Los Caracoles: la añorada barraca de Almería donde Hollywood compraba pimientos como atrezzo para sus películas
Entre el aroma a hinojo y el bullicio del Mercado Central, el pequeño puesto de los Martínez García guardaba la esencia pura de la vida almeriense

Acuarela del pintor José Mario Sarabia en la que inmortalizó el mítico puesto de Los Caracoles.
Bajo la imponente y luminosa arquitectura de hierro, cristal y ladrillo que concibió Trinidad Cuartara para el Mercado Central de Almería, inagurado en 1897, la vida cotidiana de la ciudad latía a un ritmo muy especial. En la circunvalación exterior, justo enfrente de locales emblemáticos como el mítico Bar Michel, que daba comidas tradicionales a los trabajadores y visitantes del templo del abasto, o las entrañables Joyería Bretones y Sombrerería Martínez, ambas aún en funcionamiento, se levantaba una humilde barraca que terminó convirtiéndose en un auténtico faro de la memoria local.
Era el puesto de Los Caracoles, un rincón rebosante de vida donde el rótulo pintado por el artista Carrique anunciaba algo más que un negocio: el esfuerzo diario de una familia que durante varias generaciones se volcó en ofrecer los tesoros gastronómicos y los olores más auténticos de su tierra.
De generación en generación
Esta hermosa aventura comercial germinó en la década de los años 40, impulsada por la entrega pionera de Ramón García, Josefa Plaza y Mercedes Úbeda. Con el paso de los años, el testigo de esa noble tradición lo recogió el matrimonio formado por Antonia García Plaza y Emilio Martínez Úbeda, quien cambió el oficio de albañil por el mostrador debido a la salud.
Juntos, con un sacrificio silencioso y un orgullo infinito por sacar adelante a los suyos, convirtieron ese reducido espacio en una despensa imprescindible para los hogares almerienses y para los grandes comedores de la época, como el recordado Restaurante Imperial de Cristóbal, ubicado junto al histórico Cañillo del Agua, en Puerta de Purchena.
Los aromas y sabores más almerienses
Cruzarse frente a la barraca era entregarse a una sinfonía de aromas y colores autóctonos que definían el recetario de la provincia. Allí convivían en perfecta armonía los caracoles que le daban nombre con los manojos de hinojo fresco, el trigo para las ollas de la tierra, los aranques, los huevos de campo, los espárragos silvestres, tripas de embutidos y algún que otro queso.
Colgadas del techo llamaban poderosamente la atención las vistosas ristras de ajos y los pimientos secos, tejiendo un tapiz rojo y dorado que no solamente atraía a vecinos de toda la vida, sino a cualquier paseante que pasara por la calle que hoy conocemos como Ulpiano Díaz, circunvalación en la que ya solamente quedan como 'puestos' exteriores del Mercado Central las cafeterías Habibi y El Sevillano.
De un pequeño puesto a la gran pantalla
Fue precisamente en los años dorados del Spaghetti Western, en la década de los 60, cuando la barraca vivió su etapa más mágica y novelesca. De la mano del gran cine que convirtió a Almería en un plató internacional, por el puesto vieron pasar las miradas curiosas de fulgurantes estrellas como Anthony Quinn, Yul Brynner o los equipos de las míticas películas de Clint Eastwood.
Asombrados por la increíble variedad de géneros concentrados en un espacio tan diminuto, más de un equipo de producción terminó comprando aquellas memorables ristras de pimientos secos para incluirlas como atrezzo en las grandes producciones del lejano oeste como la famosa trilogía del dólar de Sergio Leone: 'Por un puñado de dólares' (1964), 'La muerte tenía un precio' (1965) y 'El bueno, el feo y el malo' (1966). Así se lo contaba años después Emilio, cinéfilo empedernido, a su hijo José Ramón.
Un homenaje al legado de los pequeños comercios
Hoy, aunque el tiempo haya convertido la entrañable barraca de Los Caracoles en un recuerdo lejano, su alma, como la de otros tantos negocios familiares del pasado siglo ya desaparecidos, sigue intacta en el aire que respira el centro almeriense. Como vestigio tangible del pequeño puesto de los García Martínez, queda su célebre balanza donde se pesaron los ingredientes de muchas generaciones de almerienses. Inmortalizada por el pintor José Mario Sarabia en la acuarela que ilustra esta noticia, descansa en el Museo de Terque como un testimonio vivo del paso del tiempo.
Cedida por sus descendientes, permanece allí como el más bello homenaje al legado, la lucha y la dignidad de Antonia y Emilio, y de sus padres, recordando a quienes la miran que la verdadera historia de una ciudad se escribe en la calidez de sus pequeños grandes comercios.