El pintoresco Sidecar de los municipales
Aquellos vehículos, más lentos de movimientos, hacían más vulnerables a los polis

El Sidecar de la policía municipal bajando por la calle de la Alcazaba a finales de los años 60, cuando el pavimento era de tierra y la ciudad era mucho más pobre. Año 1968.
Cuando la policía municipal atravesaba las calles con la moto Sidecar los agentes nos parecían más vulnerables. Teníamos la impresión de que montados en aquellos vehículos con acompañante adosado iban de paseo y que no se fijarían en nosotros, insoportables niños que como siempre estábamos dándole pelotazos a diestro y siniestro como si fuéramos los dueños de las calles.
A veces, el Sidecar que conducía el municipal llevaba como agregado a un pez gordo, a un policía con graduación superior a un concejal que decidía darse una vuelta para ver cómo estaba el barrio. Allí iba el vehículo, a paso lento, conducido por aquel poli que con casco blanco y polainas parecía estar preparado para esa guerra diaria que se dirimía en los callejones y plazas de la ciudad.
Los municipales con Sidecar nos gustaban mucho más que aquellos que aparecían por sorpresa conduciendo las motos Ducati, imponiendo la autoridad por las esquinas.
Los niños, cuando escuchaban a lo lejos el ruido de las motos, echábamos a correr para que no nos quitaran la pelota. Para nuestros ojos infantiles, nos parecían tipos duros que obedecían órdenes estrictas y no permitían que la chiquillería pudiera estropear las calles a balonazos. Aquellos polis eran también la pesadilla de los lecheros. Iban con unos termómetros llamados ‘pesaleches’ con los que medían la cantidad de agua que había disuelta en la leche. Cuando descubrían el fraude le decomisaban el producto y los conducían al cuartelillo para imponerles la multa establecida. Cuando un lechero veía aparecer a un municipal era como si se encontrara delante con el mismo demonio. Uno de los servicios más temidos por los policías de entonces era cuando tenían que subir por las cuestas de los cerros de La Chanca.
En la zona de las canteras los gitanos organizaban frecuentes partidas de cartas en las que se apostaban importantes cantidades de dinero, lo que estaba totalmente prohibido. Cuando aparecían los municipales, los jugadores volaban como pájaros hasta perderse por los cerros. Otra ingrata labor para los guardias era la de ir por las calles buscando a las mujeres que echaban agua sucia en las puertas de las casas. A la que se cogían infraganti se le imponía una multa que causaba la indignación de todo el barrio, que salía a protestar contra la policía. Dicen que el famoso ‘Tuerto’, uno de los municipales más célebres de la época, que hizo carrera por su fama de duro, llegó hasta tal punto que un día multó a su propia mujer por tirar un cubo de agua a la calle.
Los policías municipales estaban presentes a todas horas en nuestros sueños y en la realidad de las calles. Alguno, como el célebre Cañaero, llegó a convertirse en una pesadilla por su fama de duro. El Cañaero no era un policía más. El Cañaero era ‘el policía’. En él se acumulaban los adjetivos más temibles con los que se podía calificar a un agente de la ley: riguroso, serio, firme, implacable, astuto, rápido. Era, sin duda, el más duro del condado, con el que nos echábamos a temblar sin necesidad de tenerlo delante. Bastaba que uno de nosotros pronunciara su apodo: “El cañaero” o que a lo lejos escucháramos el ruido del motor de su Ducati, para que echáramos a correr asustados como si nos persiguiera el mismo demonio.
Impresionaba verlo subido en la moto, alto como un árbol, recio como un boxeador americano, con aquellos pantalones metidos por las botas que nos recordaban a los vaqueros más duros de las películas del Oeste, debajo de aquel casco redondo con gafas de sol que le daba un aspecto de ciudadano de otro planeta.
Cuando más descuidados estábamos, dando pelotazos a las fachadas y haciendo inútiles los intentos de siesta de los vecinos, aparecía el Cañaero para imponer la ley sin contemplaciones.