La dictadura del dueño de la pelota
El que tenía el balón tenía el poder; tenía la potestad de escoger, de decir quién jugaba y quién se quedaba mirando

Niños jugando a la pelota en un llano de tierra del barrio de Pescadería. Quizá discutían por ese dios que era siempre el balón.
Cuando los niños vivían en la calle, cuando en los barrios mandaban las pandillas, existía la figura del líder, de aquel que destacaba del resto bien porque era algo mayor que los demás, o por ser el más fuerte o porque era el más listo, el más vivo, el más pillo, el más astuto, el que siempre daba un paso adelante en las peleas, en los desafíos, en las escaramuzas con las niñas.
Frente al líder natural, ese que de verdad tenía madera para ejercer esa condición, aparecía el líder ficticio, el líder oportunista, el líder que no tenía más cualidades que ser el dueño de la pelota. El que tenía el balón tenía el poder, la potestad de mandar en el grupo, de decir quién jugaba y quién se quedaba mirando. El dueño de la pelota ejercía una pequeña dictadura y a veces disfrutaba de la tiranía de vengarse de un enemigo diciendo: “Si éste juega me llevo la pelota”. El dueño del balón era el que imponía las leyes y los demás tenían que pasar por el aro, acatar sus ocurrencias y aceptar sus manías porque si se enfadaba, agarraba la pelota, fruncía el ceño y se marchaba a su casa dejando colgados a todos. Una de las grandes frustraciones de mi infancia era dejar a medio empezar un partido de fútbol; nada me dejaba tan impotente, tan vacío, tan desarmado, que cuando estabas entrando en faena, cuando ya tenías todas las emociones a flor de piel, apareciera el cabreo del dueño de la pelota y dijera: “Aquí os quedáis”.
Solía ocurrir que el dueño de la pelota, en su condición de intocable, se enfadaba por cualquier detalle. Bastaba que le dieran una patada de refilón o que le anularan un gol para que nos amargara la vida a todos. A veces no teníamos otro camino que aceptar sus caprichos y postrarnos ante sus excentricidades porque estábamos en sus manos.
Esa condición de rey por un rato alcanzaba cotas divinas si en vez de una pelota de plástico era el dueño de un balón de reglamento. Le llamábamos de reglamento a los balones de cuero, a los que parecían de verdad, a los que estaban cosidos con cuerda y tenían una válvula para darle aire. Entonces utilizábamos una expresión muy corriente que decía “hay que darle viento a la pelota” y nos íbamos a los talleres de bicicletas o a la gasolinera de Trino para que nos dejaran el bombín profesional para inflar el globo que el balón encerraba en su mágico vientre.
El balón de reglamento se mimaba como si fuera un recién nacido y cuando de tanto usarlo se iba abriendo por las costuras, comprábamos grasa de caballo para curarle las heridas y que pudiera seguir haciendo realidad nuestros inocentes sueños de futbolistas.
Adorábamos la pelota. No había una forma más simple de felicidad que darle una pelota a un niño y soltarlo en medio de la calle. Idolatrábamos la pelota y nos acompañaba como si formara parte de nuestro cuerpo. Por eso no había una desdicha mayor para un niño que perder la pelota, que se te embarcara en un terrao o que te la quitaran los temidos municipales que siempre estaban al acecho. Pasaban con la moto y se tiraban como leones sobre la indefensa pelota, llevándose el botín a las mazmorras del ayuntamiento, a esa habitación donde se iban acumulando como presos los balones callejeros. Detrás de cada una de aquellas pelotas cautivas estaban las desconsoladas lágrimas de un niño. Cuando nos quitaban la pelota nos invadía una sensación de vacío y de orfandad, como si nos hubieran abierto por dentro para quitarnos un órgano. No conocimos mayor injusticia entonces que aquel acto inhumano de rajar una pelota.
Cuando el guardia municipal nos quitaba la pelota sufríamos una doble condena: el quedarnos sin ella y la reprimenda que recibíamos después en nuestra casa, cuando tu madre te soltaba aquella pregunta fatídica: ¿Es que tú no tienes otro oficio que jugar al fútbol?, y terminaba diciendo: “Aquí no entra más una pelota”. En ese momento te sentías el niño más desgraciado del mundo.