La Voz de Almeria

Tal como éramos

El bombo de Enrique ‘el nano’

Enrique ‘el nano’ era el personaje más célebre de la Banda Municipal de Música

La Banda Municipal de Música desfilando por el Paseo en los años de la posguerra. El más pequeño, el que ayudaba a llevar el pesado bombo y las partituras, era Enrique ‘el nano’. Foto Mateos.

La Banda Municipal de Música desfilando por el Paseo en los años de la posguerra. El más pequeño, el que ayudaba a llevar el pesado bombo y las partituras, era Enrique ‘el nano’. Foto Mateos.

Eduardo de Vicente
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Hubo un tiempo no muy lejano en el que tener un defecto físico te marcaba tanto la vida que te cambiaba hasta el nombre. Quién no se acuerda del Habichuela, que fue bautizado con esa apodo por su pequeña estatura.

Aquellos que tenían la desgracia de contraer la poliomielitis y quedar tocados de una pierna de por vida, llevaban para siempre junto a su nombre, el apodo de ‘el cojo’, de la misma forma que al que le faltaba un brazo le llamaban ‘el manco’.

En esa lista de personajes marcados por una tara física estaba el célebre componente de la banda de música al que toda Almería conocía como Enrique ‘el nano’. Nadie le preguntó jamás por sus apellidos, con el apodo ya tenía bastante.

Enrique no era músico ni tenía buen oído, pero formaba parte de la banda municipal. No sabía tocar ningún instrumento, pero era el encargado de llevar el bombo con otro compañero. Era algo así como el ayudante, el comodín que se encargaba de llevar los instrumentos de un lado a otro y a cambio recibía la recompensa de aparecer como un miembro más de la banda en desfiles y procesiones.

No tenía ningún sueldo asignado por este trabajo, pero siempre le daban una propina o lo invitaban a comer, suficiente para que el bueno de Enrique se sintiera como uno más del grupo. Además, gozaba del privilegio de tener un traje a medida, de entrar gratis a la Plaza de Toros y de participar en todos los acontecimientos donde participara la banda del ayuntamiento. Cuando los músicos acudían a tocar a algún pueblo de la provincia, nadie conocía al que manejaba el oboe o el saxofón, pero todo el mundo había oído hablar de Enrique ‘el nano’, el pequeño hombre al que le habían asignado el instrumento mayor.

En aquellos tiempos de la posguerra nadie tenía compasión de los maltrechos y de los tullidos, y al retrasado se le decía tonto y al corto de talla se le llamaba enano, sin consideración alguna, dando por sentado que estaba condenado a aceptar el defecto como una parte más de su nombre y de su personalidad.

Enrique lo llevaba con resignación y no se irritaba cuando le recordaban su poca estatura. A pesar de su poca presencia, él presumía de tirar del bombo y de ser imprescindible en la banda.

Se podría escribir un capítulo con todos los personajes que en aquellos tiempos ocuparon el temido puesto de cargadores del bombo, sin duda el más sufrido dentro de la banda, el que ningún músico quería ejercer y el que el bueno de Enrique paseaba con orgullo porque le daba una posición social que no tenía, ya que le permitía salir con su uniforme reglamentario en todos los grandes acontecimientos que se celebraban en la ciudad y convertirse, sin quererlo, en el gran protagonista de desfiles y procesiones. Se decía entonces que el Paseo se llenaba sólo para ver pasar al ‘nano’, que con aquel traje de músico parecía un muñeco de los que se mostraban en los escaparates de las tiendas de juguetes.

Con una mano ayudaba a llevar el pesado bombo y con la otra sostenía la libreta de las partituras, por lo que cuando la gente vitoreaba su nombre él, con las dos manos ocupadas, sólo podía responder sacando la lengua al respetable. Cuentan que si era una muchacha la que lo miraba, él le correspondía con un beso; el hombrecillo era muy enamoradizo y cuando la sangre se le alteraba era todo un espectáculo en cuestión de dimensiones; más de una vez, en medio de una juerga, se organizaron grandes apuestas para adivinar la talla exacta que calzaba el individuo. Los que vinimos después, los que nunca llegamos a ver a este personaje, sólo conocemos la célebre frase que tanto se repitió en Almería de decía: “Eres la última mierda que cagó Enrique el nano”, en referencia a una deposición monumental que el portador del bombo protagonizó en el centro de la ciudad cuando iba con un par de vasos de vino de más.

De lo que su vida se sabe que tenía un carro con el que se dedicaba a hacer recados y que en Feria, a la salida de los toros, era un gran espectáculo verlo desfilar marcando el paso y moviendo las manos como si fuera el director de la orquesta.

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