Ha muerto Paco el Tormo, el futbolista pastor

Era un gladiador, no se movía mucho, pero el balón le salía de la pierna como un obús

Paco el Tormo, capitán de la Peña Garrucha, en el verano de 1979, en el trofeo Costa Blanca, junto a la reina y la dama de las fiestas.
Paco el Tormo, capitán de la Peña Garrucha, en el verano de 1979, en el trofeo Costa Blanca, junto a la reina y la dama de las fiestas.
Manuel León
23:02 • 25 ene. 2023

Se ha ido en Garrucha un gran jugador del fútbol proletario de la provincia, un centrocampista de barbecho, deportista de vocación y pastor de ovejas de profesión, como Miguel Hernández; se ha muerto en Garrucha, su pueblo y el mío, Paco el Tormo, con 75 años, uno de los capitanes que a lo largo de su historia ha tenido la Peña Deportiva. Nació en la Postguerra y fue futbolista  tardío, un  buen futbolista, con su aire fortachón de gladiador y con su piel cetrina de tanto apacentar ganado; ha muerto un futbolista que se situaba en el centro del campo, en el anillo central como los toreros valientes, desde donde empezaba a repartir juego con sus piernas morenas, como Jesús Visiedo despachaba cupones junto a la Torre Simón.


No se movía mucho en aquel viejo Vista Alegre, no le hacía falta, era del estilo de Luis Aragonés, de Vicente del Bosque, lento pero seguro como una carta certificada. Le gustaba pegarle al balón desde el centro del campo. Así metió goles legendarios contra el Adra, contra el Huercalense, contra el Mojácar, que recuerde.  Le daba con el empeine, sin esforzarse, pero con una potencia inesperada; le daba sin siquiera arrugar el ceño, sin tomar carrerilla, ponía el balón donde quería, aquellos balones antiguos que pesaban como una maceta y que a veces se les salía la cámara por las costuras como si fuera un huevo chiclón, hasta que el señor Melchor con paciencia mineral los volvía a coser y  a dar sebo.


Un día, en tiempos del entrenador Florencio Amarilla, cuentan que rompió el travesaño de un tiro en un entrenamiento, aunque nunca llegó a confirmarse del todo esa hazaña. Los chiquillos cuando pitaban una falta a favor ya gritábamos ¡Métela Tormo, clávala Tormo! y Paco la clavaba por la escuadra, mientras Joaquín Quesada, una especie de Helenio Herrera de la Peña, a pie de campo se dirigía a la grada con los brazos en alto pidiendo más animación, como ahora hace el Cholo en el Metropolitano. Esa grada del viejo coliseo garruchero frecuentada por inolvidables aficionados y antiguos jugadores  que no comían por ver el futbol, gente que yo recuerde como el Pereira, Epifanio, Ramón Guevara, Alfonso el Pelotas, el Calatrava, la Turrera, Antonio el Sereno, Melchor el Liri, Manolo el de la Andrea, Melchor el Cachín, el Lanchas, el Baltasar o José Manuel, familia del protagonista de esta historia.



Fue Paco un descubrimiento de Emilio Moldenhauer, el padre del fútbol garruchero, y del gran aficionado Ceferino Paredes. Y con ellos se fue a jugar al Atlético Sardina, un segundo equipo de Garrucha, en el que coincidió, entre otros, con Andrés Soler, Pepe el Cañizo, Alfonso Chichinana, Paco Sánchez de Turre o José el Birra. 


En la Peña tuvo muchos años a su lado a Serrano,  Pepe el Tejero y Pedro la Leocadia, dos de los mejores futbolistas de la historia de la Peña, por detrás a Pichino y a Caparrós de portero y por delante, en aquel campo de  lastras y eucaliptos, a Paco el Buzo, Quico o José Luis el Caero. Su vida- la del gran Paco el Tormo- fue eso: los tiros a puerta en el Vista Alegre, esos terribles zambombazos terror de los rivales, y sus pastoreos por la recta del Caldero con una caña en la mano y una gorra en la cabeza. 





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