La Voz de Almeria

Tal como éramos

Los miedos que nos dejó la guerra

La guerra dejó una sensación de miedo que heredaron las generaciones posteriores

El miedo tomó las calles nada más producirse el alzamiento del 18 de julio y se multiplicó con la quema de las iglesias, con los asesinatos y con los bombardeos que vinieron después.

El miedo tomó las calles nada más producirse el alzamiento del 18 de julio y se multiplicó con la quema de las iglesias, con los asesinatos y con los bombardeos que vinieron después.LA Voz

Eduardo de Vicente
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En mi casa, como en muchas familias de hace medio siglo, los recuerdos de la guerra convivieron con nosotros en el comedor, entre el plato de lentejas y la ensalada. Crecimos escuchando las historias que nuestros mayores nos contaban de la Guerra Civil, por lo que fuimos muchos los que siempre tuvimos la impresión de que la guerra no era un suceso lejano como las otras guerras que leíamos en los libros, sino una realidad que treinta años después de su final seguía presente en la vida cotidiana de la gente.

Pronto descubrimos que la Guerra Civil había dejado una huella para siempre en casi todas las familias, que en nuestro barrio era difícil encontrar una casa donde no se contara alguna derrota. Unos habían perdido a seres queridos; otros habían tenido que dejar sus pueblos al quedarse sin nada; y casi todos habían visto como su juventud se truncaba por culpa de la guerra y de la otra batalla que vino después, la de la supervivencia, el miedo y el hambre que trajo la larga posguerra.

Los tres años de Guerra Civil dejaron historias que nunca reflejaron los periódicos y que tampoco aparecen en los libros entre las estadísticas de los grandes episodios. Fueron las pequeñas crónicas personales, los miedos, las tragedias y también las esperanzas de las gentes, que se transmitieron de generación en generación, como las canciones, como los cuentos. El miedo de aquellos días dejó la ciudad apagada. Era un miedo sin tregua que comenzó a las pocas horas del alzamiento, cuando se escucharon los disparos en las calles y nadie sabía dar una respuesta.

Era el miedo de las familias a perder a sus seres queridos, a verse separados de sus allegados, a no saber lo que iba a ocurrir mañana. Ese miedo que se transformó en pánico cuando los ataques a los monumentos religiosos se extendieron por toda la ciudad, con los incendios y saqueos a las iglesias, con la destrucción de retablos e imágenes, algunas de gran valor, que fueron pacto del fuego. El miedo que no cesaba ni de día de noche. El miedo a que un vecino te delatara por tus creencias religiosas, el miedo de las madres a que se llevaran un hijo al frente, el miedo a que faltaran los víveres y las despensas se quedaran vacías.

Entre tanto sufrimiento, la presencia de los niños humanizó aquellos meses de tanta tragedia. El lado opuesto de la muerte, que acechaba en cada bombardeo, eran los niños, que con su fuerza para convertir el temor en esperanza, le dieron sentido a la ciudad en los momentos de mayor abatimiento. Aquella generación de niños tuvo que adaptarse a una realidad completamente distinta en la que el colegio pasó a ser historia y en la que cada día se libraba la batalla de la supervivencia. También era diferente el escenario. Almería fue cambiando su fisonomía a medida que el peligro a los bombardeos se convirtió en una amenaza real y cotidiana.

En septiembre de 1936, las autoridades locales habían repartido por Almería hojas con las instrucciones a seguir en caso de un ataque enemigo, consignas que se repartieron también por los pocos colegios que entonces quedaban abiertos. Se le informaba a la población de que tan pronto escucharan la señal de alarma, que consistía en tres pitidos, se dirigieran a los refugios más cercanos, y que no salieran de sus escondrijos hasta que no se encendiera de nuevo el alumbrado público, que era la señal que informaba de que había pasado el peligro.

Antes de que se construyera la red de refugios subterráneos, se habilitaron edificios importantes para acoger a los ciudadanos en caso de un ataque. En cada uno de ellos se colocó un cartel en la puerta anunciando: “Refugio para caso de bombardeos aéreos”. Se instalaron en la casa de los almacenes de Ford en el Paseo; en los bajos de la sede del Comité Central, en el Casino; en el Círculo Mercantil; en los sótanos de la Escuela de Artes de la calle Javier Sanz; en la Plaza de Toros; en la iglesia de los Franciscanos; en el almacén de harinas de la viuda de Pedro Alemán, ubicado en la Puerta de Purchena; en el antiguo Hospital de Sangre del Parque; en la conocida como mina de Juan Panza, una galería que existía en la calle de Almanzor Baja; en los almacenes del establecimiento de tejidos del Río de la Plata; en la Casa del Pueblo, que estaba instalada en el edificio del Seminario en la Plaza de la Catedral; en los sótanos del Café Colón que tenían la entrada por la calle Conde Ofalia; en el Hotel Inglés del Paseo y en los sótanos de la Plaza del Mercado, donde estaba la alhóndiga.

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