La Voz de Almeria

Historias de Almería

El golpista que aún disfruta de una calle en Almería

Lorenzo Tamayo Orellana fue un militar que llegó a Almería en 1922 y conectó con la burguesía almeriense, siendo Hermano Mayor del Nazareno; cuando estalló la Guerra dirigió el Alzamiento desde Granada

Retrato de Lorenzo Tamayo Orellana, en los años de Postguerra en Granada, ya retirado de su actividad militar.

Retrato de Lorenzo Tamayo Orellana, en los años de Postguerra en Granada, ya retirado de su actividad militar.

Manuel León
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El nombre de un militar golpista flota aún en el rótulo de una calle señera de Almería, incumpliendo la Ley de Memoria Democrática de Andalucía de 2017. Es el único gerifalte de la Dictadura que aún mantiene su nombre en el callejero de la ciudad de La Alcazaba, a pesar de que desde hace justo ahora un año el Ayuntamiento y la Diputación hicieron una promesa conjunta, no cumplida: retirar todos los símbolos franquistas en la provincia con una dotación presupuestaria de 1.500 euros.

El insólito superviviente falangista en el callejero de Almería es el general Lorenzo Tamayo Orellana, con calzada a su nombre desde la Rambla hasta la calle Gravina, surcando el Paseo de Almería, la Plaza de la Virgen del Mar hasta llegar a la Casa rosa del dueño del exótico Río Preto. Alguien podría pensar que Tamayo, que residió en Almería y convivió con sus habitantes desde 1923 a 1935, fue elevado a los altares de tener una calle a su nombre por esta circunstancia o por ser Hermano Mayor del Nazareno o Encuentro desde 1928 a 1934, pero no es el caso. El acuerdo plenario del 13 de mayo de 1939, firmado por el alcalde Vicente Navarro Gay lo deja cristalino: “La Comisión gestora municipal acuerda rotular con el nombre del General Lorenzo Tamayo la antigua calle Sagasta por sus méritos militares en la Cruzada de España”. En la misma sesión en la Plaza Vieja, en la que participaban los señores Juárez, Lacal, Fuentes y Góngora, se nombró alcalde honorario de Almería al Generalísimo Franco y se acordó trasladar el Pendón de Castilla de Almería a Madrid para que participara en el primer Desfile de la Victoria. También se acordó darle el nombre de Avenida Calvo Sotelo a la calle de la Estación y Alejandro Salazar a la plaza del republicano Manuel Pérez García. En ese mismo acto se prohibió la entrada a Almería de cabras y lecheros por la propagación de las fiebres maltas, quedando la ciudad en más de un mes sin una gota de leche. El nombre del antiguo presidente del Consejo de Ministros, Práxedes Mateo Sagasta, se recuperó años más tarde para una calle perpendicular al Paseo.

La calle de Calvo Sotelo se retiró hace muchos años, recuperando de nuevo el nombre de La Estación; al igual que se resucitó la de Manuel Pérez García; la de la calle La Reina, que se consagró a Queipo de Llano; y la calle Granada, que se había ungido a nombre del mandamás franquista Andrés Saliquet Zumeta, casado en segundas nupcias con una oriunda de Fiñana, donde hizo instalar la línea telefónica antes que en el resto de la provincia.

También perdió su nombre la calle del general Rada en provecho de la actual de Concepción Arenal y el salón central de Almería, que durante décadas fue Paseo del Generalísimo, volvió a ser Paseo de Almería cuando se reinstauró la Democracia y el Parque de José Antonio, por el fundador de Falange, perdió su denominación por la actual dedicada al prócer alhameño

La calle del valiente cuevano General Segura, que subsiste, nada tiene que ver con la Guerra Civil. No consta que en el callejero de la capital, sí en el de la provincia, fuesen rotuladas calles a nombre de los defenestrados generales Mola y Sanjurjo, que murieron antes de finalizar la Guerra Civil. Pendiente está dar cumplimiento al acuerdo para cambiar el nombre de la calle General Moscardó -el motejado como ‘héroe del Alcázar’- por el de la represaliada de Tabernas Angelita Magaña, localizada en la zona de Artés de Arcos.

Volviendo al Lorenzo Tamayo, la Diputación Provincial acordó también nombrarlo Hijo Adoptivo de la provincia ese mismo año de 1939, bajo la presidencia del ‘camarada’ Ortega García y con asistencia de Vizcaíno González, Batlles García y Mañas Alvarez. Desde Granada, para recibir el nombramiento, salió hacía Almería el ínclito Tamayo, que era entonces general jefe de la 33 División. Lo recibieron la Comisión Gestora, el gobernador Francisco Pérez Cordero y el coronel de la División, Francisco Rosaleny. Se hospedó en el Hotel Simón , visitó la capilla de la Virgen del Mar y cenó, opíparamente reza la crónica, en el restaurante Puente de Hierro. Al día siguiente llegaron el Jefe del Ejército del Sur, Gonzalo Queipo de Llano y el propio Saliquet, jefe del Ejército del Centro, quien ordenó a los directores de las fábricas de mineral de Almería que reanudaran de inmediato la actividad, interrumpida por la Guerra, bajo sanciones.

Victoriosos en la recién acabada contienda sangrienta, Tamayo, Saliquet y Queipo eran como los dioses del Olimpo en esa Almería malograda, paupérrima, desquiciada, tras casi tres años de sangre y plomo.

Cuando apenas había pan duro para comer en la ciudad, El Ayuntamiento obsequió a los altos mandos con un lunch en el salón de plenos de la Plaza Vieja, servido por el Café Viena, con vítores al Caudillo y banda de música. Por la noche continúo la correría con un vino en la Sociedad de La Peña, en el edificio histórico donde termina el Paseo de Almería, y al día siguiente otro almuerzo pantagruélico en La Venta Eritaña y Misa de acción de gracias en Santo Domingo con traslado de la Virgen del Mar bajo mazas a la Plaza Ramón y Cajal.

Lorenzo Tamayo nació en 1879 y estuvo destinado como Capitán en Cataluña, Sevilla y Hellín. Se casó en 1904 en primeras nupcias con Ascensión Barco y Velasco y con ella tuvo un hijo que estudió en el Instituto de Almería. Aunque cuando llegó a Almería en 1922 acababa de casarse por segunda vez con Dolores Clares, con la que tuvo un segundo hijo almeriense llamado Carlos. Desembarcó en Almería como comandante de Infantería del Gobierno Militar bajo las órdenes del Gobernador Militar Arturo Nario en el Cuartel de la Misericordia, con funciones de director general de Reclutamiento. Tenía un carácter afable y se relacionó bien con la burguesía almeriense de la época a quién recibía en su casa de Conde Ofalia, 5. Después se construyó un chalet en Aguadulce para el veraneo que luego vendieron sus descendientes a Urbanizadora de Aguadulce S.A. En 1935, contra sus deseos, fue destinado a Oviedo, y cuando empezó la Guerra, al Centro de Movilización número 4. Allí comandó la Sublevación, dirigiendo el Frente de Baza al mando de la División 32 y fue nombrado presidente de la Diputación durante la contienda.

Se asentó en la Postguerra definitivamente en la ciudad de Los Cármenes y llegó a ser durante unos años presidente del Granada C.F. En Almería su memoria permanece anclada a una de las calles más populares de la ciudad, incumpliendo la legalidad vigente. 

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