La obra maestra del Gobernador
La creación de la Biblioteca Villaespesa fue una revolución que renovó el movimiento cultural de la ciudad en 1947

Jesús de Perceval impuso al Gobernador civil el Indalo de oro con motivo de la inauguración de la Biblioteca Villaespesa el 18 de mayo de 1947.
El 18 de mayo de 1947, el líder del Movimiento Indaliano, Jesús de Perceval, condecoró al Gobernador Urbina Carrera con el Indalo de oro. Él mismo lo colocó en la solapa la figura antes de que ambos se fundieran en un abrazo, un gesto de afecto que no llegaría a hacerse eterno, ya que con el paso de los meses la relación entre el artista y su Excelentísimo no solo se fue enfriando, sino que fue cayendo en el pozo de las discrepancias y acabó rozando la enemistad.
Aquel día de la primavera de 1947 fue uno de los más grandes para Manuel Urbina Carrera, la figura sobre la que recayó el logro de que Almería tuviera una biblioteca pública con catorce mil volúmenes y unas instalaciones que como dijo el propio Gobernador civil el día de la inauguración, actuarían como movimiento renovador de la cultura almeriense, que en aquellos años, como le ocurría a la propia sociedad, arrastraba las duras heridas de la guerra. El estreno de la biblioteca sirvió para que Urbina Carrera se convirtiera en la máxima figura de la ciudad y en un paladín de la cultura, eso sí, en nombre de Dios, el Caudillo y la Patria.
A ojos de todos, él fue no solo el promotor del nuevo centro, sino el artífice principal, el que viajó a Madrid aguantando las insoportables horas de tren para conseguir el dinero necesario y los fondos bibliográficos imprescindibles para que la olvidada ciudad de Almería tuviera una biblioteca que entonces fue considerada de lujo, en el mismo centro de la ciudad.
Además de la sala de lectura, el local disponía de una sala de exposiciones y un salón de conferencias y conciertos, utilizados por los intelectuales de la época. Algunos, como Celia Viñas, estuvieron muy comprometidos con la Biblioteca Villaespesa desde antes de su creación y el mismo día de su inauguración, publicó un texto que decía: “Cuando hoy, 18 de mayo, el estudiante, el obrero, la mujer, el niño, el hombre académico, suban al Paseo, el nombre de un poeta familiar los llamará con asociación musical de líquidas fontecinas alpujarreñas “Biblioteca Francisco Villaespesa”, y la hora del juego, del descanso, del paseo, podrá remansar en el silencio del libro...”. El nombre de Celia Viñas estuvo vinculado en este proyecto al de Hipólito Escolar Sobrino, primer director que tuvo el centro, con el que colaboró mano a mano en la programación de actividades.
La biblioteca Villaespesa llegó con fuerza y se metió de lleno en el corazón de los almerienses. Durante más de treinta años fue un lugar de referencia para los lectores, aunque solo fueran los lectores mañaneros de la prensa diaria que acudían allí para poder repasar las noticias sin tener que pasar por el kiosco.
A muchos, aquella vieja biblioteca nos dejó su olor impregnado en el alma para siempre. Diría, incluso, que fue primero un olor antes que una biblioteca, que uno entró allí por primera vez atraído por ese perfume a libro viejo y a bolas de naftalina que se derramaba por las estanterías e inundaba la acera del Paseo. Ocupaba una casa burguesa de dos pisos unos metros más abajo del edificio del Hotel Simón, que después se convirtió en el de Simago.
Nada más entrar, aparecían los armarios acristalados donde estaban encerrados grandes volúmenes apolillados por el tiempo; arriba, al subir las escaleras, te encontrabas con la ventanilla oficial donde se pedían las obras y en medio la puerta de la sala de lectura, con sus pupitres de madera que llevaban incorporado un brazo de luz y un timbre que nunca funcionaba.
La biblioteca tenía sus inquilinos según la hora del día: los mañaneros eran lectores de prensa, casi siempre jubilados o gente desocupada; por las tardes iban muchos estudiantes a preparar algún examen huyendo de la soledad de sus habitaciones. Teníamos la extraña sensación de que estudiar en la biblioteca era menos penoso que hacerlo en tu dormitorio, quizá porque allí podíamos compartir la tortura de las lecciones de memoria con los compañeros de clase y ya se sabe que las penas compartidas siempre resultan más llevaderas, más fáciles de digerir.