La Voz de Almeria

Tal como éramos

El desprecio por la vieja estación

En 1977 le colocaron detrás el Toblerone del mineral y hace seis años dos bloques de pisos gigantescos

La construcción del depósito del mineral conocido como el Toblerone, en 1977, fue un golpe visual para el edificio de la estación del ferrocarril.

La construcción del depósito del mineral conocido como el Toblerone, en 1977, fue un golpe visual para el edificio de la estación del ferrocarril.Eduardo de Vicente

Eduardo de Vicente
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La estación del tren se convirtió en uno de los edificios de referencia de la ciudad antes de que estuviera terminada. En 1895, cuando se concretaban los últimos trabajos, cientos de almerienses se desplazaban por las tardes hacia aquel escenario en medio de la vega para asistir a los últimos detalles de su construcción: la colocación de los cristales, la instalación de los relojes, los remates de la decoración...

Tal era el interés que generaba el edificio que la prensa llegó a escribir en aquellos días que el camino hacia la estación se veía más concurrido que el propio Paseo del Príncipe en una mañana de domingo. Durante mucho tiempo, los almerienses sentimos veneración por aquella espléndida obra que vino de la mano del ferrocarril. La estación tenía un aura, estaba rodeada del misticismo de los encuentros y de las despedidas. Era un territorio de emociones y a la vez el nexo que nos comunicaba con el exterior cuando no teníamos aeropuerto, el primer suelo de Almería que pisaban las estrellas de cine cuando llegaban en el tren de Madrid. Muchas de las imágenes históricas que dejó aquel tiempo tienen a la estación como telón de fondo. Por allí pasó Claudia Cardinalle cuando llegó a Almería el 14 de mayo de 1968, dejando grabada la huella de su belleza en las centenarias piedras del edificio.

Ese idilio con la estación empezó a romperse en los años setenta, cuando para solucionar el problema del polvo del mineral que tanto nos castigaba, se construyó una nueva infraestructura para el almacenamiento y la posterior conducción hacia el cable del embarcadero. El nuevo depósito se ubicó justo detrás de la estación del tren, sin que nadie tuviera en cuenta el enorme impacto visual que provocaba la nueva instalación. En aquel tiempo, corría el año 1977, los almerienses estábamos tan acostumbrados a la contaminación visual, después de los destrozos que se habían cometido en todos los rincones de la ciudad, que nadie se escandalizó cuando detrás de nuestro histórico edificio levantaron el célebre Toblerone, nombre popular con el que fue bautizado el depósito, que por sus formas recordaba a la célebre chocolatina suiza que anunciaba por televisión.

La puesta en marcha del Toblerone fue el primer paso para solucionar el problema del polvo de hierro que afectaba sobre todo al barrio de Ciudad Jardín y una buena oportunidad para mejorar el negocio de la exportación minera. El antiguo almacén que existía cerca de la playa de San Miguel llegó a alcanzar una capacidad de 100.000 toneladas a finales de los años sesenta, un volumen que se multiplicó por dos diez años después, cuando entró en funcionamiento el citado Toblerone, preparado para recibir en su vientre 220.000 toneladas de mineral.

Su construcción cambió la estética del lugar. En 1977 descubrimos una nueva estampa de nuestra venerada estación. Cuando bajábamos por la Carretera de Ronda nos encontrábamos con la majestuosidad y la belleza de sus muros y sus cristaleras, profanadas por ese monstruo de chapa de hierro del Toblerone. La única buena noticia de aquellos días fue que con el nuevo depósito llegó por fin la ansiada pasarela que permitía cruzar al otro lado de las vías del tren y evitar así el peligro que suponía atravesar por en medio de los trenes, lo que hacían a diario los jóvenes que estudiaban en el Instituto Masculino.

Cuando derribaron el Toblerone, el viejo edificio de la estación volvió a reinar en solitario, aunque ya funcionaba como un decorado. Pero la alegría acabó quebrándose hace diez años cuando en los terrenos del Toblerone empezaron a levantar dos torres monstruosas de viviendas de alto standing que se han convertido en un estigma para una ciudad que ha tenido que sufrir como ninguna los impactos visuales en zonas históricas. Pasar por aquellos caminos y ver lo que le han hecho a la estación provoca una amargura que no encuentra consuelo.

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