Almería y sus benditas carreteras
En marzo de 1965 se inauguró la señalización moderna de las maltrechas carreteras de la capital y la provincia

En 1965, en el cruce de la Carretera de Ronda con la de Cabo de Gata se colocaron varias señales para orientar a los conductores.
Nos colamos en la década de los sesenta con un problema nuevo que amenazaba con crear conflictos más serios en la ciudad: el aumento vertiginoso del tráfico. En unos años pasamos de los coches de caballos, de los carros y de las bicicletas a la irrupción masiva de las motos y de los automóviles que pusieron en jaque la prehistórica infraestructura vial de la capital y también la de las carreteras de la provincia.
Hasta entonces íbamos tirando con los guardias de circulación, que eran municipales que se ponían al día haciendo un cursillo, y que el ayuntamiento colocaba en sitios estratégicos a las horas más conflictivas. Había un guardia dirigiendo el tráfico en el Paseo cuando se podía circular en dos direcciones; otro en la Puerta de Purchena para que no se formaran atascos ni batallas cuando desembocaban allí los coches que venían de la Carretera de Granada de Obispo Orberá y del Paseo, además de los agentes que hacían los servicios en el puente de las Almadrabillas en el cruce con la Carretera de Ronda, en la rotonda de la estación del ferrocarril y en las inmediaciones del sanatorio de 18 de Julio, donde eran frecuentes los atascos.
Fue en 1965 cuando las autoridades decidieron que había que mejorar también la señalización de cruces y carreteras y colocar letreros de orientación para que los viajeros supieran el camino que tenían que seguir cuando pasaban por Almería con destino a Málaga, Murcia y Granada. Los almerienses acabamos aprendiéndonos los kilómetros exactos que nos separaban de las capitales vecinas de tanto leerlos en aquellas señales de orientación que tanta falta hacían. Además, había que parecer modernos y mostrarles a los turistas que empezaban a visitarnos o que pasaban de largo, que en esta tierra estábamos bien organizados, que teníamos carreteras infames, pero bien señalizadas.
Antes de que llegara la primavera de aquel año de 1965, Almería ya presumía de que se habían señalizado con letreros modernos las curvas peligrosas, los badenes más pronunciados, los cambios de rasantes, las zonas limitadas de velocidad, la orientación y situación de los pueblos, los ríos y las vías del ferrocarril para fortalecer la seguridad y el orden del tráfico que no paraba de crecer.
Lo que no mejoraba con tanta rapidez era el estado de las carreteras. Para recorrer los poco más de 180 kilómetros que nos separaban de Málaga había que emplear casi cinco horas de viaje debido a las peligrosas curvas que sembraban el trayecto bordeando las costas. La carretera de Murcia era más recta y más amable, pero también se hacía eterna por los límites de velocidad y la peligrosidad de algunos tramos.
La ciudad más cercana era Granada y también la que más visitábamos los almerienses, sobre todo las familias que tenían un hijo estudiando en la universidad. El trayecto más corto era por el Ricaveral. Era el camino más directo, pero en muchos tramos representaba una tortura debido a los 15 kilómetros de carretera infernal, con innumerables vueltas y revueltas que convertían el coche en un barco en manos de las olas en un día de temporal. Para muchos de nosotros, el Ricaveral vino a ser el fantasma de nuestra infancia, un temor que nos metía el miedo en el cuerpo nada más escuchar su nombre, o cuando estando a punto de entrar en sus curvas nuestros padres nos advertían: “que vamos a llegar al Ricaveral’.
Llegábamos a la temida carretera con la excitación del viaje metida en el estómago, y salíamos de ella con el desayuno en la boca. Las farmacias de entonces hicieron un buen negocio con las pastillas de Biodramina y Bellergal, que eran imprescindibles para cruzar aquel pasaje infernal.
En 1967 trataron de humanizar aquel tramo que parecía sacado de una pesadilla y plantaron pinos por las laderas y los llanos, pero la repoblación forestal, que fue un éxito, no suavizó ni una sola de las curvas y el Ricaveral siguió siendo tan angustioso aunque con mejores vistas.