La revolución que trajo Simago

Almería era un pueblo grande donde reinaban las pequeñas tiendas de barrio de toda la vida

Trabajadoras de Simago.
Trabajadoras de Simago. La Voz

El viejo caserón del Paseo que fue fonda de Ratoneras y después Hotel París, que albergó desde 1909 el histórico Hotel Simón, acabó derruido y sobre su solar se levantó, en el año1966, el edificio Géminis, más conocido como el piso de Simago. Hasta sus últimos meses de vida, el hermoso palacio albergó las últimas historias del Hotel Simón, un negocio que podía haber seguido abierto porque aún tenía clientes para sobrevivir, pero sus cimientos y sus muros necesitaban una rehabilitación completa y una renovación profunda que sus dueños no podían afrontar.


En la esquina que daba a la calle de Castelar, existió otro negocio histórico, la tienda de comestibles 'La Oriental', del empresario Gervasio Losana. El derribo de aquel noble edificio se llevó por delante no sólo las piedras y los muros, sino también la historia de la fonda, del hotel y de la tienda de ultramarinos. En los días del derribo fueron muchos los almerienses que acudieron a verlo caer, mientras la ciudad asistía en silencio a la desaparición de una de las casas que dignificaban el Paseo.


En 1967 se terminó de levantar sobre su solar el edificio Géminis, un rascacielos donde el romántico negocio del hotel dio paso a una moderna empresa que llegó con el nombre de Simago. En septiembre, aparecía una nota en la prensa local anunciando la llegada del nuevo establecimiento que se presentaba como una “importante cadena comercial de alimentación, textil y bazar”, que llegaba a nuestra ciudad después de haber abierto sucursales en Madrid, Santander, Oviedo, Gijón, Bilbao, Baracaldo y Puertollano.



La aparición de esta gran superficie comercial fue una revolución y nada más conocerse la noticia de que pronto abriría sus puertas, fueron cientos las muchachas que se movilizaron empujadas por la posibilidad de conseguir un buen puesto de trabajo. Unos meses antes de la apertura, las que cumplían las condiciones para aspirar al empleo tuvieron que pasar una criba superando tres exámenes. Las pruebas se llevaron a cabo en el Instituto Masculino y de allí salieron las casi ochenta chicas que formaron el primer equipo de empleadas de Simago, casi todas con un contrato inicial de tres meses, con la posibilidad de ser renovado durante un año.


Simago fue desde entonces nuestro primer supermercado, la tienda moderna que anunciaba nuevos tiempos para el comercio, con precios más competitivos y una extensa gama de productos que la hacían doblemente atractiva para el cliente. Allí tenían de todo, en sus amplias secciones de alimentación, perfumería, ropa, bisutería, papelería, zapatería y mercería.


Los niños de la época encontramos allí un paraíso donde lo mismo podíamos encontrarnos con el juguete de moda que anunciaban por televisión, con las pelotas de tenis más modernas que habían salido al mercado, con los juegos de bolígrafos Bic más económicos que pudiéramos imaginar o con aquellas atractivas cajas de rotuladores marca Carioca que traían todos los colores que uno había soñado.


Y para Navidad, nos regalaba aquella inolvidable estampa del Rey Mago que montaba su trono junto a la puerta principal, y por cuyas manos pasaron, para retratarse, casi todos los niños de la ciudad a lo largo de una década. Cómo brillaban los escaparates en diciembre con el Rey Mago y con las luces de colores, los dulces, los turrones y los juguetes más sugerentes del momento. Ir a ver los escaparates de Simago en Navidad era un espectáculo que atraía a la chiquillería.


La imagen de Gaspar con un niño sentado en las rodillas posando para el fotógrafo, junto a la de la gente paseando y mirando los escaparates de Simago mientras sonaban los villancicos por los altavoces del Paseo, forma parte de la memoria colectiva de la ciudad.


Lo que casi ninguno sabíamos es que detrás de aquella idea no estaba ninguno de los cerebros de marketing del establecimiento, sino un fotógrafo de calle llamado Tiburcio Jiménez, que venía con la experiencia de haber sido retratista profesional en las ramblas de Barcelona. En la Navidad de 1970, Tiburcio se puso en contacto con José Luis Delgado Orellana, director de los almacenes Simago para ofrecerle un proyecto que terminó por convertirse en bandera de esta firma comercial y en el símbolo de una época.


