La Voz de Almeria

Almería

Los años en los que Almería se convertía en un paisaje suizo

Todos los pueblos tienen sus nevadas de leyenda que van narrándose de abuelos a nietos.

alcolea, en 1952, cuando cayó una nevada que hizo que los vecinos salieran a la calle a hacer bolas de nieve.

alcolea, en 1952, cuando cayó una nevada que hizo que los vecinos salieran a la calle a hacer bolas de nieve.

Manuel León
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Cuando en Almería hacía frío, a los niños les salían sabañones en las manos e iban  a la escuela con orejeras. Las sábanas congeladas de los ancianos se calentaban con bolsas de agua caliente y en el hogar crepitaban las brasas de picón; cuando en Almería hacía frío, frío de verdad, solo había mantas y leña  en una estancia en penumbra, alumbrada por una mariposa a la que se le helaba hasta el aceite.


Calaba hasta los huesos el frío cruel de antes de la Guerra y hacía que los almerienses se metieran en los bares a tomar un café de cuatro horas, como en La Colmena de Cela, o en el Hesperia, a ver películas de sesión continua, para escapar de la desazón de las calles; cuando hacía frío con mayúsculas en Almería, en la ciudad del sol- la Claudia ficticia de Naveros- los abrigos tenían que durar toda la vida y en la circunvalación de la Plaza del Mercado emergían abigarrados los vendedores de bufandas y pavos, los puestos de castañas y de boniatos sobre unas lumbres  que hipnotizaban a los niños.


Había familias que se atrincheraban en las casonas burguesas del Paseo del Príncipe y sacaban, como Noé en el Arca, una manita tímida por la cristalera, para ver si había amainado el viento siberiano.
El que pasó frío de verdad, como cuchillos clavados, nunca lo olvidó y quedó en el imaginario colectivo de una ciudad, de una provincia,  y se fue difuendiendo como leyendas de padres a hijos.
 Así se transmitió la nevada del día de Nacimiento de 1926, cuando la gente se tenía que subir a los tejados a quitar la nieve. Había empezado a llover tras la Misa del Gallo en la Catedral y empezó a cuajar a las 5 de la mañana hasta las 9. Los caballeros transitaban con los bigotes ungidos de blanco y el monte cercano del Quemadero refulgía como si se tratase del Mulhacén.


Los coches de línea de Canjáyar, Berja y Alhama llegaban con las capotas blancas y los niños se dedicaron a hacer muñecos de hielo. La belleza de la nieve duró poco en esa primera nevada histórica que se recordaba por los más viejos del lugar, apenas unas horas, en las que los almerienses, más africanos que europeos, paseaban por la Rambla del Obispo  con aire de forasteros, como transportados a una ciudad de la estepa rusa. Era la primera vez, quizá en muchas décadas, que las gentes de la época podían contemplar, llenos de emoción, las calles albinas, como las que se veían en aquellas postales que guardaban en la cartera los marineros escandinavos que llegaban enrolados en los barcos uveros.
Hubo familias que, cuando amainó, salieron en excursión a las sierras próximas cubiertas de armiño, desafiando pulmonías. Almería, engolfada por naturaleza en las caricias de Helios, no estaba preparada para ese frío, ni sus ropas ni sus casas: se agotaron las mantas de franela y los guantes de lana en Almacenes El Aguila y las pastillas contra la tos del Doctor Andreu en la botica de Durbán.


De Cantoria llegaban noticias de que el río andaba bravo y que el abogado Carlos Pérez Burillo, con su hijo Epifanio, habían quedado atrapados en el coche por el hielo cuando se dirigían a las Menas de Serón. Hubieron de pasar nueve años para que llegara a la ciudad el segundo nevazo del siglo XX, el del sábado 9 de febrero de 1935, una nevada casi  tan literaria como las que el fogoso Balzac se esforzaba en describir en sus novelas, cuando creía vivir un febril romance con aquella princesa rusa que no le hizo ni puñetero caso.


La nieve en el Paseo republicano empezó a caer a las 9 de la mañana, no a modo de copos aislados, sino formando una sábana flotante con la vega y la playa teñidas de blanco inmaculado. No se derritió fácilmente como la del 26 y el nácar se apoderó de las cornisas, de los balcones, de las antenas, de las farolas y de las copas de los árboles en una estampa pintoresca. La Alcazaba y el Barranco Caballar brindaban una imagen inédita bajo los copos esponjosos como vellones de lana que enjalbegaban sus hechuras. Ese día, además, llegaba al distrito el ministro de Obras Públicas, José María Cid, al que los gobernantes locales, Peyró, Alemán y el ingeniero Elorrrieta, fueron a recibir a la Estación. Los bomberos le abrieron paso, apartando la nieve a manguerazos de agua, para que pudiera disfrutar de un opíparo desayuno en el  Hotel Simón de Rodolfo Lussnigg.


Lo próceres locales se tuvieron que envainar los discursos preparados previamente sobre la pertinaz sequía de Almería y sus campos mustios y resecos, ante el espectáculo de aguanieve que el ministro contemplaba por las ventanas, mientras daba cuenta de los croissanes con café caliente.


Llegaron otras nevadas a la ciudad, pero ninguna como las del 26 y el 35. Nevó en el 52, aunque sin cuajar, con un aire gélido que cortaba y taladraba los sentidos, en un duro año de frío que invadió toda la provincia hasta Alcolea y la desaparecida Benínar. Nevó en el 54 en  la Venta del Pobre y en Pechina y en Adra, coronando de blanco la Torre de Los Perdigones y dando al traste con la cosecha de caña de azúcar. Y en Vera, en el 27, donde Manuel Ruiz Cruzado hacía muñecos de nieve con palos y zanahorias. Y en María- la Rusia almeriense- donde antes no se recordaba un invierno que no nevara hasta diez grados bajo cero. Allí las cabras se comían las albardas por falta de hierba y el canónigo del obispado, cuando sintió crujir el frío de los Vélez, excusó a los eclesiásticos de usar la sotana en los días más crueles.


En esos años, había en Macael un tal Paco el Tilo que desafiaba el frío bañándose a diario en una balsa de agua gélida, hasta5  grados bajo cero, y que ni cortó ni perezoso, cuando cuajaba, rompía el hielo a pedradas para zambullirse como un Sansón de Los Filabres.


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