La Voz de Almeria

Tal como éramos

Aguadulce, la encarnación del paraíso

Hasta los años 60, Aguadulce fue el edén soñado. Hasta la Iglesia instaló allí su refugio de espiritualidad

En los años 50 las muchachas se iban a pasear a la carretera que atravesaba Aguadulce cuando la presencia de un coche era un acontecimiento extraordinario.

En los años 50 las muchachas se iban a pasear a la carretera que atravesaba Aguadulce cuando la presencia de un coche era un acontecimiento extraordinario.Familia Flores

Eduardo de Vicente
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Teníamos el paraíso a la vuelta de la esquina, al otro lado de los cerros del Cañarete. Detrás de las curvas que bordeaban el acantilado aparecía el caserío de Aguadulce, como recién salido del Antiguo Testamento. Sin coches, sin turistas, sin apenas carretera y con una playa inmensa que era una inventación a perderse. Aquel edén soñado que descubrieron las autoridades de Falange cuando en los años cincuenta decidieron instalar allí un campamento para la instrucción de la juventud, un paraíso que tampoco pasó desapercibido para la Iglesia que entendió que Aguadulce estaba más cerca del cielo que Almería y no dudó en montar frente a la playa su gran refugio espiritual.

Fue el Obispo don Alfonso Ródenas el que impulsó el proyecto de sacar la fe de los rígidos muros del Seminario y de la sombra de los templos para airearla en los meses de verano. Aprovechando unos terrenos privilegiados que la Iglesia había adquirido en la playa de Aguadulce, el prelado puso en marca la construcción del llamado ‘Seminario de Verano Reina y Señora’. La casa de la playa de Aguadulce era el mejor remedio contra la palidez de la cara y del alma. A pocos metros de aquel mar casi virgen, con un buen comedor y buenas cocineras, con un dormitorio provisto de literas modernas y espacios ventilados, con grandes árboles y sus correspondientes sombras, el recién inaugurado Seminario de Verano fue para los jóvenes seminaristas una prueba irrefutable de que Dios existía y no solo en los libros.

En aquellos tiempos, Aguadulce conservaba su alma de paraíso y en los días de calma, cuando no soplaba el viento, desde la carretera se podía escuchar el suave sonido del mar cuando se derramaba por la arena de la playa. Eran cuatro casas y unas cuantas fincas con sus cortijos. Entrando desde Almería, a la derecha del camino, aparecía la casa de Piñero, la de los Sevillanos, la de doña Josefina. A continuación estaba la iglesia y la caseta de los peones camineros que entonces estaba habitada por una familia. Le seguía, después de un descampado, la casa de Juan Roldán, catedrático del instituto, la posada, la panadería, el muy antiguo almacén de ultramarinos de doña Pepa o de los Martínez, la barbería de Padilla, el almacén de García Capilla y al final del camino, el cuartelillo de la Guardia Civil.

Al otro lado de la carretera, nada más entrar desde Almería, aparecían varias casas con soportales habitadas por familias humildes, muchas de ellas autóctonas del lugar. A continuación destacaba la finca de la familia Vizcaíno y el hermoso chalé del médico don José Sobaco Monroy, que cada vez que tenía tiempo libre se refugiaba en su nido de Aguadulce donde tenía su estudio de pintor aficionado.

Le seguí la finca de don Leopoldo Romero, uno de los Romero Hermanos; a continuación aparecía el cortijo y las tierras de Cervantes, ingeniero del puerto, y el caserío de don Luis Batiste, célebre exportador de uva que todos los veranos se escapaba de la vida ajetreada de Madrid para buscar la paz de Aguadulce. Lindaba con la finca de don Manuel Tortosa, que llegaba desde la orilla de la carretera hasta la arena de la playa. El primer campamento de Falange que se organizó en Aguadulce fue en uno de los bancales de Tortosa, que lo cedió para que pudieran montar allí las tiendas de campaña.

En los años de la posguerra, Aguadulce era un lugar sin otro ruido que el de los coches de línea que cruzaban por la carretera de vez en cuando. Por allí pasaban el coche de Roquetas, el de Felix, el de Ugíjar y el de Adra, que solían parar en la puerta de los almacenes y en el surtidor de gasolina que regentaba Juanico el de Matías.

En verano, cuando se instalaba el buen tiempo, era frecuente que muchas familias de Almería, las que disponían de vehículo propio, fueran hasta Aguadulce de excursión para pasar el día. Allí tenían garantizada la paz de una playa amplia y completamente vacía donde tenían la sensación de ser los primeros pobladores de la Tierra.

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