La ruta gastronómica por Almería del restaurante donde la casualidad y las culturas se encuentran
Una guía personal de Jessica y Mercedes, de La Casualidad, para saborear Almería desde el desayuno hasta la última copa

Mercedes y Jessica, propietarias de La Casualidad
Hay restaurantes que nacen de un plan y otros que llegan sin anunciarse, como quien abre una puerta sin saber que al otro lado habrá un futuro entero esperando. Almería tiene lugares así: cocinas que se encienden desde la intuición, salas que se llenan con el boca a boca, mesas que se convierten en destino. Sitios que ocurren, como las buenas historias, cuando la casualidad decide intervenir.
En La Casualidad (C. Costa Balear, 20), esa palabra dejó de ser un gesto del azar para convertirse en proyecto. Jessica y Mercedes se conocieron trabajando: una como chef, la otra en sala. Sin egos ni competición, solo un engranaje natural. Jessica, con una década de experiencia en la cocina, expositora en el Salón Gourmets, miembro de Eurotoques y enamorada del producto desde sus raíces en Jaén; Mercedes, con la capacidad de hacer de la sala un refugio donde cada comensal importa. Nunca pensaron abrir tan pronto, pero a veces la vida cocina sus propios platos. De ahí el nombre. De ahí su historia. Y de ahí su ruta gastronómica por la provincia almeriense.
La Foodineta
Así es la ruta gastronómica de uno de los bares de desayuno más populares de Almería
Sara Ruiz
¿Dónde desayunar?
El día empieza lejos del centro, en La Ingrata (Av. de Sudamérica, 78, Roquetas de Mar), donde el desayuno tiene algo de ceremonia. La barra se llena de tostadas, los cafés humean entre conversaciones tempranas. Aquí no hay prisas: el primer bocado se alarga, el segundo confirma que el sitio merece el viaje y el tercero deja claro que este es uno de esos lugares donde el desayuno se convierte en plan. El sitio ideal para empezar la mañana como si fuese un domingo, aunque sea lunes.
¿Dónde tomar el aperitivo?
El aperitivo en Almería pide sol, algo de brisa y una mesa donde siempre llegue algo que recuerde al mar. Por eso, la primera parada está en La Ruta (C. Lentisco, 15), un local que vive entre la cocina tradicional y el encanto de los bares que no necesitan gritar para destacar. El pescado llega fresco, recién traído, con ese brillo que solo tienen los productos que aún parecen contar de dónde vienen. Una caña bien servida, una tapa que abre el apetito y el murmullo de fondo de una barra que se mueve al ritmo del servicio. Es el tipo de sitio donde el aperitivo no es una transición: es un destino. Cuando el cuerpo pide arroz, la brújula apunta hacia Entrevinos (C. Francisco García Góngora, 11). Allí, el aperitivo se convierte en antesala de un plato que huele a cocina lenta, a caldo reducido con paciencia y a recetas que se han quedado porque funciona
¿Dónde comer?
A la hora de comer, la ruta se bifurca según el antojo, porque en Almería hay días de especias y días de costa. Cuando el cuerpo pide viajar sin moverse, la mesa está en Marhaba (C. Antonio Cano, 28). Una cocina marroquí tejida con producto de la tierra y memoria de hogar: platos que huelen a comino, azahar, canela y conversaciones que se alargan entre tajines y guisos que parecen abrazos. Aquí, cada receta funciona como un puente —entre orillas, entre culturas, entre la curiosidad y el gusto— y confirma que comer bien también es dejarse sorprender.
Si en cambio el día pide mar y ventanas abiertas, el rumbo se marca hacia Gurasoak (P.º Marítimo, 67, Carboneras). Un restaurante pegado al Mediterráneo, donde la brisa entra en sala y el menú parece escrito con la cadencia de las olas. La cocina respira sencillez bien entendida: producto que no necesita disfraz, elaboraciones justas y sabores que se explican solos. Un lugar para comer mirando al agua, con los pies casi en la arena y el ritmo pausado de quien se ha ganado un respiro.
¿Dónde tomar un café y un dulce?
