La Voz de Almeria

Almería

El bonito gesto de las camareras de Antiu Xixona en Almería por el 100 cumpleaños de su cliente más entrañable

Empleadas de la heladería sorprendieron a Juan Carreño, su vecino centenario, mientras desayunaba con uno de sus hijos

El centenario Juan Carreño tras soplar las velas el 12 de octubre en compañía de su hijo, Encarni, Lucía y Laura, trabajadoras de la Heladería-cafetería Antiu Xixona.

El centenario Juan Carreño tras soplar las velas el 12 de octubre en compañía de su hijo, Encarni, Lucía y Laura, trabajadoras de la Heladería-cafetería Antiu Xixona.La Voz

Francisco Luque Ramírez
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El pasado lunes 12 de octubre, como cada día, Juan Carreño bajó a desayunar a la Heladería Antiu Xixona del Paseo Marítimo de Almería, a dos calles de su casa, literalmente. En esta ocasión lo acompañaba uno de sus tres hijos. Pidió su café con leche en vaso de caña y la tostada de pan integral con aceite de todas las mañanas, a la que solamente pudo dar un mordisco antes de llevarse una grata sorpresa. Las camareras de la cafetería se acercaron a su mesa con unos dulces coronados por tres velas: Juan cumplía cien años. 

Emocionado y con una sonrisa de oreja a oreja, este almeriense centenario sopló las pequeñas llamas y levantó los brazos mientras las jóvenes terminaban de entonar el cumpleaños feliz. Fue un detalle desde el corazón, de los que suelen darse solamente en los negocios de barrio, donde todos se conocen y se tratan como si fuesen familia. Y es que Juan es más que conocido en esta cafetería a la que, hasta hace menos de dos años, iba cada día con su esposa, Ángeles.

La sonrisa incesante

"Siempre tiene buen humor", comparten Encarni, Lucía y Laura, las empleadas que quisieron regalar a Juan una sincera felicitación que iluminó el rostro y la mañana de su cliente centenario. Un pequeño detalle que las hace muy grandes y que llena de vida a este almeriense que nació casualmente en Francia, vivió la Guerra Civil y acabó por convertirse "mejor escultor" de Almería tras emprender un negocio familiar que le impidió seguir formándose en Bellas Artes.

Al igual que las camareras, su hija Ángeles recalca que su padre "no se enfada para nada, su buen humor es lo que más lo caracteriza". Recuerda que "hasta hace un año conducía, pero ya le quitaron el carnet del coche. Siempre le ha gustado mucho salir, con mi madre viajaba mucho".

Toda una vida ligada al barrio

Los Carreño eran seis hermanos (Juan, Antonio, José, Carlos, Paco y Emilio) y una hermana (Ana) que tuvieron hasta finales de los años 80 un terreno junto a la famosa casa de Villa Pepita, justo donde se levantó en 1992 el edificio Alameda, entre la actual calle Cartagena y la Plaza Elena Pezzi. 

Pionero escayolista en la ciudad, llegó a imitar las estalactitas y estalagmitas de las Cuevas de Nerja en un popular negocio de Roquetas de Mar y fue muy cotizado siempre por todos los arquitectos de aquella época. Juan trabaja con diferentes materiales para fabricar también jardineras, tinajas y botijos que se acumulaban en un patio al que solían entrar los jóvenes del vecindario para que les regalasen la escayola sobrante de las molduras y usarlo a modo de tiza para escribir sus nombres. 

También había pilas de piedra y en ellas los Carreño siempre dejaban agua para que los niños de Villagarcía y de San Miguel que jugaban al fútbol justo enfrente, en un descampado al que llamaban 'El Campillo' y sobre el que ahora está el edificio que alberga en sus bajos la Oficina de Correos de Gibraltar Español, pudieran lavarse la cara y refrescarse. Los más valientes hasta se la bebían, por lo que algunos forjaron estómagos a prueba de bombas desde bien pequeños. 

El vecino más longevo

De aquel solar de los Carreño queda solamente la voz viviente de Juan, padre de tres hijos, con cinco nietos y otros tantos bisnietos, que toma su café cada mañana mirando al mar, a escasos metros del lugar en el que se dedicó durante décadas al negocio familiar. Desde allí vio cómo Almería empezó a conquistar cada metro hacia el este para convertirse en la ciudad que es hoy en día. 

Ya no están las pilas ni la escayola. Tampoco ese descampado donde rodaba el balón. Ni el chalet de Don Deogracias Pérez que proyectó Guillermo Langle. Lo que sí queda, por suerte para el paisaje humano y la historia del barrio en el que se instaló porque un carpintero no le dejaba dormir en su anterior casa de la Almedina, es la mirada entrañable de un vecino centenario que sigue disfrutando de la vida yendo a un pequeño huerto que tiene en La Juaida o dando los buenos días a las camareras de su cafetería favorita.  

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