Las mujeres que habitan el silencio
Hay mujeres cuya historia se escribió andando. Y otras que aprendieron a escribirla sin salir de una habitación

El interior y el exterior del Monasterio de la Purísima Concepción, al que los almerienses llaman Las Puras, es un espacio que conserva más de cinco siglos de historia en pleno corazón de Almería
Hay lugares donde el tiempo no pasa. Se queda. Se posa sobre las piedras, duerme en los patios, se esconde debajo de la tierra. A veces se vuelve musgo, grieta, madera antigua. Otras veces, agua. El Monasterio de la Purísima Concepción, al que los almerienses llamamos sencillamente Las Puras, es uno de esos lugares. En mitad de Almería, detrás de una puerta que hemos cruzado miles de veces con la mirada sin preguntarnos demasiado qué había al otro lado, unas mujeres llevan más de quinientos años habitando el silencio.
Antes que convento aquello fue huerta. Tres almunias musulmanas, con sus casas, sus torres, sus árboles y sus tierras cultivadas. Agua. Me gusta saber que antes de los muros hubo un jardín. Imagino la sombra de los árboles sobre la tierra y el sonido del agua atravesando una ciudad que siempre ha sabido cuánto vale una gota. Después llegaron las primeras concepcionistas desde Torrijos y, en 1515, comenzó otra historia. O quizá la misma, porque cambiaron las mujeres, cambiaron las oraciones y cambiaron los nombres de las cosas, pero debajo de la tierra siguió quedando el agua.
Desde entonces han pasado cinco siglos. Guerras, desamortizaciones, expulsiones, cambios de régimen. Hombres que decidían el destino de países y de mujeres. Reyes, gobiernos, obispos, alcaldes. Y ellas permanecieron. Rezaron, leyeron, estudiaron, trabajaron, cuidaron, enseñaron. Administraron lo poco o lo mucho que tenían, perdieron bienes y los recuperaron, buscaron la manera de sostener su comunidad y levantaron un colegio sobre parte de aquella antigua huerta. Vivieron. Y no es poca cosa.
Porque la historia ha contado muchas veces lo que hicieron los hombres fuera de los muros y muy pocas lo que hicieron las mujeres dentro de ellos. Tal vez porque nos enseñaron que la historia sucedía en los campos de batalla, en los parlamentos, en los barcos y en las plazas. Casi nunca en una cocina, alrededor de una mesa, en una celda donde una mujer leía a la luz escasa de una ventana, en un claustro o en los cuidados. Y, sin embargo, también allí estaba sucediendo el mundo.
Cuando pensamos en una mujer libre imaginamos casi siempre una puerta que se abre. Una mujer que sale, que ocupa la calle, que habla, que decide, que ya no pide permiso. Por eso resulta tan difícil mirar hacia Las Puras sin caer en la tentación de decidir por ellas. Decir que fueron víctimas. O decir que fueron libres. Quizá las dos afirmaciones sean demasiado sencillas para contener una vida.
Sin idealizar la clausura
No quiero idealizar la clausura. Aquellos muros pertenecían también a un mundo construido con límites muy estrechos para las mujeres y sería absurdo olvidarlo. Pero tampoco quiero cometer otra injusticia: convertirlas únicamente en mujeres encerradas. Porque una mujer puede estar detrás de una puerta y seguir pensando. Puede leer, crear, gobernar una comunidad, escribir, disentir, cuidar de otras mujeres y de la vecindad.
Puede encontrar una habitación propia mucho antes de que alguien la llamara así. Pienso en Teresa de Jesús, aquella mujer del siglo XVI que escribió, fundó, viajó, discutió y pensó con una libertad intelectual que todavía hoy deslumbra. Pienso en Hildegarda de Bingen componiendo música, observando plantas, escribiendo sobre el cuerpo y la naturaleza en mitad de la Edad Media. Pienso en Sor Juana Inés de la Cruz, que encontró tras los muros de un convento el espacio que el mundo difícilmente le habría concedido para entregarse al conocimiento. Mujeres dentro de muros y, sin embargo, qué difícil encerrarlas.
Y pienso también en María Zambrano y en su razón poética, en esa forma de acercarse a la verdad sin conquistarla, sin imponerla, casi escuchándola. Zambrano fue mujer faro de José Ángel Valente, el poeta que eligió vivir tan cerca de Las Puras y que hizo del silencio una materia casi palpable. Quizá algunos lugares se reconocen entre sí. Quizá por eso, en mitad del ruido de una ciudad, lleva cinco siglos existiendo una casa dedicada al silencio. Hay silencios que no son ausencia. Son una manera de escuchar.
Hace algunos años viví allí una pequeña escena que se me quedó dentro. Habían llevado un piano de cola hasta el altar para un concierto. Yo estaba sentada en uno de los bancos mientras el afinador trabajaba. Pulsaba una tecla, escuchaba, esperaba, ajustaba una cuerda y volvía a pulsarla. Aquel hombre parecía saber algo que los demás olvidamos con demasiada frecuencia: para saber si una nota está en su sitio hay que escuchar también lo que ocurre después de tocarla.
Entonces se acercó la abadesa, María del Mar Solbas. Nos presentamos y, para mi sorpresa, descubrí que sabía quién era yo. Conocía a mi familia, sabía de mis amistades, de mi círculo cercano, de mi activismo. Mi cara en aquel momento tuvo que ser un poema. Yo, que pensaba que ellas vivían apartadas del mundo, descubrí de pronto que desde detrás de aquellos muros sabían perfectamente lo que ocurría fuera. Me dijo que leían mis columnas. Jardín del mar había cruzado la clausura antes que yo. Todavía me conmueve pensarlo. Me invitó a volver otro día para visitarlas. Podía haberlo hecho, pero me dio pudor. Hay invitaciones que una no rechaza y, sin embargo, tarda años en aceptar. Aquella quedó pendiente. Alguna vez imaginé hacer la visita junto a la cantautora almeriense Sensi Falán. Y los años fueron pasando. Hasta hace unos días.
Esta vez crucé la puerta. Entré como una visitante más y recorrí el claustro porticado, me asomé al pozo que comunica con el aljibe, vi el refectorio y sus pinturas, las estancias y los corredores, los lugares que otras mujeres han atravesado durante siglos. Y sentí algo difícil de explicar. Quizá porque una cosa es conocer la historia de un lugar y otra poner los pies donde sucedió.
Pensé en todas aquellas mujeres. En las que caminaron sobre aquellas mismas piedras hace cien años, doscientos, cuatrocientos. Las que tuvieron vocación y las que tuvieron dudas. Las que encontraron allí refugio y las que quizá alguna noche quisieron marcharse. Las que llegaron huyendo de un destino que otros habían preparado para ellas. Las que encontraron entre aquellos muros amigas, hermanas, maestras. Las que fueron felices y las que no. Porque tampoco quiero quitarles sus contradicciones. También eso sería quitarles humanidad.

