Historias almerienses sobre el paisaje (XVIII): Una ciudad de huertas y vegas

Una serie que aspira a intervenir en la percepción de la realidad geográfica y territorial

Almería y sus vegas (1944-2019).
Almería y sus vegas (1944-2019). Rodolfo Caparrós

En el Neolítico, las poblaciones abandonan el nomadismo y se hacen sedentarias. Esto es posible por los avances de la revolución agraria, que permite forzar la productividad primaria natural y garantizar los suministros sin tener que desplazarse. Desarrollo agrario y fundación urbana son las dos caras de ese momento revolucionario sin parangón: todavía hoy somos herederos del espíritu neolítico. Desde esa perspectiva de largo plazo, toda ciudad es una agrociudad. Ese vínculo constitutivo y fundacional se rompe con otra revolución, la industrial. La agrociudad se descompone en ciudad-mercado, ciudad-mercancía y ciudad-factoría. Los suministros alimentarios pueden venir de lejos, por la mejora de los sistemas de transporte. La ciudad se industrializa, se terciariza y se estratifica en barrios o distritos con identidades socioeconómicas y culturales diferentes. Es el escenario del proyecto de la modernidad.

En el mediterráneo

En el mundo mediterráneo la revolución industrial tiene una presencia desigual, discontinua e incompleta. También los procesos de modernización. Si se observa a las escalas adecuadas, puede percibirse un gradiente norte-sur que separa las experiencias históricas europea y africana. Dentro de la europea, ese mismo gradiente dibuja una distribución muy desigual de la penetración del proyecto moderno basado en desarrollo industrial y tecnológico. Los casos italiano y español son paradigmáticos. Al progreso industrial del País Vasco, Cataluña, Piamonte o Lombardía, se opone un “sur del norte” donde las estructuras agrarias tienen todavía una gran capacidad explicativa de la organización de esas sociedades, que se resisten a adoptar plenamente el paradigma de la modernidad. Las ciudades mediterráneas establecen un diálogo complejo y ocasionalmente conflictivo con sus espacios agrícolas.




El caso almeriense

Plano de la ciudad de Almería en el año 1800 (Foto: Archivo Histórico Municipal de Almería).
Plano de la ciudad de Almería en el año 1800 (Foto: Archivo Histórico Municipal de Almería).



Desde la perspectiva que aquí se plantea, el caso almeriense es fascinante, por la permanencia de las actividades agrícolas en un modelo de desarrollo económico sui generis.  También es peculiar nuestra evolución cultural: hemos pasado del neolítico a la posmodernidad sin transitar por una experiencia de proyecto moderno, del que estuvimos muy cerca durante el florecimiento burgués, que finalmente se reveló efímero. Como se ha señalado en otras entregas de esta serie, las huertas han convivido con la forma urbana en la ciudad de Almería desde su fundación. La Almedina se sitúa en un “interfluvio”, rodeada de huertas que se abastecen de agua mediante norias y pozos. Al crecer, tanto en la Hondonada como en el Oratorio, las funciones urbanas conviven con huertas intramuros, parte de las cuales acabarán integradas en los conventos que se fundan con el nuevo orden cristiano.


Los ensanches burgueses se construyen sobre esas antiguas huertas enclaustradas. La ciudad llega al final del XIX al borde de la rambla (de Belén, o del Obispo), de manera que ese eje hidrográfico separa el espacio urbano del espacio huertano. Para entonces, ya se habían construido el Canal de San Indalecio en la margen derecha del río Andarax y el Cauce de la Buena Unión en la margen izquierda, derivando caudales de la vega del río. La ciudad va devorando sus huertas conforme va creciendo, hasta que el contacto con el mundo agrícola se establece con la vega del Andarax a levante y con las fincas parraleras del Canal de San Indalecio (Los Innovados) al norte.




Ensanches burgueses y borde urbano en 1917 (Foto: CNIG).
Ensanches burgueses y borde urbano en 1917 (Foto: CNIG).


La imparable expansión de la ciudad acaba ocupando las fincas de los Innovados, abandonadas tras la crisis uvera, y toda la Vega de Acá. El borde oriental de la ciudad se establece en el río. Pero esa vega histórica, que había asistido a lo largo del siglo XX a la adquisición de la tierra por parte de los colonos y aparceros de las antiguas fincas de familias hidalgas y burguesas, se reproduce al otro lado del río,  completando una singular secuencia que, de sur a norte, estaría compuesta por la Vega de Allá, los Llanos de la Cañada y El Alquián, y la nueva zona de expansión, en torno a la Autovía del Mediterráneo. De las dos grandes infraestructuras hidráulicas del XIX, que representaban los intereses de una burguesía que nunca había perdido la querencia por la tierra, el canal de San Indalecio cae en el abandono y la ruina, mientras que el cauce de la Buena Unión da aún soporte al funcionamiento de la nueva vega.


La ciudad sigue rodeada de espacios agrícolas, como en su fundación. Está rodeada por una neovega, más vigorosa y productiva que nunca, pero que plantea un conjunto de retos de convivencia con la ciudad que no estamos sabiendo atender correctamente.

 

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