En secreto y con casi 200 policías movilizados: así se golpeó a la mayor trama corrupta de Almería
Uno de los cerebros que diseñó la Operación Poniente cuenta cómo prepararon la actuación

Policías a las puertas del Ayuntamiento de El Ejido y Pedro Mélida, jefe superior de Policía de Andalucía Oriental en 2009
El hombre que ahora bebe un café y aprovecha la luz del sol de Almería, cerca del mar, fue una de las piezas clave en la mayor operación anticorrupción de la provincia: la Operación Poniente. Su mirada tranquila y su forma pausada de hablar no sugieren urgencia alguna. Sin embargo, detrás de esa calma hay 44 años de servicio en la Policía Nacional que le han llevado por todo el escalafón del cuerpo.
Ha pasado por homicidios, por unidades de anticorrupción, por Policía Científica y por las calles más duras, antes de terminar ocupando puestos de máxima responsabilidad en despachos donde las decisiones se toman lejos del ruido. Mientras sorbe el cortado y mira hacia el Mediterráneo tras unas gafas oscuras, resume aquella etapa en una frase: “Se hizo todo en secreto. Nadie en Almería podía conocer la operación”.
Puede que no pusiera los grilletes a los detenidos, pero su criterio como Jefe Superior de Policía en Andalucía Oriental estuvo presente en las decisiones de quienes actuaron en aquel operativo.
Desde Granada
Pedro Mélida, estuvo al frente de la coordinación desde su despacho en Granada de aquella operación que culminó con el desmantelamiento de una red de corrupción y entramado político que entonces controlaba el Ayuntamiento de El Ejido en 2009 y aún reposa la digestión en las salas de Justicia. El comisario Jefe conocía la operación, como hoy conoce a los personajes que perfila en sus relatos y novelas, donde traslada años de experiencia pateando las calles y observando sus sombras.
La Operación Poniente no nació en El Ejido ni en ningún despacho de Almería. Sino en Granada, y lo hizo marcada desde el primer momento por una consigna innegociable: si aquello se sabía en la Almería, la investigación estaba muerta. Fue en el verano de 2008, apenas unos días después de que Pedro Mélida asumiera la Jefatura Superior de Policía de Andalucía Oriental con sede en Granada.
“Llevaba muy poquitos días en Granada, era verano”, recuerda. Aquella circunstancia, casi anecdótica, resultó decisiva. “No había tanta gente, no tenía que hacer visitas protocolarias. Eso me sirvió para hacerme con la actividad del despacho”, explica. En ese contexto recibió una llamada distinta.
Discreción
El entonces fiscal Anticorrupción de Almería Jesús Gázquez pidió verle personalmente. “Apareció en mi despacho”, relata Mélida. No era una reunión rutinaria. Llegaba con una denuncia, con un trabajo previo de la Fiscalía y con la certeza de que estaban ante algo que exigía un nivel extremo de discreción.
Ese primer encuentro se selló una forma de trabajar que se mantendría durante más de un año. “Siempre nos hemos reído después porque parecía que estábamos haciendo algo malo por nuestra obsesión de que nadie supiera de qué estábamos hablando”, confiesa Mélida.
Pero no había margen para el error. Desde el inicio asumieron que Almería no podía saber nada de la investigación. “No porque desconfiáramos de los compañeros de Almería, ni mucho menos”, matiza el exjefe policial, “sino porque esto realmente no es una ciudad grande. Entonces cualquier cosa se podía notar”. La solución fue clara: sacar la investigación de la provincia. “Todo se cuece en Granada y Madrid”, resume con una frase que define el espíritu de aquellos primeros meses.
Un año y medio
El núcleo investigador se formó con personal de extrema confianza. “Utilicé compañeros míos de Granada y policía judicial que apoyaba a la Fiscalía Anticorrupción”, explica. También se incorporaron efectivos de la unidad adscrita a Anticorrupción en Madrid. Todo bajo un cerrojo informativo absoluto. “Lo que no podíamos permitir es que nada se filtrara”. Durante año y medio, ‘Poniente’ avanzó en silencio. Ese silencio inicial no fue una anécdota operativa. Fue la base misma de la operación. Sin él, nada de lo que vino después habría sido posible.
