El maletero, el betunero, el practicante

El tren generaba oficios: el portero de talleres, el mozo de equipajes, el guardanoches

Empleados del ferrocarril en un banco de la estación de Almería. El tren generaba muchos empleos que hoy han desaparecido.
Empleados del ferrocarril en un banco de la estación de Almería. El tren generaba muchos empleos que hoy han desaparecido.

Cuando de niño iba con mis padres a la estación a esperar a mi hermano mayor que venía de Granada, me gustaba caminar por el andén y por las dependencias privadas para descubrir toda aquella tramoya que se desarrollaba alrededor del tren: las gentes tan distintas que esperaban a algún familiar, los cocheros y los taxistas que competían en la puerta, los nervios de la espera cuando por el altavoz anunciaban que el automotor había pasado por la última estación y todos aquellos personajes ligados a la empresa del ferrocarril que se ganaban un sueldo en oficios  que estaban a punto de pasar a ser historia.


Recuerdo la atracción que me producían los mozos de equipaje, los populares maleteros, siempre inmersos en su mundo de carreras y prisas. Parecían funcionarios de segunda división, con sus chaquetas anchas y destartaladas, con sus gorras torcidas, con sus carretillas de hierro y su permanente disposición para llevarle el equipaje al cliente hasta la puerta del coche. 


Desaparecieron los maleteros como también se esfumaron los cocheros de caballos, una profesión en la que solo queda un rezagado, Antonio Salmerón, el auriga del Barranco Caballar que todos los años reaparece por primavera para ganarse unos euros llevando turistas por las calles del centro. 


Desaparecieron los cocheros como también lo hicieron los limpiabotas que en otro tiempo formaban parte de la nómina sentimental de los cafés más importantes del Paseo. Era habitual la imagen mañanera del betunero sacándole brillo a los zapatos de un cliente mientras éste se tomaba el café y leía el periódico en medio del tumulto del Paseo.



Otro oficio que ya no existe es el de practicante furtivo. Hubo un tiempo en el que convivían los practicantes de profesión, con su título correspondiente, que trabajaban en el Hospital, en el 18 de Julio y en la Casa de Socorro, con los practicantes sin carnet que ejercían el noble arte de poner inyecciones en los barrios entre familiares y vecinos. La mayoría de aquellos hombres y de aquellas mujeres había aprendido a pinchar por necesidad y se ganaba unos duros extras acudiendo a los domicilios. 


Por mi casa iba mucho Lola la del buzo, una mujer que vivía cerca del cine Roma, que tenía buenas manos para poner las inyecciones. Llegaba con sus herramientas de trabajo, con la jeringa y la aguja que guardaba en un estuche de acero, que tenían que pasar por el fuego purificador antes de ser utilizadas. Con un algodón empapado en alcohol encendía la lumbre en la que desinfectaba los utensilios antes  de meterse en la ceremonia de “entrar a matar”. Entre los peores recuerdos de mi infancia se encuentran las citas con la practicante que me ponía aquellas inyecciones de Becepal Crudo que me dejaban la boca sin aliento, con un rastro amargo en el paladar y un dolor en la pierna que me duraba varias horas. Fue un milagro que muchos de nosotros no cogiéramos ninguna enfermedad con aquella rutina casi medieval de poner las inyecciones.


En esa lista de oficios que ya forman parte del recuerdo está también la profesión de las criadas que trabajaban y vivían con las familias a las que servían. No hacía falta ser rico para tener una muchacha como empleada de hogar. En mi calle había familias de clase media que mantenían a empleadas internas como si fueran una más de la casa. Algunas  estaban tan ligadas a la familia que sobrevivían a varias generaciones. 


Tampoco existen ya porteras de las que vivían en una habitación del piso bajo de la casa. En la Plaza Granero, en el caserón más antiguo que todavía se conserva, vivía y trabajaba una de aquellas antiguas porteras que comía de las propinas que le daban los vecinos a cambio de una habitación oscura y mal ventilada que existía debajo de la escalera. Aquella mujer, para  poder ganarse la vida, aprovechaba el portal para instalar una humilde mesilla de madera en la que vendía caramelos y frutos secos para los niños


Desaparecieron aquellas porteras como también pasaron a la historia los niños de los recados, que se ganaban el sueldo en las tiendas llevando los repartos de un lado a otro. También se acabó el oficio del ‘blanqueaor’ que iba con el cubo de cal, con la escalera y con la brocha resucitando fachadas; el aguador que iba a los toros y al fútbol vendiendo vasos de agua fresca a peseta, y el repartidor de los carteles que distribuía la publicidad de los comercios.


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