El bonsai del mitrado

José Luis Masegosa
07:00 • 06 may. 2019

Otra vez mayo, con su savia primaveral y sus fragancias de paleta vegetal, donde la policromía viste los floridos paisajes de nuestro entorno, abrazados de una alfombra verde que, como maná, ha caído del cielo para ocultar las manchas de marrón perenne de la tierra. La lluvia, como apuntaba hace algunas semanas desde este mismo faro, es un sueño en estos páramos, un deseo permanente entre las gentes del campo que nunca miran hacia abajo porque sus ojos se dirigen inquietos hacia el techo azul que los cobija. El maná acuoso de las últimas semanas ha regalado a los campesinos una dosis de esperanza que ha levantado su decaído ánimo, tras la anómala climatología de los primeros meses del año.

 Otra vez mayo, donde las paredes del calendario abren sus postigos para que los pequeños pudieran celebrar, ayer, el Día de la Madre. Una jornada que ahora protagonizan las hijas de las hijas de las primeras clientas de los grandes almacenes de las primeras décadas de la postguerra civil , aquellas mujeres de cuando los soles de otros días calentaban las filas de niñas con pelo trenzado y flores a María. De aquellas tardes de cantos y porfías sobreviven algunas fotografías que no han sido ajenas a la metamorfosis del tiempo, pese a que han permanecido custodiadas y guardadas en los álbumes de familia o en las cajas metálicas de galletas o del socorrido colacao.

Aquellas pequeñas y jovencitas son ahora las abuelas que se afanan en la compra de los trajes de primera comunión para sus nietos, quienes ayer felicitaron a las madres de sus progenitores en la festividad que dedicada a ellas se creó en 1965 como una fiesta comercial para el primer domingo del mes de mayo, tras ser trasladada ese mismo año desde el ocho de diciembre, festividad de la Inmaculada Concepción. Hechas mujeres, aquellas jóvenes supieron que su principal misión en la vida consistiría en ser esposas y madres, un rol sinónimo de abnegación. Madres a quienes el calendario les dedica veinticuatro horas, las últimas de ayer, las del Día de la Madre, que en realidad no es su fiesta, sino la de los niños. Niños que aprendimos en la escuela y en el colegio –porque, en aquellos entonces ambas nominaciones no significaban lo mismo - a poner a prueba nuestras habilidades manuales y nuestra imaginación, bajo la diestra dirección del maestro, para elaborar y crear el regalo para la mamá más buena del mundo. Una dedicatoria más que merecida, porque mira que eran buenas, tanto que durante muchas décadas el cuidado de los hijos correspondía exclusivamente a ellas, desde la alimentación en todas las etapas de la vida hogareña, al aseo, el cambio de pañales, la limpieza de la ropa, el calmante mejido de los llantos y lloros, por no incidir en las interminables atenciones de las frecuentes dolamas y enfermedades que siempre han encontrado diana certera en la infancia.



Mayo y madre. Las mamás más buenas que en días como el de ayer recibieron numerosos obsequios y regalos de su descendencia. En muchos casos, una auténtica sorpresa aliñada con toneladas de ternura que proporciona una cascada de sonados besos. Besos brotados de un corazón en otro corazón. Madres a las  que, a veces, el azar y la confusión deparan sorpresas agridulces, aunque pasajeras y comprensibles. Como la que en la mañana de ayer asumió con cierto humor una buena madre, quien, tras levantarse, encontró sobre la mesa del salón de su casa una embellecida caja que contenía un lustroso bonsái de ficus, con unas hermosas y frondosas hojas en miniatura. La ingenua mujer no dudó en sentirse satisfecha por el detalle de su buen hijo que, supuestamente, la había sorprendido con tan bonito regalo.

Amanecido el generoso vástago, recibió la inmensa gratitud de su progenitora. Sin embargo, el joven hijo, preceptor de un centro educativo, tuvo que explicar a su madre que ella no era la destinataria del ficus, sino que su real destinatario era el obispo de la diócesis, a quien los internos del establecimiento donde el hijo ejerce la docencia querían obsequiar con motivo de su visita al establecimiento,  dado que la planta la habían criado con todo esmero en los talleres de Agricultura y Vegetación. La mujer se vio privada del inesperado regalo, pero a pesar de ello  también  hoy es Día de la Madre porque el cordón umbilical jamás se quiebra, ni tan siquiera por el ficus del mitrado que, además del afecto de sus criadores, es portador del cariño y comprensión de una madre.






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