La frontera de la Rambla y la gran vega

La ciudad terminaba en el cauce de la Rambla. Todavía no existía el Camino de Ronda

Las playas de la ciudad llegaban entonces hasta el comienzo de la carretera donde destacaba el edificio de la venta de Eritaña.
Las playas de la ciudad llegaban entonces hasta el comienzo de la carretera donde destacaba el edificio de la venta de Eritaña.
Eduardo de Vicente
01:27 • 10 ene. 2020 / actualizado a las 09:00 • 10 ene. 2020

Almería, recién estrenado el año de 1920, conservaba todavía ese encanto de núcleo rural que le daba su extensa vega. Desde las torres de la Alcazaba y desde el mirador de la ermita de San Cristóbal, se  podía contemplar con nitidez la doble personalidad de una ciudad que no había perdido su condición de pueblo. 


Desde las alturas se descubría la frontera que separaba el casco urbano de las huertas: al otro lado de la Rambla dominaba el color verde de los campos y el blanco de los cortijos que de manera salpicada se extendían hasta el río. En 1920 Almería terminaba en el viejo cauce. Todavía no se había proyectado el Camino de Ronda y toda la zona del Zapillo estaba dominada por la vega. Existían los cortijos del Tagarete Alto y del Tagarete Bajo, antes de que la urbanización convirtiera esta zona en un barrio. En la franja de la playa que iba hasta el río se encontraban los arrabales de las Chozas de la Playa y las Chozas de la Punta, construcciones tercermundistas donde vivían hacinadas las familias de pescadores. El barrio de las Almadrabillas estaba cubierto de chabolas y contaba con un escenario singular entre las vías del tren y la playa que llamaban el patio de la Rondina, habitado también por gentes de la mar. Pegada a la playa estaba funcionando aún la vieja fábrica del gas, en cuyas instalaciones vivía una familia encargada del mantenimiento. También la estación del ferrocarril tenía sus inquilinos, que trabajaban para la compañía del ferrocarril cuidando y vigilando las instalaciones. 


Al otro lado de la Rambla mandaba la vega. Al dejar atrás el badén de la calle de Granada, donde se despedían los entierros, empezaba la carretera antes de que se urbanizara el cerro de la Molineta y naciera el actual barrio de la colonia de los Ángeles. En 1920 el cerro era un lugar de cortijos, huertas y balsas y sólo habían empezado a urbanizar las calles del Inglés, de Marchales y de Cantavieja, que más que calles eran todavía senderos en cuesta salpicados de viviendas.


La playa dominaba entonces todo el litoral de la ciudad, desde el río hasta las estribaciones del Cañarete. Toda la franja que se extendía entre la desembocadura de la Rambla de Maromeros hasta el camino que iba a Aguadulce era utilizada como playa por los habitantes de aquellos barrios. Allí se podían ver las barcas de los pescadores amarradas en la arena y al fondo, el edificio de la Venta de Eritaña colgando de una roca en medio del acantilado. En aquella época, era uno de los restaurantes más importantes que tenía la ciudad, compitiendo en la organización de banquetes con el restaurante Puerta Real de la calle de Marín, con el Montañés y con el Balneario de Diana



Era la Almería del Hotel Simón y del Continental; la de Casa Ferrera sin Emilio Ferrera; la de los talleres Oliveros al otro lado de la Rambla; la de los comercios importantes del Paseo como los Grandes Almacenes el Águila.


Ya gozaba de fama la bodega del Patio en la calle Real y seguían estando de moda viejos negocios como la papelería Sempere, el Valenciano, Bazar el León, la confitería de la Sevillana, los calzados de Pedro Plaza, fotos Mateos, tejidos La Verdad y las tiendas de comestibles que la familia Alemán tenía en las calles de Obispo Orberá y Castelar.


Era una Almería provinciana, casi pueblerina, donde los periódicos publicaban los nombres de los que ingresaban en la cárcel, los de los viajeros que llegaban o se iban de la ciudad y los personajes conocidos que enfermaban: “Nuestro querido amigo, el decano del Colegio de Abogados, don Onofre Amat García, ha abandonado el lecho después de sufrir una grave enfermedad durante varios días. También su señora hija, esposa del oficial mayor del Ayuntamiento, don Ricardo Pérez Alcalá del Olmo, se halla muy mejorada de la grave enfermedad que sufre”, relataba la prensa.


Era la Almería del mineral, de la uva y del esparto, una ciudad que dependía del mar y que en aquel mes de enero de 1920 tuvo la buena noticia de contar con su primer vapor autóctono, el barco ‘Somorrostro’, que había pertenecido al Estado, y que  había sido adquirido por la empresa de los Romero Hermanos para transformarlo en un buque mercante destinado al servicio de cabotaje con otros puertos del Mediterráneo y con el norte de África.



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