La Voz de Almeria

Tal como éramos

El estupendo desbarajuste de la faena

A comienzos del siglo pasado el caos reinaba en el puerto en los días fuertes de embarques

Las barcazas cargaban los barriles de uvas y los transportaban a los buques que esperaban a pocos metros del muelle.

Las barcazas cargaban los barriles de uvas y los transportaban a los buques que esperaban a pocos metros del muelle.Alejandro Buendía

Eduardo de Vicente
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Septiembre no solo traía las primeras noticias del otoño cuando de verdad existían las estaciones, sino que en su afán de mudanza transformaba de forma radical la vida de la ciudad con el inicio de la faena de embarque de la uva.

Septiembre trasladaba el corazón de Almería y de su provincia al puerto y a sus alrededores. De pronto, una nueva ciudad se instalaba al sur, una ciudad que madrugaba y apenas dormía, una ciudad que miraba al cielo rezando para que no vinieran las temidas tormentas que siempre eran una amenaza cuando acababa el verano.

Las lluvias fuertes eran el enemigo público número uno de la faena. Interrumpían los trabajos de carga, que a comienzos del siglo veinte todavía se hacían mediante el empleo de barcazas que desde el muelle llevaban la mercancía hasta el costado de los buques. Además, los aguaceros afectaban negativamente a los barriles de madera que estaban fuera de la protección de los tinglados. En el año 1912 la exportación cayó en casi quinientos mil barriles por culpa de las lluvias que llegaron en el mes de octubre. Se habló entonces de la necesidad, urgente, de contar con amplios depósitos dotados de cámaras frigoríficas para almacenar los barriles hasta el momento de su embarque y evitar que por las inclemencias del tiempo el género se viera perjudicado y afectara al volumen de negocio.

Llegaba el mes de septiembre y el puerto estallaba. Desde los pueblos uveros no cesaban de llegar los carros que hacían el camino de madrugada, antes de que amaneciera para estar a primera hora descargando. La faena daba trabajo a los obreros en paro y hasta llegaban jornaleros de otras provincias con la intención de ganar en tres meses lo suficiente para vivir todo el año. Para conseguirlo, eran muchos los que soportaban jornadas de quince horas de trabajo saltándose las recomendaciones de la propia asociación de cosecheros y de los cargadores. La faena de la uva le daba trabajo hasta los mendigos. A finales de agosto, para los últimos días de feria y la procesión de la Virgen del Mar, se dejaban caer una auténtica legión de pedigüeños que llegaba de los pueblos cercanos en busca de la generosidad del prójimo y sobre todo, del dinero de los extranjeros que venían en los buques.

Desde comienzos del siglo pasado, la Asociación de Cosecheros de Frutas de Almería tenía la obligación de controlar los trabajos en el puerto. Los embarques se hacían por orden: primero el vapor que ofreciera fletes más baratos y en igualdad de condiciones tenía ventaja el primero que hubiera llegado al puerto.

Las barcazas que eran las encargadas de llevar los barriles hasta los buques que esperaban anclados a más profundidad, estaban obligadas a pasar un reconocimiento por parte de un maestro calafate que nombraba el sindicato frutero. En el caso de que en el momento del embarque en el buque faltara algún barril, el exportador tenía que pagar una indemnización de cinco duros por cada barril de los que iban a América y dieciocho pesetas a Inglaterra.

Septiembre transformaba la vida del puerto de tal forma que durante tres meses reinaba en la ciudad un espantoso desbarajuste, derivado de lo que entonces llamaban “la estupenda desorganización de los embarques”. Había años en los que el fruto se adelantaba y los cosecheros llegaban antes de lo previsto al puerto con el género, llenando los tinglados de grandes remesas de barriles, lo que obligaba a los consignatarios a tener que traer vapores de prisa y corriendo.

Los buenos tiempos de la faena se vieron frenados por culpa del estallido de la Primera Guerra Mundial, un contratiempo que mermó sensiblemente el negocio. En 1916, un año de gran cosecha, se cerraron los mercados alemanes que consumían un 20% del total de la producción.

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