Cuando Simago apareció en escena, Almería era un pueblo grande donde reinaban las pequeñas tiendas de barrio de toda la vida, muchas de ellas eran negocios familiares que alrededor de los ultramarinos montaban un bazar donde uno podía encontrar desde un kilo de patatas o una barra de pan, hasta un paquete de ‘Tu-tú’ o un recambio de cuchillas Filomatic. Estos comercios fueron el faro de muchos barrios, por donde pasaba la vida de sus gentes, un lugar de confianza donde se estrechaban los lazos entre dueños y clientes hasta el límite de que muchas familias compraban ‘fiao’.


Cuando apareció Simago, muchos de aquellos minoristas se echaron a temblar, temiendo que el gran gigante se iba a comer a los pequeños empresarios. De alguna manera, Simago vino a decirle a las pequeñas tiendas que aquella forma de entender el comercio había empezado a extinguirse, y que el futuro, más temprano que tarde, estaba en las grandes superficies que ya triunfaba en las principales ciudades del país. Y eso fue Simago para nosotros, una gran superficie llena de atractivos y de buenos precios, y de muchachas vestidas con bata azul y zuecos que a nuestros ojos nos parecían las dependientas más atractivas que habíamos visto jamás.


Los niños de los primeros años setenta teníamos allí un paraíso donde disfrutar de las novedades que llegaban en papelería o en juguetes, y, además, de alimentar nuestros primeros impulsos de adolescentes mirando a aquellas muchachas en su máximo esplendor. Porque en aquel supermercado lo que más había era empleadas, chicas jóvenes que llegaban allí en busca de su primer trabajo con un contrato de aprendizaje de un año y la esperanza de poder quedarse y formar parte de la plantilla.


Muchas de las que se quedaron estuvieron durante años formando parte de la plantilla, disfrutando de un trabajo seguro, pero soportando también la dureza del horario. Los jefes eran tan estrictos que a veces las empleadas no tenían tiempo ni para poder ir a desayunar por las mañanas. Algunas pedían permiso para ir al servicio y a escondidas se comían un bocadillo o se bebían un café para recargar las fuerzas.


Simago tuvo también sus leyendas, como aquella de los pollos que conservaban en la cámara frigorífica durante meses, según la rumorología popular; de ahí aquella frase tan célebre en Almería que decía: “Tienes más mala cara que los pollos de Simago”. A pesar de la mala reputación de las aves, la realidad era que casi todos los sábados se les agotaba el cargamento de pollos.


Otra leyenda era la de los robos. Se decía que aquel supermercado tan moderno era la gloria para rateros y mangantes, que encontraban allí el hábitat adecuado para 'trabajar' a sus anchas sin ser descubiertos. Para entender mejor este problema hay que meterse hasta el fondo en el contexto de la época, los inicios de los años setenta, cuando los primeros vientos de la Transición que estaba a la vuelta de la esquina se dejaron notar en el aumento de la delincuencia y en la relajación de la temida mano dura de las autoridades.


Se robaba tanto, que en vez de Simago la gente le puso el nombre de 'Simango'. El centro, en sus primeros años, no contaba con un servicio de vigilancia profesional, pero cuando detectaron que allí robaban más de lo normal, pusieron a varias dependientas vestidas de paisano vigilando por los pasillos.


Las muchachas hacían lo que podían, pero no estaban preparadas para aquel servicio y pasaban un mal rato cada vez que sorprendían a un cliente con las manos en la masa. Lo interceptaban, llamaban al encargado y entre todos conducían al autor a un pequeño almacén que existía en la planta principal para registrarlo. Allí lo cacheaban, le quitaban lo que había robado y lo ponían a disposición de la autoridad si se trataba de un adulto, o llamaban a sus padres si el convicto era un menor de edad. La empresa, para intentar frenar la oleada de robos contrató después a policías nacionales y a municipales que en las horas que no estaban de servicio trabajaban de vigilantes en el establecimiento.


Es complicado encontrar a un niño de barrio de aquella época que no se hubiera llevado sin pagar, aunque sólo fuera una humilde goma de borrar con olor a nata de las estanterías de Simago.

 

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