciosos, hacemos que peligre su frágil belleza. Entre cadenas, forman un templo primitivo al que poder dedicarles contemplación; la piedra, el aire y la luz son sus deidades, y de sus profundidades emerge la energía vital”.


*(Nota de la autora): Vuelvo a atravesar el desierto y, al despedirme de él rodeada de grandes praderas y espacios solitarios, me conecto al paisaje ligera de equipaje. El desierto está preñado, las montañas respiran misticismo, el viento emerge ondulante y tenaz, la floración amarilla espera a los cálidos rayos de sol y a los lujuriosos insectos glotones para polinizar. Tenía urgencia de regresar a las montañas y recordar al pintor realista, Antonio López, cuando me preguntó en la puerta de Diputación, al enterarse que era paisajista, conmovido por su viaje entre ellas con el pintor almeriense Andrés García Ibáñez: “¿Qué te dicen las montañas?”


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