La Voz de Almeria

Historias de Almería

Punto y final al bufete almeriense más longevo de Andalucía

Baja la persiana después de 131 años el despacho de abogados de los Rogelios tras cuatro generaciones y cientos de pleitos resueltos

De izquierda a derecha, Rogelio Pérez Burgos, Rogelio Pérez García, Luis Rogelio Rodríguez-Comendador Pérez y Rogelio Pérez Martínez.

De izquierda a derecha, Rogelio Pérez Burgos, Rogelio Pérez García, Luis Rogelio Rodríguez-Comendador Pérez y Rogelio Pérez Martínez.

Manuel León
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Se cierra el despacho de los Rogelios -o de los Pérez- en el corazón donde aún late la Almería de toda la vida: se baja la persiana del bufete familiar más longevo de Andalucía: 131 años lo contemplan; se echa la llave de forma definitiva a ese emporio del código civil por donde han pasado labriegos y próceres, mercachifles y terratenientes y hasta algún ministro; se clausura este oratorio jurídico en la calle Reyes Católicos, que antes fue del General Sotomayor, y ahí quedarán flameando durante un tiempo los retratos sepias de la saga, la legendaria mesa bargueña y las sillas y sillones de cuero repujado en las que se han sentado clientes, durante más de un siglo, que llegaban apesadumbrados por el reparto de una herencia, por un litigio de lindes, por una pendencia de reparto de aguas o por una contienda parental.

Todo arrancó en 1893, cuando empezó a ejercer un joven letrado almeriense, Rogelio Pérez García, que venía de licenciarse en la Universidad Central de Madrid, habiendo tenido de compañero de facultad al célebre Emilio Zurano, el Pastorcico de Pulpí. Ese Rogelio fundador era hijo de José Pérez Martínez, un veguero del XIX, propietario de la finca de El Tagarete, que pudo dar estudios a sus hijos, entre ellos también Manuel Pérez García, del que arranca otro despacho famoso de Almería vinculado al exdecano José Arturo Pérez, y Juan, iniciador de la saga de los Pérez Company.

Rogelio Pérez García tuvo su primer despacho en el Paseo del Príncipe y al poco tiempo compró casa en la calle Rueda López -antes Camino de la Vega- esquina con Reyes Católicos, donde también trasladó el bufete. Fue coetáneo de hombres de leyes almerienses como Onofre Amat, Guillermo Rueda, Andrés Cassinello, David Esteban o Juan Oña. Se casó con María del Mar de Burgos y Fernández de Beloy y fue alcalde de Almería en 1900 y 1905, además de ferviente republicano que viró con el paso del tiempo a ideas más conservadoras. Fue un firme paladín del tren de Linares-Almería con incendiarios artículos en periódicos madrileños como La Luz o como redactor del periódico almeriense La Justicia, donde trabó amistad, junto a su hermano Manuel, con Nicolás Salmerón. Desde que era un muchacho despuntó por su brillantez como orador en la Sociedad de Socorros La Bienhechora y en la agrupación política Juventud Democrática, desde la que defendió el sufragio universal. Falleció el fundador del histórico despacho en 1926, con solo 54 años, cuando su hijo, el célebre Rogelio Pérez Burgos, había empezado a ejercer con él. Este segundo Rogelio de la dinastía nació en 1902 y se licenció también en la Universidad de Madrid. concejal y diputado de la Derecha Liberal Republicana de Niceto Alcalá Zamora, durante las Cortes Constituyentes de 1931, aunque abandonó pronto la política, después de vincularse más al maurismo, para consagrarse al ejercicio del derecho, aunque en 1933 se presentó de nuevo a las legislativas por el Partido Republicano Conservador pero sin conseguir acta.

En 1936 fue elegido secretario de la Junta de Gobierno del Colegio de Abogados de Almería, mientras que su primo Juan Pérez Almansa era decano. En 1951 fue elegido decano del Colegio, desempeñando este cargo hasta 1981, durante 30 años. Tuvo como pasante, durante un tiempo, al hijo de su primo, el querido abogado Juan Pérez Pérez, con calle junto al Palacio de Justicia. Rogelio Pérez Burgos fue uno de los civilistas más insignes de Almería y fue miembro del Consejo General de la Abogacía. Murió de cáncer de pulmón en 1984, con 82 años, trabajando hasta el final de su vida y fumando media docena de puros al día. Estaba casado con Eliodora Martínez, hija de un recaudador de impuestos de Toledo al que le dieron plaza en Almería.

El Colegio de Abogados estuvo durante un tiempo en el propio despacho de Rogelio hasta conseguir una habitación en el Palacio de Justicia y posteriormente sede en la calle Martínez Campos, ahora en venta, tras su traslado a la zona de Padre Méndez. Pérez Burgos fue un letrado infatigable, de lustre y renombre y frecuentaba una popular tertulia al medio día en el antiguo Café Colón con otros juristas.

Le sucedió en el acrisolado despacho su hijo, Rogelio Pérez Martínez, con el que ya llevaba dos décadas compartiendo pleitos, quien había trabajado también en Madrid. El tercer Rogelio fue un gran civilista y mercantilista, amigo del ministro Esteruelas y de Stampa Braun. Fue defensor de empresas como Entrecanales y Távora, Jerasa, Frasquito Pérez Casquet o de la lonja de Jesús Caicedo padre. Se casó con una mujer italiana pero no tuvo hijos. Le sucedió su sobrino, el exalcalde y actual senador, Luis Rogelio Rodríguez-Comendador, cuarto Rogelio de la saga. Su padre Luis fue un magistrado de Plasencia (Cáceres) que murió muy joven y su madre Pilar estudió Geografía e Historia. Luis Rogelio empezó a ejercer en 1986 con su abuelo y con su tío y se quedó como único cancerbero del bufete cuando éste murió. Hizo un paréntesis en su vida profesional de letrado cuando fue elegido presidente de la Diputación en 1995 y volvió a ponerse la toga en 2015 cuando dejó la vara de alcaldía. Se ha dedicado Luis Rogelio al derecho civil y administrativo durante todos estos últimos años, manteniendo abierto el despacho del clan de los Pérez, quizá el apellido que más abogados ha hecho retoñar en Almería. Luis Rogelio se jubila -sus hijos y sobrinos no siguen la estela de los Rogelios- cierra la puerta centenaria, dejando allí flotando entre el polvo de la historia, los libros de asuntos despachados escritos con pluma y tintero, la colección de lacres, cartapacios, las fotos familiares amarilleando y toda una liturgia de buen hacer jurídico, en el que ese despacho almeriense fue a veces como un confesionario, como un vomitorio de desencuentros, como un desahogo de reyertas a veces bajo el latido de la misma sangre.

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