La Voz de Almeria

Tal como éramos

1967, año de elecciones y revoluciones

Tuvimos votaciones sin democracia, edificios modernos en el Paseo y once rodajes en nuestros platós

Un grupo de colaboradores de Antonio González Vizcaíno pidiendo el voto para su candidato en el Paseo de Almería en octubre de 1967. Eran las elecciones a Procuradores por representación familiar.

Un grupo de colaboradores de Antonio González Vizcaíno pidiendo el voto para su candidato en el Paseo de Almería en octubre de 1967. Eran las elecciones a Procuradores por representación familiar.La Voz

Eduardo de Vicente
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Los almerienses fueron a votar, tuvieron un contacto tímido con las urnas en aquel otoño de 1967 cuando aún no había llegado la democracia pero ya empezaba a palparse en la sociedad: en los sueños de cambio de los estudiantes que estaban fuera, en esa nueva juventud que ya no se emocionaba con los desfiles militares que olían a una guerra lejana y empezaban a aburrirse con los sermones de la misa dominical y sus fuegos eternos.

En octubre de 1967 los almerienses fueron a votar en las elecciones a Procuradores en Cortes por representación familiar. Como el asunto no había despertado gran interés, las votaciones se realizaron en un día de diario, uno de esos martes que pasan desapercibidos en el calendario. En los días previos se pusieron carteles en las calles con los nombres de los candidatos y por el Paseo se organizaron pasacalles con pancartas pidiendo el voto del ciudadano. Aquellas elecciones descafeinadas no dieron ni para alimentar los comentarios de las tertulias de los cafés en una Almería que empezaba a transformarse a marchas forzadas en lo bueno y en lo malo.

En el año 67 pensábamos todavía que podíamos ser el Hollywood de Europa porque todos los meses llegaba alguna película buscando nuestros platós naturales. Aquel año se rodaron en Almería un telefilme alemán titulado ‘Arenas en el cielo’ y las películas ‘Cabezas quemadas’, ‘El gato, el perro y el zorro’, ‘Bastardo’, ‘Días de ira’, ‘Avec Avec’, ‘Gwargi’, ‘El Navarro’, ‘Family álbum’, ‘Sentencia de muerte’ y ‘Un hombre y un revólver’.

Aquella Almería era una ciudad que crecía. En 1967 alcanzamos los cien mil habitantes que nos permitían decir que ya habíamos dejado de ser un pueblo. Era una Almería fronteriza entre dos mundos que se cruzaban: la vieja población de casas bajas y azoteas soleadas, y la nueva urbe que mostraba sus garras levantando edificios entre el pasado y las zonas de ensanche que se abrían al otro lado de la Rambla. Junto a un caserón del siglo diecinueve aparecía de pronto el armazón de un piso de nueve plantas que rompía la historia y la armonía de una plaza del centro. Junto a los terrenos todavía fértiles de la vega, crecían las urbanizaciones del futuro sin ninguna identidad, sin ningún detalle que respetara el entorno, paridas con la única finalidad del beneficio económico de sus promotores.

Aquella Almería mostraba como nunca su decadencia irremediable. Quería ser moderna olvidando su pasado, que sobrevivía a duras penas en medio de los tiempos modernos que amenazaban con llevárselo por delante en el nombre del progreso. En 1967 se cargaron el Paseo construyendo los edificios de Simago y de Marín Rosa y para colmo de males nos quedamos durante una temporada sin el agua del cañillo de la Puerta de Purchena, que por culpa de la sequía dejó de destilar el líquido elemento que aliviaba la sed de todo el que nos visitaba.

El 67 fue el año cumbre de las benditas minifaldas. En marzo se organizó un desfile de modelos en el Hotel Aguadulce donde ya se dio el primer paso hacia la moda que estaba a punto de imponerse. En la crónica del desfile se decía que: “No podían faltar las faldas cortas, aunque no llegaban a ser minifaldas”.

Una semana después llegaba al Teatro Cervantes el espectáculo ‘Cante, ritmo y minifaldas’, del artista Paquito Jerez. Para atraer la atención de la gente, un coche con megafonía recorría las calles de Almería anunciando que “el espectáculo se completa con el vistoso ballet ‘las Minifaldas’, formado por un coro de bellas bailarinas”.

Fue el año del Bello Rincón, de los bailes en el Club Náutico, del primer proyecto para la colocación de semáforos y el de los grandes hoteles. En 1967 estaban en proyecto cuatro hoteles en la ciudad, aunque solo culminaron dos: el Gran Hotel, frente al Parque, y el Hairán en la Avenida de Cabo de Gata. El hotel Mira Mar se quedó en el edificio de Trino que conocimos y el hotel Alcazaba acabó convirtiéndose en la residencia de ancianos en el camino de la Térmica. Las que si cuajaron aquel año fueron las urbanizaciones de La Parra y Castell del Rey, en los cerros de la carretera del Cañarete, que entonces empezaba a ponerse de moda.

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