La familia del bar La Barraquilla
La familia Tebar convirtió una barraca de marineros en un bar que marcó una época

La familia Tebar convirtió La Barraquilla en un bar de referencia en la ciudad.
Desde la terraza olías el mar. El perfume del pescado que llegaba en las barcas desde al puerto pesquero se mezclaba con el del marisco que salía de la cocina de la Barraquilla, llenando de aromas los alrededores. Los coches que iban y venían por la Nacional 340 con las ventanillas bajadas se impregnaban de aquel olor inconfundible que les daba la bienvenida a Almería. El tráfico y la carretera acabaron siendo uno de los enemigos de aquel negocio que vivió años de gloria cuando circulaban cuatro coches hacia Aguadulce y que tuvo que sufrir después la pesadilla de la circulación y las reformas del puerto.
La Barraquilla era un bar distinto, incomparable, un escenario lleno de contrastes, un lugar que iba mudando de voces, de edades, de ambiente, según la hora del día, según el día de la semana. En esa continua mutación nunca perdía su esencia de rincón acogedor que se adaptaba a todo tipo de público, gracias a la calidad de sus tapas y al servicio familiar que prestaban los camareros.
Poco importaba el aspecto austero y antiguo de la barraca, ni que durante muchos años las sillas fueran de hierro, tan incómodas como las que había en las terrazas de los cines, y que las mesas se tambalearan por las irregularidades del suelo; la gente no buscaba comodidades, sino la magia de aquel lugar frente al puerto pesquero y la carretera del Cañarete donde servían el mejor chanquete y los caracoles más sabrosos de Almería. De madrugada, la Barraquilla era el refugio de los pescadores y de los obreros de los astilleros, que a las cinco de la mañana paraban a desayunar. Mientras que el resto de los barrios dormía, allí se desperezaba la otra ciudad, la de los marineros y los trabajadores del puerto, entre tazas de café, olor a tabaco y copas de coñac y anís.
En las tardes de verano era una aventura encontrar una mesa libre, por lo que había que irse temprano para poder sentarse. El ambiente iba cambiando con la caída del sol; entonces llegaba el momento de las pandillas de jóvenes y de los turistas, que en los años sesenta y setenta llegaban preguntando por la Barraquilla con el nombre escrito en un papel, con la expectación del que va a conocer un monumento.
Los domingos eran intensos y la Barraquilla se llenaba de familias y de soldados que bajaban del campamento buscando las raciones. Para coger una mesa había que pasar por la mañana por la barra del bar y hacer la reserva. Cómo disfrutaban los reclutas y como perdían la marcialidad cuando se ponían a pelar las gambas mientras se contaban sus aventuras. Después de una semana de rancho en el campamento, sentarse en la terraza de la Barraquilla y dejarse media paga en tapas y cerveza era un lujo que les hacía la mili más agradable.
La hora de cierre dependía del cliente: mientras que en las mesas hubiera gente dispuesta a seguir consumiendo el bar permanecía abierto. Era un escenario tan cosmopolita que lo mismo recibía a una familia que había venido de un pueblo cercano que a grandes estrellas del séptimo arte. En los años de los rodajes de las películas la Barraquilla recibió a actores como Sean Connery, Anthony Quinn o Brigitte Bardot. Cuando llegaban los artistas solían reservar todas las mesas y la juerga se prolongaba hasta la madrugada mientras que hubiera pescado y quedara un palmo de cerveza en el barril.
Los años del cine coincidieron con los de mayor apogeo del negocio. La Barraquilla, que empezó siendo una humilde parada de pescadores mañaneros especializada en chatos de vino de Alboloduy, creció en los años cincuenta cuando la familia Tebar se hizo cargo del establecimiento y lo abrió a toda la ciudad. Al frente estaba Antonio Tebar Pérez y su esposa Carmen Jiménez Segura, que se dejaron media vida en el negocio. A su lado contaron con grandes profesionales como Antonio Rubio y Juan Marín que no solo formaban parte del bar, sino que eran una parte más de la familia.
Los años sesenta fueron gloriosos. Llegaban más turistas y el poder adquisitivo de los almerienses fue subiendo gracias al auge de esa clase media que los domingos se permitía el lujo de coger el coche y almorzar en un bar de las afueras. En aquella época La Barraquilla triunfó con la moda de los caracoles en salsa y con el chanquete, que daba el mejor sabor si se conservaba congelado en bolsas pequeñas.
El negocio vivió días felices hasta que a finales de los años setenta empezó a decaer cuando la Junta de Obras del Puerto le comunicó a los dueños que la vieja barraca era un estorbo porque había que ejecutar un ambicioso plan de ampliación del puerto. Hubo un intento de salvar la Barraquilla, ubicándola en otro lugar, junto a la carretera que iba a Aguadulce, pero no volvió a tener el encanto del antiguo establecimiento, como si toda la magia que la envolvía se hubiera desvanecido con el cambio.