La Voz de Almeria

Obituarios

Rosina Rojas Rojas

Rosina, la 3R

Así llamaban a mi hermana las alumnas del Colegio del Milagro

Rosina Rojas Rojas.

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Se nos fue. Se nos fue la mayor. Un año hace ya, el día 20. Éramos tres: Rosina, Mari Victoria y yo, la pequeña, que ya soy grande. Junto a mi madre, las cuatro aprendíamos y sosteníamos la vida. Ahora ya la sujetamos solo dos.

La 3R. Así llamaban a mi hermana las alumnas del Colegio del Milagro cuando era novia de Antonio, admirado profesor de Literatura. Rosina Rojas Rojas: tres erres. El apodo jugaba también con aquella clasificación moral de las películas: “3R”, mayores con reparos y, además, peligrosa.

Nada más lejos de mi hermana Rosina. Peligrosa, no. Coqueta, sí. En el bolso siempre llevaba varias barras de labios.

—Espera, que me los pinto.

Y se los retocaba de rojo. Aunque ya de mayor el color se le metiera por los surcos, su sonrisa permanecía intacta. Las uñas también las llevaba coloradas, a juego. Siempre fuertes y largas.

—¿Cómo haces para mantenerlas así?

Porque trabajar, trabajaba. Cinco hijos y una escuela. Dedicación plena.

Cuando vivían en Méndez Núñez y los niños eran pequeños, antes de entrar en la casa me llegaba aquel olor conocido: el del pipí escapado alguna noche, y la dulzura de su piel cuando me abrazaban al verme.

—¡Ay, mi tita!

Algarabía. Esa es la palabra que define el hogar que formaron. En el centro estaban sus cinco hijos. Rosi, y Antonio, y Nuchi, y Javi, y Nata. Después llegaron los nietos y las nietas, prolongación de aquella casa siempre llena y amorosa.

Rubia, alta y guapa, tipo Grace Kelly, que no supo mantener porque era muy disfrutona. Ver a mi hermana comer era un acto de vida. Nos sentábamos delante de los platos y a gozar. En la cocina, una enorme mesa siempre puesta desde el mediodía hasta la cena. Nunca faltaban los pimientos fritos. Rosina decía que, si no había pimientos, no había comida.

—¡Niña, no has comido nada! —insistía Antonio.

Para Antonio, los alimentos curaban todos los males. Eso y el mar. Cualquier malestar se aliviaba bajandote el bañador y sumergiéndote en las aguas azules de su amada Almería.

Era graciosa para reventar. No sé la de veces que fui con ella a funerales y terminamos todos a carcajadas rodeando al muerto.

Y entonces, en una época complicada de mi vida, va ella y se nos muere. Ni tiempo tuve de hacerle el duelo. Guapa en la caja, me dijeron, guapa incluso muerta. Yo no quise volver a verla. Ya la había acompañado hasta el final.

La veo jugando a las cartas en Retamar y en casa de Pilar los martes.

—Les he dado un palizón. Cuatro partidas he ganado.

La veo saltando cuando ganaba el Real Madrid y, sobre todo, el Almería.

La oigo cantar «La flor de la canela». De María Dolores Pradera se las sabía todas.

La veo aquel día en que expuso el tema oral para obtener el título de maestra. Yo estaba allí con mis compañeras, mirándola: guapa, inteligente, moviéndose con la soltura de la que sabía que sabía.

—Es mi hermana —decía yo, orgullosa.

Y, al final, la veo de niña en Adra, escapándose para abrazarse a María Victoria en mitad de la Carrera cuando las separaron por la tosferina.

La siento. Mi dicha fue que me quisiera.

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