El inmortal soneto 'Almería' que escribió un inglés en el Hotel Simón
En 1929 se escapó el autor de Un mundo feliz de un congreso en Barcelona y condujo en su automóvil hasta el sur, hasta la luz meridional;

Fotografía de Aldous Huxley en su madurez, cuando residía en Los Angeles, que le envió al profesor almeriense Arturo Medina en 1957.
Aldous Huxley, el ensayista que primero imaginó el futuro en Un mundo feliz mediante la distopía tecnológica, emprendió tres años antes un viaje al pasado. Llegó el escritor, con 35 años, en octubre de 1929, a una ciudad desnuda llamada Almería con una sequedad bíblica y lacerada por una pobreza que no mendigaba compasión sino distancia; llegó el narrador británico por la carretera polvorienta de Murcia en un automóvil que conducía su esposa María Niys; llegaron esos exóticos viajeros y se hospedaron por tres noches en el Hotel Simón de Rodolfo Lussnigg; llegó el intelectual inglés, con sus lentes y su vista maltrecha por una enfermedad infantil, con su sombrero de paño y alquiló una habitación con vistas al Paseo del Príncipe. Y allí, en el escritorio de ese cuarto, con las ventanas adornadas por geranios, uno se imagina a Aldous componiendo en el silencio de la madrugada su célebre soneto ‘Almería’; como otros de sus paisanos también compusieron cuartillas literaria en esta tierra: mientras Huxley, hablaba en ese poema de la luz cegadora, nueve años antes, Gerald Brenan escribía en el desaparecido Café Viena -en el Paseo, donde hoy está Roberto Verino- de los prostíbulos de Las Perchas, y Lennon, décadas después, en el Delfín Verde o en el Cortijo Romero, de oníricos campos de fresas.
El autor inglés había llegado a España en un viaje promovido en principio para asistir en Barcelona a una Asamblea de Cooperadores Internacionales en la que se aburría como un hongo y decidió escaparse en cuanto pudo. Agarró el volante con su mujer e inició un periplo hacia el sur pasando por Valencia, Alicante, Murcia hasta llegar a la aridez de Tabernas y embocar a Almeria por Los Callejones, “una ciudad famosa por sus uvas, increíblemente yerma pero con el mejor clima invernal de Europa”, escribió Huxley a su padre unos meses más tarde, desde el sur de Francia.
El novelista llegó a esa Almería antigua como quien se asoma a un espejo, sin saber si verá un rostro o una grieta, descendiendo a una tierra que parecía más pensada por el sol que por los hombres y Almería no lo recibió, solo lo dejó pasar. Huxley debió observar, con su mirada de anatomista, las calles desnudas, los rostros curtidos de los almerienses, las bestias lentas que parecían compartir con los hombres un mismo cansancio mineral en un paisaje sin decorados donde solo brillaban los huesos. El sol implacable no invitaba a la reflexión, sino ala rendición. Toda Almería debió parecerle reducido a lo esencial: la sed, la sombra, la supervivencia.
Caminaba y debió sentir que cada paso lo alejaba no de Inglaterra, sino de cualquier idea confortable de Europa. Aquello no era exotismo; era otra cosa: una especie de verdad sin ornamentos.
Huxley anotaba por las noches, en el cuarto del hotel, lo que veía por el día, pero sus palabras parecían llegar tarde siempre. Observó a los almerienses con una mezcla de fascinación y desconcierto. No había, en su mayoría, la prisa de las ciudades modernas, ni la impostura de los centros culturales. Vivían, simplemente, debió pensar, como si cada gesto -beber agua, buscar sombra, esperar la tarde- fuese una afirmación esencial de la vida. Quizá, por eso, Almería no le gustó. O quizá le gustó demasiado, pero de una manera incómoda, como gustan las verdades que preferiría no reconocer.
Cuando se marchó, no dejó nada. Almería tampoco se quedó con él. Fue un cruce breve, casi accidental, entre un hombre y un territorio que no se dejó poseer. Pero en sus notas en el Hotel Simón, esas que alimentaron su visión de Almería y que le sirvieron para escribir el poema de 14 versos que se publicó dos años más tarde de su viaje, quedó la huella de un desconcierto fértil.
La primera noticia del soneto ‘Almería’ del autor británico llegó a Almería en 1954 a través del profesor Arturo Medina, ya viudo de Celia Viñas, que lo descubrió a través de su amigo Antonio Serrano, por esas fechas estudiante en Oxford. Medina tradujo de inmediato esos ripios que hablaban de Almería, de “su luz destemplada, de sus flor torturada, de cansadas raíces, de una tierra que por amante tiene la luz y el polvo como hijo de la arcilla, fecundado por el fuego de los cielos”.
Meses antes, de la primera publicación en español del soneto ‘Almería’, Arturo Medina intentó contactar con el autor y lo consiguió. A través del Club de Londres al que pertenecía, Medina obtuvo la dirección de Huxley en Los Angeles (EEUU) y le envió una carta en febrero de 1957 felicitándolo por sus impresiones de Almería, que el escritor contestó un mes después dándo las gracias al almeriense por interesarse por su obra y evocando los días almerienses como de “terribles vientos y sol abrasador...espero alguna vez volver a visitar Almería y si lo hago llamaré a su puerta y charlaremos extensamente de esa tierra suya de viento y fuego”. Pero Aldous nunca regresó a Almería, nunca pudo cumplir la promesa que le hizo al viudo de la señorita Celia. Su ceguera se acentuaba, a la par que luchaba bravamente para que su ingente obra no se diluyese inconclusa. Falleció con 69 años, de cáncer de lengua, casi ciego, en la paz de su casa de California, en 1963, el mismo día que mataron a Kennedy en Texas.
Unos años antes, tuvo la desgracia de que ardiera su enorme biblioteca, sus objetos personales, su archivo, todos los originales de sus más de 30 libros, y, quizá, aquellas rudimentarias cuartillas empapadas con el rocío de la madrugada almeriense, en las que Huxley plasmaba toda su alucinación por Almería, aquella ciudad sureña, de emigrantes y pequeños burgueses, de señores de la uva y de las minas, de menestrales y carreros; esa ciudad en la que se alcanzó la conjunción perfecta entre un observador sediento de claridad y un paisaje que no ofrecía nada más que luz.
Hoy Almería recuerda a ese autor inglés no tanto por su universal Un mundo feliz que todos leímos en el Bachillerato, sino por ser el primer viajero que supo ver en la aridez de Almería, “una tierra afortunada”; hoy Almería recuerda al cegato Huxley en una placa grabada en la Universidad.