“El teatro es el gimnasio del presente, nos entrena en la escucha de uno mismo”

Julio Béjar e vuelca en cada obra que escribe y en cada espectáculo que escenifica

Julio Béjar en la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid, la RESAD. Tanea Peña
Julio Béjar en la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid, la RESAD. Tanea Peña

Todo en él es profundo y original. Julio Béjar manda audiopoemas por Whatsapp a gente desconocida. Se vuelca en cada obra que escribe y en cada espectáculo que escenifica. Dejó una vida de comodidades en Francia para volver a su país a estudiar teatro. El 1 de junio representa ‘Patria Cenizas’ en la Escuela Municipal de Música y Artes de Almería (EMMA), donde impartirá un taller de literatura dramática.


Actor, dramaturgo y poeta, ¿le gusta el riesgo? 

Esta sería una de esas respuestas que empiezan con “El entrevistado ríe”. Digamos que soy curioso y me gusta probar. Quizá nuestra próxima entrevista sea sobre Julio Béjar “alpinista” o Julio Béjar “astronauta” o Julio Béjar “Barbie veterinaria”.   


Defina el teatro.

La etimología, que es el ADN de las palabras, viene a decirnos que el teatro es un espacio para mirar y ser mirado. Y eso me gusta. Me hace pensar que necesitamos pocas cosas para hacer teatro, que no tenemos que estar de brazos cruzados esperando subvenciones. Para hacer teatro sólo hace falta una persona que haga y otra que mire. El teatro permite súper-vivir, vivir y reflexionar sobre lo vivido. Experimentar dos veces. Nuestro tiempo en la vida es breve, y el teatro es el gimnasio del presente, nos entrena en la escucha de uno mismo y del otro.    


¿Y la poesía?

Es una forma de mirar propia. La poesía está en noso­tros, en nuestros ojos, en la sensibilidad que arrojamos sobre lo que miramos. Cuando me hacen esta pregunta, me gusta recordar la escena de ‘American beauty’ en la que el personaje del hijo, Ricky, muestra su grabación en video de una bolsa de plástico mecida por el viento. Creo que hay más poesía en esa bolsa que en alguna que otra antología.  


En sus espectáculos interpela de forma directa al público. ¿Le gusta provocar?

Por supuesto. Un espectador no puede salir de la sala de la misma manera que entró. Debe habérsele removido algo por dentro, por pequeño que sea. El teatro sucede en la cabeza del espectador. Los griegos hablaban de catarsis, de espectadoras que abortaban durante las representaciones, de la comunión de todas las polis contra los persas, mientras que Brecht apelaba a la concienciación del proletariado. Yo, infinitamente más modesto, intento que ningún espectador se me duerma.  


¿Cuál es el mayor conflicto al que se ha enfrentado como creador?

La muerte de mi padre. Mi padre fue un hombre brillante con una manera propia de estar en el mundo. Hace una semana di por terminada una comedia en la que el protagonista, un hijo, quiere cumplir la última voluntad de su padre: concursar en ‘Pasapalabra’. No tengo claro que el arte tenga un fin terapéutico, pero sí transformador, y esta obra me ha permitido hacer alquimia del dolor. Mi padre aparece en la comedia y me pregunto si verse reflejado en ella le hubiera hecho gracia. 


‘Patria Cenizas’, su  última obra, es un canto contra los nacionalismos extremos. ¿Cuál es el mejor antídoto?

No lo sé. Dicen que los nacionalismos se curan viajando. También dicen que la cultura ayuda, pero los nazis escuchaban a Wagner mientras exterminaban a millones de judíos. Con esta obra sólo pretendemos que cada espectador se enfrente a sus propios prejuicios. Como dijo Álvaro Tato en mi primer día en la RESAD: “El dramaturgo es un remueve mierdas”. Quien dice pertenecer a un único lugar se pierde todos los demás. 


Manda audiopoemas por Whatsapp. ¿Alguna respuesta emocionante? 

Una vez sí me ocurrió algo conmovedor. Uno de mis destinatarios me pidió que le enviara un poema para el día de su boda. Me pareció hermoso que alguien, a quien solo conocía por Whatsapp, eligiera mis palabras para acompañar uno de los días más importantes de su vida. 

 

Tras impartir clases de español en Francia, volvió a su país y regresó a las aulas, a las de la RESAD. ¿Qué le hizo replantearse su vida?

Había vivido durante cinco años en Francia y pensé: si me quedo un año más, me quedo toda la vida. Había encontrado pareja, tenía trabajo y cierta estabilidad después de haber emigrado como tantos jóvenes españoles universitarios. Pero había algo que no terminaba de encajar. En Francia se protege la cultura, allí no me daban el pésame cuando decía que era actor, ni decían “a ver cuándo sales por la tele”. Y me jodía profundamente que en España no fuera también así. Me pregunto ahora por qué volví. Quizá echara de menos mi familia. Quizá estuviera harto de que la caña no llevara tapa.  


¿En qué cree Julio Béjar?

Creo en mi padre y creo en el trabajo. Mi padre era un hombre radicalmente original: un fontanero de mañana que pintaba de tarde cuadros de Goya mientras escuchaba a Vivaldi. Creo en él, porque me enseñó que había que trabajar ocho horas diarias pinchando tubos para luego merecer la belleza. Creo en el rigor acompañado del amor que se debe poner en cada proyecto. 

 

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