La Voz de Almeria

Tal como éramos

Lo que hoy valdría un Juan Goros

Era un ‘9’ de trinchera, un guerrillero del área que se dejaba la vida en cada balón

Juan Goros con su hijo en un partido en el estadio de la Falange en noviembre de 1972.

Juan Goros con su hijo en un partido en el estadio de la Falange en noviembre de 1972.

Eduardo de Vicente
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Ahora que es tan difícil encontrar un delantero de raza, ahora que los número ‘9’ brillan por su ausencia, uno se acuerda del ariete por antonomasia, de aquel guerrillero del área que entraba a rematar como si fuera el novio de la muerte. Ahora que la ausencia de rematadores especialistas hace que muchos equipos jueguen con lo que llaman un falso nueve, es el momento de recordar la figura de Juan Goros, aquel legionario del gol que se jugaba la vida en cada centro, aquel valiente con un pecho de hierro y unos cuádriceps de goma que le permitían saltar por encima del central aunque le sacara un palmo de altura.

Entonces los delanteros no estaban tan protegidos como ahora y el juego peligroso no se pitaba si no había por medio una patada de verdad, de esas que te dejaban tocado una semana con sangre por medio. Entonces los futbolistas no se tiraban chillando al suelo cuando le daban un pequeño pisotón ni existía un VAR que magnificara cualquier contacto. Aquel era un fútbol de choque, un juego de supervivencia donde los futbolistas batallaban de verdad.

Goros representaba el fútbol del hambre, la ilusión de aquellos niños callejeros que en la posguerra se olvidaban de que había que comer todos los días corriendo detrás de la pelota en el campillo que montaban en la Plaza de Béjar.

Entonces los barrios estaban llenos de solares y las plazas eran de tierra, propicias para transformarlas en estadios con la ayuda de cuatro piedras con las se levantaban las porterías. Cuántos equipos de niños despeinados que se dejaban los últimos jirones de la ropa vieja pegados al suelo afloraban a diario por los arrabales más olvidados, allí donde el Dios del fútbol reinaba a sus anchas y la escuela era una travesía del desierto que los muchachos se saltaban nada más doblar la esquina de su casa.

Goros destacaba del resto por su fuerza de gigante y por una valentía que le permitía jugarse la cabeza en cada balón sin tener nunca la certeza de que se levantaría intacto. Goros tenía un trasatlántico metido en el pecho. La camiseta se le quedaba pequeña tras la primera carrera y los contrarios jugaban a esquivarlo para no chocar contra aquel aglomerado de músculos y huesos que se lanzaba en plancha igual que un camicace.

Se elevaba como un cohete y volaba como un águila buscando la carne fresca del balón entre un océano de defensas que intentaban agarrarlo. Inventó el doble salto: una vez en el aire volvía a coger impulso para rematar, como si fuera un pájaro.

Su historia es la del chico pobre que soñaba con ser futbolista y lo fue, aunque nunca llegó a hacerse rico. Venía de abajo, del fango perpetuo de los callejones del Barrio Alto, de la humedad pegajosa de las casas que obligaba a las familias a refugiarse en la calle para no coger frío. En una habitación dormían siete hermanos y de uno a otro se iban pasando la ropa que los abrigaba en invierno. El primer pantalón que tuvo se lo hizo su madre con una túnica de penitente que se encontró dentro del refugio de la guerra civil de la Plaza de Béjar.

Infancia gris de rodillas sucias y sandalias desgastadas. Qué largas se hacían las esperas en la cola del Asilo, cuando acudía con su hermano para que le dieran un trozo de pan viejo y un plato de acelgas arrugadas.

Con ochos años, ya ayudaba a su padre a mover cajas en la Plaza del Mercado. Tuvo que dejar la escuela y se hizo estibador de la Alhóndiga. Años oscuros de madrugadas eternas cargando camiones en aquella atmósfera miserable de olor a verdura y a coñac de garrafón. Cuando acababa la jornada, con una manzana entre los labios y un plátano en el bolsillo, se escapaba a jugar al fútbol. San Lorenzo, Plus Ultra, Atlético Almería, Adra, Hispania...

Él fue uno de los primeros aventureros que se marcharon fuera en busca del Dorado. Dos temporadas en el Cádiz y otra en el Tomelloso le permitieron ganar un dinero que su generosidad extrema se encargo de dilapidar después. La experiencia en Ciudad Real le dejó una secuela de seis temporadas sancionado. Un directivo quiso engañarlo y él le respondió con un gancho que todavía recuerdan en Tomelloso. Si lo hubiera intentado, también se habría ganado la vida como boxeador.

Vencido, regresó a Almería donde trabajó de albañil hasta que el empresario hotelero Ángel Martínez, entonces metido a presidente, le abrió las puertas de la A.D. Almería en 1971 para disfrutar de una juventud tardía y de un reconocimiento que hasta entonces no había tenido en su tierra. En 1975, cuando el equipo luchaba por el ascenso a Segunda División, le llegó la hora de colgar las botas. Juan Goros llegó a tener su merecido homenaje, que por azares del destino coincidió con la muerte de Franco y no hubo más remedio que retrasarlo.

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