Las Puras, en el corazón de Almería
La cadencia de sus días
Me emocionó imaginar la cadencia de sus días: la campana, la oración, el silencio, el trabajo, la lectura, los cuidados, el canto. Otra manera de medir el tiempo. Afuera contamos las horas con alarmas, mensajes, reuniones, noticias, semáforos y teléfonos que vibran dentro del bolso. Corremos, contestamos, llegamos tarde y volvemos a correr. Dentro, una campana todavía puede decir que ha llegado la hora de detenerse.
Y pensé que quizá llevamos demasiado tiempo confundiendo algunas palabras. Silencio con ausencia. Retiro con indiferencia. Clausura con desaparición. Porque aquellas mujeres nunca estuvieron fuera del mundo. Estaban en él de otra manera. Mientras Almería crecía alrededor de sus muros, ellas permanecían. Como permanece un árbol antiguo mientras cambian las casas que lo rodean. Como permanece una semilla debajo de la tierra cuando todavía nadie puede adivinar la flor. Como permanece el agua en el fondo de un pozo: invisible, oscura, quietísima. Pero agua.
No sé si aquellas mujeres fueron libres como nosotros entendemos hoy la libertad. Ni siquiera sé si nosotros lo somos tanto como creemos. Y no quiero decidirlo por ellas. Durante demasiado tiempo otros decidieron por las mujeres qué debían pensar, dónde debían estar, a quién debían amar, qué podían aprender y hasta qué podían desear. No quisiera que ahora, desde otro tiempo y con otras palabras, fuéramos nosotros quienes volviéramos a decirles qué significaron sus vidas. Prefiero escucharlas, aunque sea difícil escuchar a quienes llevan siglos en silencio.
Quizá por eso pienso en sus nombres. En los que conocemos y, sobre todo, en los que se perdieron. En una muchacha que atravesaría aquella puerta una mañana cualquiera de 1600. En otra que lo haría en 1750. En otra en 1900. Imagino por un instante el momento exacto: la puerta abierta, la calle detrás, una madre, una hermana, tal vez una última mirada y después el sonido de la madera al cerrarse.
Nunca sabremos qué pensaron. Nunca sabremos si alguna lloró aquella primera noche. Ni si otra, por primera vez en su vida, sintió que había llegado a casa. Y eso es quizá lo que más me conmueve: no saberlo. Dejarles al menos ese territorio. El misterio de haber sido ellas mismas.

Las Puras, en el corazón de Almería
Cinco siglos después, Las Puras siguen ahí. Y en una época que nos obliga casi a exhibir la vida para demostrar que la estamos viviendo, aquellas mujeres custodian algo que quizá nosotros estamos perdiendo: el derecho al silencio, el derecho a la lentitud, el derecho a no ser vistos, el derecho a que una vida tenga sentido aunque nadie la esté mirando.
Cuando salí del convento pensé de nuevo en María del Mar y en aquella invitación que había tardado tantos años en aceptar. Y pensé en el piano. En aquel afinador solo ante un instrumento enorme, pulsando una tecla y esperando, escuchando cómo la nota desaparecía lentamente en la iglesia. Tal vez algunas cosas necesitan silencio para encontrar su nota. Quizá yo necesitaba todos estos años para atravesar aquella puerta.
Al salir, Almería seguía allí. La misma luz, los coches, las voces, la gente caminando deprisa. Nada había cambiado. Y, sin embargo, durante unos segundos tuve la extraña sensación de ser yo quien regresaba al mundo después de haber estado fuera.
Miré hacia atrás. La puerta de Las Puras volvió a cerrarse y pensé en aquella antigua huerta, en los árboles que ya no existen, en las mujeres cuyos nombres hemos olvidado y en el agua que todavía permanece bajo el convento, guardada en la oscuridad del aljibe.
Nadie la ve. Pero está.
Como estuvieron ellas. Como están.
Y comprendí entonces que quizá un muro no siempre sirve para encerrar. A veces guarda un jardín. A veces protege una voz.
Y algunas veces, mientras creemos que detrás de él sólo hay silencio, hay mujeres sosteniendo el mundo sin hacer ruido.

Las Puras, en el corazón de Almería