Primero con análisis preliminares, después con una investigación cada vez más sólida. “Cuando él viene a verme está claro que hay una denuncia, pero a partir de ahí empieza realmente la investigación”, señala Mélida. Llegado el punto crítico, se toma la decisión de judicializar el caso. La jueza respalda desde el inicio las actuaciones planteadas y el equipo continúa trabajando lejos del foco local.
Todo trabajo en la sombra acaba enfrentándose a un momento decisivo: salir a la superficie sin que nada en la cadena de información se rompa antes de tiempo. Ese punto de no retorno llegó en otoño de 2009, cuando la investigación ya estaba madura y el caso había sido plenamente judicializado.
Ahí es donde el Jefes Superior, Pedro Mélida decide implicarse de manera directa. “Yo personalmente me comprometí en lo que era el dispositivo para las detenciones”, explica. No delega ese tramo final. Es consciente de que cualquier error operativo podía deshacer lo construido con tanto sigilo. Y fija desde el inicio dos obsesiones que marcarían toda la intervención.
Por muchos lugares
La primera era inamovible: todas las detenciones debían producirse a la vez. “Había que detener, no sé si fueron 17 o 19 personas en ese primer momento, y había que hacerlo simultáneamente para que no hubiera filtraciones”, recuerda. El alcance del operativo ya no era local. Había objetivos repartidos por El Ejido, Almería, Vera, Sevilla y Madrid.
La segunda condición era aún más delicada, casi contracultural en operaciones de alto impacto: no debía verse ni una sola imagen de los detenidos. Mélida lo deja claro desde el principio a su equipo. “No es una condición, es una orden”, subraya.
La decisión no fue improvisada. Venía marcada por una experiencia reciente. “Habían salido hacía poco unas imágenes en Baleares, para mi gusto deprimentes, de políticos esposados. Eso es un escarnio”, afirma. Con esa premisa, el dispositivo se diseñó no solo para ser eficaz, sino también para minimizar el daño personal y mediático.
“La detención tiene que producirse en la forma que menos perjudique al reo”, defiende. De ahí decisiones poco habituales: no detener delante de las familias, evitar salidas públicas y recurrir incluso a vehículos preparados para impedir fotografías. “Nunca se me ocurre detener delante de las familias. Es muy duro eso”, añade.
Sin conocimiento
A medida que se acercaba el día señalado, la tensión crecía. La operación requería un despliegue inédito en la provincia. La comisaría de Almería fue informada solo en lo estrictamente imprescindible y con la mínima antelación. “El comisario jefe lo sabía; al resto se les informa la tarde anterior”, explica Mélida. Aun así, el movimiento de efectivos no pasó desapercibido. “De repente empiezan a ver llegar unidades que no conocían. ‘¿Este compañero de dónde ha salido? ¿Qué está pasando aquí?’”, recuerda.
Para evitar miradas indiscretas y preguntas incómodas, se tomó otra decisión poco habitual: la reunión clave de coordinación no se celebró en la comisaría provincial. “No se realizó en la comisaría, sino en otras dependencias de Formación en la calle Alcalde Muñoz, mucho más tranquilas”, explica.
Allí se sentaron todos los responsables policiales, incluido el máximo mando de El Ejido, que mantenía relación personal con algunos de los investigados y le tocó el plato fuerte. “Había que decírselo. Tú tienes que detener a Enciso. Le hicimos una putada, pero era la única manera de que la detención se realizara sin alboroto”, reconoce sin rodeos.
A partir de ahí, Poniente dejó de ser una investigación secreta para convertirse en una realidad visible. El silencio que la había protegido durante año y medio se había trasladado ahora al plano operativo. Y esa fue, precisamente, la clave de su éxito. Todo estaba calculado al detalle, pero el día señalado, el arranque no fue perfecto.
