El necesario Vía Crucis de la Pobreza
Se cumplen 60 años de la última salida del Cristo que el Jueves Santo subía al Cerro de San Cristóbal

El Vía Crucis de Jesús de la Pobreza representaba el alma auténtica de la Semana Santa de Almería, marcada por el silencio y la austeridad.
Habría que recuperar la salida del Cristo de la Pobreza, aquella humilde imagen que cada Jueves Santo salía antes de que amaneciera desde la iglesia de las Claras para subir las cuestas del barrio más pobre de Almería, que esa mañana adornaba sus miserias con cal y colchas estampadas.
Jesús de la Pobreza se hace más necesario que nunca para que la Semana Santa de Almería rescate una parte de su esencia, de aquellas celebraciones austeras que anidaron en nuestras raíces y que poco a poco han ido quedando relegadas por la invasión del ‘sevillanismo’.
En esta semana de pasión, el exhibicionismo se ha impuesto por encima de la espiritualidad. Las calles son un jolgorio, los bares son los nuevos templos y la gente asiste al paso de las hermandades con el teléfono móvil en la mano, pendiente más del ruido que del mensaje bíblico que representa cada hermandad cuando sale a la calle.
En estos tiempos tan amenazados de imposturas sería un éxito recuperar la tradición perdida con aquel Cristo de las Claras que durante veinte años llevó la esperanza de la fe al Cerro de San Cristóbal. Era el Cristo del amanecer, el que se abría paso entre las tinieblas alumbrado por humildes faroles y por el rezo de las mujeres y los hombres que lo acompañaban desafiando el relente de la madrugada.
Jesús de la Pobreza subía hasta las casas de los pobres en un ritual que llegó a ser una seña de identidad de la Semana Santa de Almería. Subir a Cristo hasta los pies del Corazón de Jesús, bordeando las antiguas murallas, se convirtió en uno de los acontecimientos más esperados en la década de los cincuenta, antes de que la estética importada de otros lugares terminara imponiendo sus criterios globalizadores.
El Lunes Santo de 1947 fue bendecida la imagen en la iglesia de las Puras. Ese año salió en Vía Crucis por las calles de la ciudad, pero sin subir al cerro. Fue en abril de 1948 cuando ascendió por las cuestas de ‘San Cristóbal’, en una peregrinación que se vivió como una evocación de la ascensión de Jesús al mítico monte del Calvario.
A las cinco de la mañana, el Vía Crucis partía desde la iglesia, el primer año lo hizo desde Las Puras y posteriormente del convento de Las Claras, recorriendo las cuestas del barrio mientras iba llegando el día. Guardias civiles vestidos con sus uniformes de gala escoltaban la poderosa imagen de Dios y centenares de fieles componían un acto que impactaba por la austeridad del paisaje y por el silencio del cortejo, sólo roto por el suave cántico de las mujeres mientras iban rezando las estaciones y por el sonido de las campanas de las iglesias, que anunciaban el momento de la llegada a la cumbre, el instante en que Nuestro Padre Jesús de la Pobreza miraba desde su atalaya a la ciudad dormida. Ese día, el barrio de ‘San Cristóbal’ blanqueaba sus casas, limpiaba sus calles y sobre las ventanas y balcones colgaban colchas y ramajes de bienvenida. Algunas familias improvisaban pequeños altares junto a sus fachadas, iluminando las puertas y ventanas con velas y mariposas en aceite.
Mientras el Cristo de la Pobreza llegaba a la cima se iba haciendo de día; las primeras horas de la mañana se llenaban de niños que aprovechaban la llegada del Señor para ponerse la ropa de los días de fiesta, niños que brincaban sobre las piedras con la indiferencia que muestran los dos chiquillos que se ven en el margen derecho de la fotografía. Son dos hijos del arrabal que acompañaban la procesión con las manos metidas en los bolsillos de sus pantalones cortos, tan distantes, tan ausentes de cualquier exaltación religiosa.
Para ellos, como para tanta gente del barrio, la llegada del Cristo significaba que al menos una vez al año la ciudad subía hasta sus casas y respiraba su pobreza recién lavada, penetrando en ese pequeño universo de casas destartaladas por donde nunca llegó a pasar el progreso.