La pausa de media tarde se divide entre dos direcciones, según el antojo y el ritmo del día. Si la merienda pide artesanía, el camino lleva a Bako Pastry (Cam. de la Peinada, 24, Huércal de Almería). Un obrador pequeño, cálido, donde el olor a mantequilla y masa recién horneada sale a recibirte antes de entrar. Pero cuando la tarde pide la seguridad del sabor de siempre, entonces toca regresar a lo clásico: la Pastelería del Águila, en la Avenida del Mediterráneo. Una institución en la zona, donde los dulces se exponen como parte del paisaje emocional de la ciudad. Roscos, milhojas, pasteles de crema y merengues sin nostalgia impostada: solo tradición bien hecha y oficio aprendido. Es el sitio perfecto para recordar por qué hay sabores que nunca pasan de moda y por qué un buen café puede salvar un día regular.
¿Dónde tomar unas copas?
Salir a tomar algo no siempre es costumbre, pero cuando la ocasión lo pide, el destino es Café Manila (C. Felipe II). Un local con alma de domingo: música que acompaña sin interrumpir, copas bien servidas y un ambiente que se siente cómodo desde la puerta. Aquí no hace falta planear gran cosa: basta con sentarse, dejar que la conversación encuentre su ritmo y brindar con la sensación de estar en el sitio correcto. Manila es ese lugar donde una copa no se pide por necesidad, sino por gusto; donde el final del día se convierte en un momento propio.
¿Dónde cenar?
Para la cena, la brújula apunta hacia lugares pequeños, íntimos y con un hilo conductor muy claro: cocinar bien y desde la verdad. El primero es Errante (C. Arqueros, 17), un restaurante que parece una prolongación de la conversación. Solo unas pocas mesas, luz medida, platos breves pero con identidad propia. Cocina que no necesita alardes para emocionar, que se explica mejor en bocados que en palabras. Es el tipo de sitio donde se escucha la cocina, donde el servicio acompaña y donde una cena se convierte, sin pedirlo, en refugio. Un lugar acogedor “como nosotras”, dicen Jessica y Mercedes, y todo encaja.
Cuando el cuerpo pide carne y las brasas hacen de brújula, el plan cambia de registro y lleva hasta Asador Lhumus (Av. Unión Europea, 80, Roquetas de Mar). Una propuesta directa: producto en su mejor versión, puntos de cocción que rozan la precisión quirúrgica y un respeto absoluto por el sabor. Aquí no hay disfraces: solo fuego, carne y técnica. Sentarse a cenar en Lhumus es aceptar que a veces lo único que pide el día es eso, una buena ración de sencillez bien entendida.
Un producto que comprar en el mercado
En el mercado, la elección no deja espacio para la duda: aceite Oleo Almanzora. Para Jessica, que viene de Jaén y ha crecido entre olivos, el aceite no es un ingrediente: es un idioma. Por eso, su recomendación pesa más. En Almanzora encuentra matices que no suelen aparecer al primer sorbo: variedades infusionadas con picante, limón o romero, aceites que sorprenden sin traicionar la tierra y una base de calidad que se siente en boca. No es casualidad que lo utilicen en La Casualidad: es el aceite que sostiene su cocina y el producto que, para ellas, mejor define cómo se mezcla raíz y riesgo en un plato.
Un 'souvenir' gastronómico
Para llevarse Almería a casa, algo tan humilde como sorprendente: miel de trufa de la Strepitosa. Una jarrita pequeña, ligera, pero con un perfume que se queda. La usan para glasear ventresca, pero dicen que también funciona con quesos, postres o incluso para dar brillo a una vinagreta. Es un recuerdo que cabe en la maleta, que no pesa y que siempre invita a volver. Un guiño perfecto de lo que puede ser esta tierra: delicadeza, intensidad y un punto inesperado.
Esta ruta no es solo un itinerario gastronómico; es la manera en que Jessica y Mercedes entienden Almería. Una ciudad que se recorre entre desayunos que te hacen empezar mejor, barras que te sostienen, cucharas que curan y cenas que se quedan. Una Almería cotidiana, cercana, hecha de sitios que se descubren a la vez que se sienten. Como en su propio restaurante, aquí no hay artificio: solo verdad, intuición y oficio. Porque a veces —y ellas lo saben— lo que cambia una vida no es un plan, sino una casualidad… y la decisión valiente de apostar por ella.