170 agentes
Hubo desajustes y retrasos ajenos a la operación, pero una vez iniciadas las detenciones, el mecanismo ya no se detuvo. El martes 20 de octubre de 2009 amaneció sin sobresaltos aparentes en El Ejido. No había cortes de tráfico, ni concentraciones, ni rastro alguno de que algo extraordinario estuviera a punto de ocurrir. Pero a esa hora, mucho antes de que la ciudad despertara del todo, la Operación Poniente ya estaba en marcha.
A las 7.00 horas, el dispositivo se activa con todos los equipos preparados. 170 agentes desplegados, repartidos entre El Ejido, Almería, Vera, Sevilla y Madrid, esperan la orden definitiva. La coordinación se dirige desde la comisaría de Almería, convertida en el centro neurálgico de una operación diseñada para no dejar margen a la improvisación. Diez minutos después de las ocho de la mañana, a las 8.10 horas, se produce la primera detención en Sevilla. Es la señal. A partir de ese momento, el mecanismo ya no se puede detener. “Había que hacerlo al momento, porque si no sabíamos que se iba a empezar a filtrar”, explicará después Pedro Mélida.
Cada actuación está sincronizada para impedir avisos cruzados y movimientos de última hora. Mientras tanto, en El Ejido, uno de los focos principales de la operación, el despliegue es tan amplio como silencioso. 140 agentes actúan en el municipio: 75 de Policía Judicial, encargados de registros, detenciones e investigación; y 65 efectivos uniformados de la IV Unidad de Intervención Policial (UIP), llegados desde Granada y Málaga, a los que se suman miembros de la UPR de Almería para tareas de custodia y seguridad.
Vigilancia
Uno de los momentos más sensibles del día gira en torno al alcalde. Desde primera hora, es vigilado discretamente desde que sale de su domicilio camino del Ayuntamiento. Nada se deja al azar. En su rutina matinal, el regidor se detiene a desayunar en un bar. Se entretiene saludando a vecinos, charlando, ajeno a que cada uno de sus movimientos está siendo seguido con precisión. A las 9.00 horas, el alcalde llega al Ayuntamiento.
Es entonces cuando se ejecuta la detención. Se produce en su despacho, mientras efectivos uniformados rodean el edificio municipal. No hay espectáculo, no hay carrera por las escaleras, no hay cámaras esperando en la puerta. Todo sucede de puertas adentro, conforme a una orden expresa llegada desde la cúpula del operativo. Uno de los principios marcados desde el primer momento se cumple de forma estricta: no se verá ninguna imagen de los detenidos.
Para ello, incluso el traslado está cuidadosamente diseñado. A media mañana, el alcalde abandona el Ayuntamiento a bordo de un vehículo Infiniti con cristales tintados, traído expresamente desde Málaga. Sale por el aparcamiento del consistorio, lejos de miradas indiscretas. Mientras tanto, la operación avanza en paralelo en otros puntos. A lo largo de la mañana se suceden registros simultáneos en domicilios y empresas vinculadas al núcleo de la investigación —el entramado de Elsur, el PAL y dependencias municipales—. En total, se practican 26 registros entre viviendas particulares y sedes empresariales.
El cronograma se cumple casi al milímetro. Entre la primera detención en Sevilla y el cierre del operativo transcurren apenas dos horas. A las 10.20 horas, se practica la última de las 20 detenciones ejecutadas ese día. La simultaneidad, una de las grandes obsesiones de Mélida, se ha logrado. No todo fue perfecto. Hubo retrasos iniciales y pequeños desajustes, “cuestiones que no vienen al caso”, como explica el propio jefe. Pero una vez iniciada la secuencia, ya no hubo marcha atrás.
Las detenciones encadenadas cerraron cualquier posibilidad de aviso previo o reacción coordinada por parte de los investigados. Almería despierta entonces ante una realidad inesperada. En pocas horas, la Operación Poniente pasa de ser una investigación desconocida a convertirse en el mayor golpe anticorrupción de la historia reciente de la provincia. Sin filtraciones previas. Sin imágenes de esposados. Sin escenas de humillación pública. El silencio que había protegido la investigación durante un año y medio había llegado intacto hasta el final.