Almería en los tiempos del covid-19 (XXXI): José María, Serafín y Juan Carlos

La peluquería de Serafín, en la calle Eduardo Pérez, junto a las Cuatro Calles, uno de tantos negocios cerrados por el Estado de Alarma.
La peluquería de Serafín, en la calle Eduardo Pérez, junto a las Cuatro Calles, uno de tantos negocios cerrados por el Estado de Alarma.

José María se levanta tarde -ya madrugó mucho a lo largo de su vida- y da un paseo por el jardín mientras mira el mar esponjoso de Aguadulce. Desayuna y ve las noticias, cuida de su corazón y se esfuerza para que todos los días no parezcan igual. “Me adapto bien a esta situación, no tengo problema”, dice con aplomo ahora que se cumplen justo cuarenta días de cautiverio, los mismos que estuvo Noé dentro del arca. Echar de menos no echa de menos muchas cosas, charla a diario por teléfono  con sus hijos y con sus nietos, quizá solo poder salir un rato a almorzar o a cenar. 


Reflexiona este hotelero de la tierra de Josep Pla, afincado en Almería desde hace más de medio siglo, sobre esta maldición que le ha caído a la economía, al turismo, el sector en el que él tiene mando en plaza como líder en Andalucía con 36 hoteles y 3.500 empleados en temporada alta. “Nunca hemos vivido una cosa como esta, la gente ha entrado en pánico, pero también es verdad que el género humano tiene una gran capacidad para olvidar”. El único hotel abierto de José María es el del Toyo. Les entregó las llaves a la Cruz Roja. “Tomad, ahí las tenéis, haced lo que es dé la gana”. 


Serafín lo pasa mal  estos días, yo diría, por su voz, que muy mal. Para que vamos a andar con paños calientes. Tiene ciática y conjuntivitis. Todo producto de los nervios, del estrés de estar con el negocio cerrado. Serafín tiene una peluquería en la cuesta de la calle Eduardo Pérez, como un islote de brillantina y jabón dentro de ese mar de pubs como el Vértice o La Parada. Serafín no hace caja, pero sigue pagando como autónomo y espera a que el Gobierno cumpla su promesa y le devuelva la cuota. Solo sale a comprar y a llevarle la comida a su padre de 84 años, que también fue buen  peluquero como él en la antigua barbería del Flauta. “He oído en la radio que se van a desaparecer 1.300 negocios en Almería, ¿es verdad?” Dice que le llaman los clientes mayores para que vaya a su domicilio a cortarles el pelo, no entienden que no puede ser. Serafín ya tiene lista de espera para el primer día que vuelva a abrir, nombres apuntados en una libreta que serán los primeros que vuelvan a sentarse en su banco de peluquero con aroma a agua de colonia.


Juan Carlos es funerario y va a trabajar con normalidad, con toda la normalidad que se puede derivar de un oficio complejo donde los haya. “Aunque nadie se lo crea, este año en Almería se ha muerto un 30% menos de gente”, asegura.  Juan Carlos ha hecho ya siete coronavirus . Sufre viendo cómo los familiares no pueden despedir a sus muertos como se merecen, sin velatorio, tan solo una pequeña oración en la capilla. El otro día hubo un entierro de un difunto con once hijos y se tuvieron que turnar. 



A Juan Carlos, que va a trabajar en moto, lo paró  un policía y le preguntó que dónde iba. “Voy a recoger un cadáver a Torrecárdenas”. Vive con su hijo que es bombero en la calle Gregorio Marañón, pero no se juntan mucho por si acaso. “¿Lo primero que voy a hacer cuando se acabe el confinamiento? darme mi paseo diario de dos horas y media hasta la Universidad”.


 

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