La Voz de Almeria

Tal como éramos

Los que sobrevivían de las sobras

Había pobres que hurgaban entre las sobras buscando la recompensa de la ropa vieja

Una mujer buscando algo de valor entre la ropa vieja y la basura en una cuesta de los cerros de La Chanca.

Una mujer buscando algo de valor entre la ropa vieja y la basura en una cuesta de los cerros de La Chanca.Foto Perceval

Eduardo de Vicente
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La posguerra dejó un reguero de pobreza que estuvo vigente en las calles de la ciudad durante décadas. Los niños de los años setenta conocimos a muchos de aquellos pobres de verdad, de los que no tenían a mano ningún paraguas social que les librara del hambre.

Sobrevivían de la miseria, de las sobras de las familias de la clase media que iban mendigando de puerta en puerta: un trozo de pan duro, los restos de la olla de potaje que habían sobrado del almuerzo, el poso de la lata de leche condensada que rebañaban con el pan.

En mi casa, cuando llegaba el día de San Miguel, que era el santo de mi padre, y la familia nos enviaba tartas y pasteles, todo lo que sobraba mi madre lo iba guardando en una caja de cartón para dárselo a los pobres. Entonces, al menos en mi entorno, se mantenía la costumbre de no tirar nada y mucho menos la comida, y menos aún el pan, que era tan sagrado que si alguna vez nos sobraba algo del bocadillo mientras jugábamos en la calle y lo tirábamos, antes solíamos darle un beso porque estábamos convencidos de que el pan era un regalo del Señor.

Mi padre tampoco tiraba la fruta y la verdura que se iba marchitando y ya no se vendía. La iba acumulando en una caja de madera por si pasaba algún pobre pidiendo. En aquel tiempo los pobres no pedían dinero porque a casi nadie le sobraba, se conformaban con la comida vieja y con la ropa que se iba pasando de moda o se quedaba pequeña arrinconada en un baúl.

Había pobres que hurgaban en los vertederos rebuscando entre la inmundicia. Había pobres que iban a diario al Mercado Central y a la Plaza del Pescado para llevarse los restos del género que no se podía vender. Había pobres de iglesia, que se colocaban en las puertas de los templos los domingos a la hora de misa para aprovechar la salida, cuando los fieles se marchaban henchidos de espiritualidad. Había pobres que tenían su propia clientela y una vez a la semana aparecían por los barrios con la certeza de encontrarse con una vecina generosa. Había pobres mutilados que exhibían su desgracia para despertar la ternura del prójimo. Recuerdo aquel ejército de tullidos que mostraban sus muñones y sus heridas sin reserva cada mes de septiembre cuando miles de almerienses peregrinaban a Monteagud para rendir cuentas ante la Virgen de la Cabeza. Impresionaba, a medida que subías el cerro, encontrarte con uno al que le faltaba una pierna, con otro que no tenía manos o se había quedado ciego y suplicaba con voz plañidera la caridad de los caminantes.

Había pobres de pedir y había pobres que tenían un oficio tan humilde que apenas les llegaba para sobrevivir. Pobre era aquel hombre que pasaba de vez en cuando por mi barrio, casi siempre a la hora en que los niños estábamos en el colegio, pregonando a voces: “la lana, el cobre, la ropa vieja”. Era el trapero ambulante, el que iba en busca de lo inservible, el que lo mismo se llevaba un perchero de madera roto que un colchón con los muelles descompuestos. Uno de mis primeros recuerdos infantiles, alimentado por las historias que después me contaron mis hermanos mayores, era el de aquel arqueólogo de lo inútil que recorría las calles con un carro y un saco al hombro. Iba cargado de retales, de botellas de cristal, de trapos harapientos y de periódicos pasados de fecha. Aquel comerciante de lo estropeado buscaba lo que nadie quería, todo lo que se iba abandonando en las casas para darle vida y volver a ponerlo en uso. Lo recuerdo cubierto de un traje gris manchado de tiempo, con un sombrero que también estaba en venta y que en los días de viento echaba a volar para deleite de los chiquillos que cada vez que llegaba le salían al paso como si en vez del pobre trapero estuviera pasando un artista. Tal vez era un artista de la supervivencia, capaz de sacarle unas monedas a lo que tiraba la gente. Conservo un recuerdo lejano del trapero atravesando la calle de la Almedina en una mañana de lluvia. Llevaba la mercancía tapada con un toldo raído y caminaba deprisa, cabizbajo, derrotado por el chaparrón que le había calado hasta los huesos y le había arruinado el día.

También era muy pobre aquel artesano de la miseria que por un duro te arreglaba el paraguas y se llevaba hasta los clavos oxidados de las puertas. Lo mismo recogía el hierro viejo que los cartones de las cajas o los periódicos amarillentos. En aquellos años todavía existían en los barrios los negocios que compraban el papel, donde de vez en cuando íbamos los niños con las revistas y las novelas caducadas en busca de esa moneda de duro que nos permitía afrontar algún que otro capricho callejero.

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