La Voz de Almeria

Tal como éramos

El Paseo al terminar la guerra civil

Fue bautizado como Avenida del Generalísimo y fue el escenario principal de los desfiles y de la vida comercial

Desfile de las fuerzas nacionales del general  Queipo de Llano por el Paseo, el 1o de abril de 1939.

Desfile de las fuerzas nacionales del general Queipo de Llano por el Paseo, el 1o de abril de 1939.

Eduardo de Vicente
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Las nuevas autoridades de la ciudad que salieron a escena al terminar la guerra civil tenían muy claro que había que establecer cuanto antes la sensación de normalidad para que la gente volviera a retomar sus vidas y sobre todo, para que entendieran que el nuevo régimen traía de la mano la calma y el orden que se habían ido perdiendo.

Para restablecer ese clima de normalidad deseado era fundamental que el comercio empezara a abrir sus puertas y que la principal avenida, esa calle donde se medía a diario el pulso de la ciudad, que era el Paseo, volviera a llenarse de escaparates iluminados y de ese río constante de gente que iba y venía de un lado para otro.

El regreso al orden que tanto anhelaban las autoridades de Falange pasaba también por reconstruir los edificios que habían sido dañados en el Paseo, sobre todo el del Banco Español de Crédito, cuya fachada sur, la que daba a la plaza del kiosco de la música, había quedado destrozada por los bombardeos.

La apertura de los comercios del Paseo se convirtió en una obsesión desde el día siguiente en que las tropas nacionales entraron triunfantes en la ciudad. Hubo reuniones con los comerciantes para que abrieran cuanto antes sus negocios, ofreciéndoles ayudas para poder comenzar.

En la primavera de 1939, uno de los establecimientos insignias del Paseo, el Hotel Simón, ya se anunciaba en el periódico para informarle al público que volvía a abrir sus puertas: “Rodolfo Lussnigg, propietario del Hotel Simón, después de dos años de prisión en el Ingenio y repuesto de la enfermedad contraída en el cautiverio, se ha hecho cargo recientemente del hotel”, decía el anuncio que se publicaba en El Yugo.

En el mes de abril, unas semanas después del final de la guerra, otro establecimiento de solera como el Café Español abría al público y sacaba a la acera su terraza, que era el síntoma más evidente de que la normalidad estaba en el buen camino. En ese afán de volver al orden natural, los propietarios del establecimiento no tardaron en recuperar las actuaciones en directo, que tanto animaban la moral de la población. La orquesta Conga, en funciones de tarde y noche, se encargaba de ponerle banda sonora a aquellos meses de incertidumbre.

El Café Colón también se dio prisa por recuperar la normalidad y antes de que llegara el primer verano de la posguerra ya había restablecido sus servicios, incluida la sección de helados, que tenía gran aceptación entre su distinguida clientela. Aquel Paseo de 1939 era también el del bar Gambrinos, donde se comía el mejor marisco de la ciudad; era el Paseo de la cervecería el Oro del Rhin y del Café Suizo, famoso por sus ponches.

Lentamente, se fueron incorporando más negocios que habían tenido que cerrar durante la guerra como la tienda de ultramarinos de Gervasio Losana, junto al Hotel Simón, y las confiterías La Dulce Alianza, El Cañón y la Casa Granados, que pudieron poner en marcha sus obradores gracias a los suministros de materia prima, especialmente azúcar, que estaba bajo el control estatal.

Aquel era el Paseo de la peluquería Española y de la tintorería del mismo nombre; el de Calzados Plaza y de la relojería de Deogracías Pérez. Era el nuevo Paseo, al que nada más terminar la guerra civil le cambiaron el nombre, dejando de ser el de la República para convertirse en la Avenida del Generalísimo.

En aquellas primeras semanas de la primavera de 1939, mientras los comercios iban abriendo sus puertas, el Paseo se convirtió en un recinto militar donde se organizaban continuas demostraciones de fuerza y de exaltación a la patria. El 18 de mayo, fecha en la que se celebró el primer día de la victoria, los pesos pesados de Falange en Almería visitaron uno a uno a los propietarios de los negocios del Paseo para que ese día engalanaran los balcones y los escaparates y pusieran la iluminación especial de los días grandes.

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