La escuela de niñas de la calle Murcia
Era un colegio católico que dirigía la maestra doña Carmen Aragón. En los años de la República resistió las presiones

Doña Carmen (de negro, en el centro de la imagen) con sus alumnas. La escuela estaba instalada en una casa en la esquina de las calles Murcia y Triunfo.
Todos los años, cuando llegaba el miércoles de ceniza, medio aforo de la iglesia de San Sebastián se llenaba con las niñas del colegio de doña Carmen. Era tradición, en aquellos años veinte, que el sacerdote rompiera el protocolo, se olvidara del Latín y le dirigiera unas palabras amables a las alumnas. La maestra siempre tenía a Dios presente en el aula; no al Dios de los milagros ni al Dios intocables de los altares, sino a ese Dios hombre que representaba la bondad y la generosidad en sus estados más puros cuando se mezclaba con los necesitados.
Carmen Aragón Moncada se sintió maestra desde que nació. De niña mostraba una vocación irrenunciable hacia la enseñanza cuando jugaba a explicar las lecciones de memoria a sus hermanos. Siendo alumna de la Escuela de Artes era una de las favoritas de los profesores cuando tenían que ausentarse unos minutos del aula y necesitaban a alguien que los sustituyera.
Fue a comienzos de los años veinte cuando la maestra decidió abrir un colegio en el centro de la ciudad, en el distrito de la iglesia de San Sebastián. La escuela de niñas de doña Carmen Aragón era un colegio de pago que ocupaba una casa de dos plantas que hacía esquina con la calle del Triunfo. En los buenos tiempos llegó a tener cerca de cien alumnas matriculadas, por lo que la maestra contaba con la colaboración de las llamadas pasantas, muchachas de la Escuela Normal que daban sus primeros pasos en la enseñanza como auxiliares.
Doña Carmen era una mujer de fuertes convicciones religiosas. Formaba parte de la junta directiva de las Hijas de María y en su escuela, Dios estaba presente en cada rincón de la casa. Todas las mañanas, antes de comenzar las clases, las niñas se ponían en pie y rezaban dándole las gracias al Altísimo, y antes de salir volvían a entonar la oración elegida del día.
Doña Carmen era muy aficionada a la lectura en voz alta y solía recitarle a las niñas sencillos pasajes de la Biblia que ella trataba de rodearlos de pedagogía poniendo ejemplos de la vida real. Aunque se había educado en el rigor de la ciencia, era de las que mantenían a rajatabla la necesidad de enriquecer también el alma. “Si llenáramos nuestra existencia sólo de números y de letras el ser humano se quedaría incompleto. Tenemos la obligación para nuestro desarrollo de darle de comer al alma que todos llevamos dentro y que nos acerca a Dios para hacernos mejores”, llegó a decir en una de las conferencias cuaresmales que solía pronunciar en la iglesia de San Sebastián cada mes de marzo.
La escuela vivió días de gloria en los años veinte, cuando llegó a tener a cerca de cien niñas matriculadas, cuando era casi imposible encontrar un hueco en las clases. También pasó por períodos de crisis coincidiendo con los años más duros de la República. El anticlericalismo no sólo afecto a los centros de religiosas y a los sacerdotes, también los pequeños colegios de inclinación católica sufrieron la presión de los que consideraban la Religión una de las lacras de la sociedad de la época.
En la primavera de 1931, recién proclamada la República, la maestra resistió en sus aulas a pesar de que la invitaron varias veces a retirar las imágenes religiosas de las paredes y a dejar de impartir la asignatura entre las alumnas. Eran días complicados en los que fue disminuyendo el número de alumnas por el miedo de los padres a que las niñas pudieran ser víctimas de alguna represalia.
En junio de 1934, el periódico local ‘La Independencia’ publicaba un artículo destacando la figura de la maestra de la calle de Murcia y su valentía por no ceder a las presiones y resistir: “Es digno de alabar el trabajo y la resistencia de doña Carmen Aragón Moncada, católica maestra que aún en los años de más sectarismo no ha dejado ni uno solo de disponer a sus discípulos para el bien de la fe. Todas las niñas de su colegio, primorosamente tocadas con el hábito de Nuestra Señora de Lourdes han vuelto a recibir su primera comunión.