8M|“Cuando empecé como agricultora pensaban que no sería capaz… diez años después, he callado muchas bocas”
La abderitana lleva más de una década al frente de su propia explotación agrícola tras toda una vida trabajando en un segundo plano en un sector históricamente dominado por hombres

Rosario Milán en uno de sus invernaderos.
Rodeada de sus pimientos california rojos, entre linios, palos y guitas, Rosario Milán Fernández se mueve con la seguridad de quien ha pasado más de 40 años en un invernadero.
Revisa el control biológico, ata lo que se suelta y da instrucciones precisas a sus trabajadores. Durante décadas ha sido una más en el campo. Pero hace diez años dio el paso definitivo y se puso al frente de su finca. Entonces muchos dudaron de que fuera capaz de llevarla adelante. Hoy, su trayectoria la avala y desmonta aquellos prejuicios.
¿Cómo empezaste en la agricultura?
Empecé desde pequeña con mis padres. Tenía 12 años o menos y desde ahí no he parado todavía, con 57 años que tengo. Antes se acostumbraba a ayudar en el negocio familiar cuando veníamos del colegio y los fines de semana. Mi padre nos llevaba a todos a trabajar. No existían jornadas de ocho horas, trabajábamos de sol a sol.
A mi padre le daba igual que fuera niña. Para trabajar todos éramos buenos, allí no había distinciones. Todo el mundo tenía que trabajar; si comíamos, era porque trabajábamos.

Rosario Milán trabajando en uno de sus invernaderos.
Aunque trabajarais por igual, la responsabilidad era cosa de hombres. ¿Por qué?
Porque se suponía que las mujeres no sabíamos. Lo que el hombre dijera, eso se hacía. Las mujeres no sabían de agricultura, de lo que se tenía que hacer y de lo que no se tenía que hacer.
Pero estábamos ahí a la par. Lo único es que no te dejaban aprender porque ellos eran los que mandaban. No te enseñaban, no te explicaban nada: si esto se coge, si esto se arranca, si esto se sulfata, si esto se riega… nada, cero.
¿Qué se plantaba cuando empezaste?
Se plantaba tomate, mucho tomate y pimiento italiano, pero todo en la calle. No había invernaderos cuando yo empecé. Luego ya empezaron a hacerse los invernaderos.

Rosario Milán en uno de sus invernaderos.
Te casas, sigues trabajando… pero no llevabas la explotación. ¿Cómo era esa etapa?
Yo siempre he sido agricultora. Me casé y seguí siendo agricultora, pero no mandaba en la explotación. Opinaba, sí, pero no lo llevaba a cabo. No hacía el riego ni el sulfato, la acción no la hacía.
Con el tiempo empecé a opinar más: si esto se arrancaba, si esto se cogía… pero la gestión no la llevaba yo. Y a la vez seguía siendo ama de casa, tuve hijos y llevé las dos cosas para adelante.
El punto de inflexión llega tras tu separación, cuando te quedas al frente del invernadero. ¿Cómo lo afrontaste?
Me costó trabajo porque en aquel momento lo más importante no lo sabía hacer, no lo había hecho nunca. Nunca me habían dejado llevar esa responsabilidad.

Rosario Milán en uno de sus invernaderos.
Cuando me separé me quedé yo al frente de la finca. Y me decían que cómo se me ocurría, que mejor alquilara la explotación y viviera de eso. Que trabajara en un almacén agrícola a sueldo. ¿Pero porqué iba a trabajar a sueldo si tenía mi propia finca?
No confiaban nada en que yo pudiera sacarlo adelante. Nada. Pensaban que no iba a saber. Hay muchos hombres que empiezan de cero en esto y nadie les dice que lo alquilen y se dediquen a otra cosa. A mí sí me lo dijeron. El primer año me costó trabajo, pero luego ya aprendí y seguí.
¿Cómo eran esas miradas cuando empezaste?
Te miraban y se notaba que pensaban: “¿Y esta qué hace aquí?”. Cuando iba a las alhóndigas, a los almacenes agrícolas o a los semilleros pensaban que ese año estaría, pero que al siguiente no volvería. Me decían qué pintaba una mujer llevando y trayendo un coche lleno de trabajadores hombres, que no iba a estar bien visto.
Cuando iba a comprar guanos era la única mujer. Notaba miradas y cuchicheos. Ahora ya no, ahora soy una más.
¿Alguna vez intentaron engañarte?
No. Yo sabía lo que quería realmente. Llevaba toda la vida en el invernadero. La experiencia es un grado. A mí no me han engañado nunca. No tengo estudios, pero sé lo que hago y lo que quiero poner. Eso lo tenía claro.
También rompiste moldes muy joven sacándote el carné de conducir
Sí. Me criticaron y me decían: “¿Y tú para qué quieres un carné? ¿Una mujer para qué quiere un coche a los 18 años?”. En mi pueblo había muy pocas mujeres con coche. Decían que para qué lo iba a necesitar, si me tenía que llevar mi marido, mi novio o mi padre.
Pero yo me saqué mi carné a los 18 años, llevaba mi coche, iba a mi trabajo y a todos lados con mi coche. Cuando nadie tenía coche. También me criticaban por eso.
¿La maternidad te frenó en algún momento?
No, nada. Tuve ayuda de mis padres y de mis suegros, pero seguí trabajando. Embarazada también trabajaba. Yo porque quería, porque soy una persona activa y prefería estar trabajando a estar en mi casa.
¿Alguna vez pensaste en dejarlo?
No. Eso lo tenía muy claro. Si hubiera hecho caso a lo que me dijeron desde el principio, habría dejado la tierra. Pero yo veía que nadie tenía por qué decirme que no podía. Yo decía que podía y podía.
He tenido muchos sacrificios y muchos calentamientos de cabeza, porque la agricultura los tiene. Pero vivo bien y no me quejo. Y he callado muchas bocas.
¿Has notado un cambio en el papel de la mujer en la agricultura?
Sí, ahora cada vez hay más mujeres agricultoras. Cuando yo empecé había muy pocas. Se han dado cuenta de que pueden hacer este trabajo igual que un hombre.
No solo en el campo, también en la gestión. Antes no había mujeres perito agrónomo y ahora sí. Eso me gusta. A mí me gustaría ver muchas más mujeres en la agricultura y que hubiera igualdad. Que sepan que pueden llevar una explotación exactamente igual.
Se nota que te gusta tu trabajo.
Sí, a mí me gusta. Sé que es muy sacrificado y muy sufrido, más de lo que la gente se imagina. Pero cuando veo un fruto que sale adelante y lo he criado yo y lo he llevado hasta el final de la recolección, disfruto mucho.
Lo más duro es tomar la decisión de arrancar un cultivo para sembrar otro. Pensar qué voy a poner, cuándo, qué clase. El final de campaña y el comienzo del siguiente año es lo peor, porque tienes que decidirlo tú sola. No tengo ganas de jubilarme.
Tus trabajadores te llaman “madre”. ¿Qué significa eso?
Nunca he sentido que no me respetaran por no ser un hombre. Al contrario. Me han respetado mucho. Como mi hijo trabaja conmigo y me llama madre, al final todos mis trabajadores me llaman así. Y eso para mí es un orgullo.
Entonces tu hijo continuará el legado.
Sí, y me encanta. Aunque sea muy sacrificado, veo que es un trabajo muy bonito. Porque el aire libre, el campo, es bonito. Además, comparto experiencias con mi hijo todos los días, trabajamos codo con codo.
Para mí es muy importante ver que todo lo que he aprendido y peleado no se pierde, y que él también quiere seguir cuidando la tierra como yo lo he hecho.