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Níjar

La realidad de una influencer agricultora de Níjar: "No se creen que lleve yo sola el invernadero"

Con 28 años y dos hijas, la joven lleva adelante su invernadero mientras hace frente al machismo que aún perdura en el campo

Samanta, conocida como AgroSamanta en redes, en su invernadero.

Samanta, conocida como AgroSamanta en redes, en su invernadero.Elena Ortuño

Elena Ortuño
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Como madre, agricultora, influencer y mujer, Samanta (conocida en sus redes sociales como AgroSamanta) llega al invernadero todos los días a primera hora, tras dejar a sus hijas en el colegio. Cruzar la puerta y adentrarse en el verdor de las plantas, bajo el denso calor del plástico, se ha convertido para ella en una especie de ritual cotidiano. 

Allí, envuelta por un silencio prácticamente absoluto, apenas quebrado por el crujido de la tierra bajo sus pasos o, algunos días, por el golpeteo de la lluvia sobre el techo, trabaja con sus propias manos, que, como bien describe en su cuenta de Instagram, "están llenas de tierra": cultiva, abona, riega, graba algún que otro vídeo y saca adelante ella sola todas las tareas que exige un invernadero.

Lo hace sin más compañía que sus cultivos y la certeza de que, pese a la incredulidad de muchos, es capaz de sostener esos 4.000 metros de invernadero por sí misma. Si bien hay jornadas duras, nunca duda de que se encuentra donde quiere estar. Porque, entre la quietud del campo y el crecimiento paciente de sus hortalizas, esa parcela le devuelve pequeñas y constantes alegrías, que tan solo entiende aquel que ha cosechado lo sembrado.

Un estigma desde la infancia

Su vínculo con las raíces y la tierra nace de la historia migrante de su madre. La mujer llegó muy joven a Níjar y, como tantas otras mujeres migrantes, encontró en el campo su única opción para introducirse en el mundo laboral. Era un empleo más marcado por la necesidad que por la elección: jornadas largas, trabajo físico muy duro y el objetivo de sacar adelante a sus hijas.

Durante años, el invernadero estuvo presente en el día a día de Samanta, quien convivió con un fuerte estigma social que se materializaba cuando en el colegio le preguntaban a qué se dedicaba su familia. Era entonces cuando notaba cómo muchos compañeros la miraban por encima del hombro, como si fuera un oficio de segunda, sin aspiraciones.

"Yo no me avergonzaba de mi madre, pero sí sentía que el mundo no valoraba lo que hacía", resume la joven, quien cargó durante mucho tiempo con la incomodidad de los prejuicios. Todo cambió cuando, ya adulta, empezó a trabajar ella misma en un invernadero: "Desde que me convertí en agricultora pensé: todo lo que ha tenido que pasar mi madre, sola, trabajando aquí para criarnos a mi hermana y a mí". 

Es esa memoria la que, en parte, explica su empeño por mostrar en redes la realidad silenciosa del campo. No solo por contar su propia historia, sino por reivindicar también a todas esas mujeres como su madre: "Quiero que cuando mis hijas crezcan no se sientan menos válidas que el resto cuando digan en qué trabajo yo".

Ilusión y precariedad: dos caras de la misma moneda

El giro argumental de su vida llegó cuando Samanta se quedó embarazada. Fue entonces cuando decidió apostar por el invernadero, dejando atrás su empleo en un almacén agrícola. Aprovechando unas tierras de la familia de su pareja que habían quedado abandonadas, alquiló 4.000 metros cuadrados a su nombre. Empezó de cero, con la única ayuda de las enseñanzas de su suegra, aquello que recordaba de su infancia junto a su madre y las recomendaciones de vecinos agricultores; toda una autodidacta.

Pronto descubrió que aquella parcela de tierra no daba para vivir todo el año: "Puede que un mes me vaya muy bien y otro muy mal. Yo tengo la suerte de que mi pareja tiene otro trabajo fuera de la agricultura. Eso nos da estabilidad". 

Según la agricultora, el principal reto no es solo el esfuerzo físico que conlleva, sino la inestabilidad económica. Para ilustrarlo, señala a su alrededor, rodeada de matas de calabacín: "El precio de la verdura puede cambiar radicalmente de un día para otro. Ese vaivén hace que sembrar sea una apuesta sin garantías".

"El campo está lleno de prejuicios frente a la mujer"

Samanta es joven, guapa y mujer, tres rasgos que, aunque no debieran, muchas veces juegan en su contra, especialmente en un sector donde el machismo todavía sigue muy arraigado. Constantemente tiene que enfrentarse a comentarios que cuestionan qué hace y cómo lo hace. 

Sin ir más lejos, señala, ha llegado a reunirse con técnicos agrícolas que, al ir acompañada por su marido, han terminado hablando con él en lugar de con ella: "Muchas veces soy yo quien explica el problema que hay en el invernadero, pero el técnico se dirige a mi marido, lo mira a él y le responde a él, como si fuera quien lleva realmente el trabajo".

"A veces hago vídeos en los que aparezco un poco más arreglada, y la gente empieza a cuestionar que trabaje realmente en el invernadero, como si la gente del campo nunca pudiese vestir bien", ejemplifica, para añadir después que comentan su apariencia "por ser mujer", en lugar de centrarse en el contenido del vídeo en sí.

Apoyo de otras mujeres

A través de sus vídeos, en los que cuenta historias cotidianas que le suceden en el invernadero y destapa mitos relacionados con el campo, ha recibido mensajes de mujeres que se han sentido animadas gracias a ella a dar el paso de ponerse al frente de su propia infraestructura. Samanta recuerda, con especial cariño, una mujer mayor que dejó su peluquería para dedicarse a su propio invernadero tras seguir sus publicaciones. 

Hoy, se ha marcado un nuevo objetivo -puesto que si hay algo que motiva a esta almeriense, es probar cosas nuevas-: usar su visibilidad (tiene 25 mil seguidores en Instagram) para dar voz a otras agricultoras: "Yo no quiero que me den una medalla; quiero reconocer a esas mujeres que llevan toda la vida trabajando en el campo", afirma. 

Samanta en su invernadero.

Samanta en su invernadero.La Voz

Ese propósito convive con una rutina exigente: sacar adelante el invernadero, criar a sus dos hijas y grabar contenido para redes. Dice que encuentra tiempo porque disfruta de lo que hace, aunque también subraya que detrás de cada vídeo hay un esfuerzo que rara vez se ve. 

Por eso critica la idea extendida de que el agricultor vive cómodamente o gana dinero con facilidad. "La gente piensa que los agricultores estamos forrados, pero para llegar a tener algo hay que pasar por muchísimo", resume, consciente de que cada logro en el campo suele estar precedido por años de trabajo arduo.

Un sueño por cumplir

A sus 28 años, Samanta tiene claro que el campo ya no es una etapa pasajera, sino el lugar donde quiere construir su vida. Sueña con comprar una finca propia y dejar atrás el alquiler, no solo para ganar estabilidad, sino para dejar a sus hijas algo que puedan sentir como suyo el día de mañana. 

Entre los surcos ha encontrado también algo más difícil de explicar: una calma que no halló en otros trabajos. El silencio del invernadero, la libertad de organizar su tiempo y la sensación de levantar algo con sus propias manos le han descubierto una vocación que nunca imaginó. "Probé la agricultura y me gustó mucho. Me veo jubilándome aquí", concluye, convencida de que su futuro seguirá creciendo bajo el plástico.

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