Eduardo Fernández, el histórico metre de Almería, se despide en su último servicio tras 51 años junto al mar
El jefe de sala del Club de Mar y del Catamarán pone fin a una trayectoria junto a la familia Sierra, tres generaciones unidas por la misma forma de entender la hostelería

Eduardo Fernández, metre del Restaurante Catamarán, en su última noche de trabajo en el día de su cumpleaños, 8 de agosto.
Hay personas que pasan por la vida de los demás. Llegan, se marchan y se acaba borrando su recuerdo. Otras, en cambio, se quedan, porque terminan ocupando un lugar en la memoria de quienes las rodean. Eduardo Fernández, el metre histórico de Almería, pertenece a ese segundo grupo. Nunca se lo propuso. Nunca lo buscó. Durante medio siglo aprendió a observar, a recordar nombres y rostros y a comprender que la grandeza de los pequeños gestos reside, precisamente, en la capacidad de hacer que los demás se sientan como en casa. Con esa forma discreta y elegante de entender el mundo, acabó convirtiéndose en una de esas personas que parecen haber estado ahí desde siempre. Y, en cierto modo, así ha sido.
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Su presencia tampoco altera la escena. Más bien la acompaña. Rostro amable, sonrisa tranquila y la serenidad de quien lleva toda una vida tratando con personas. Escucha. Sonríe. Y posee esa habilidad, cada vez más escasa, de hacer que cualquiera perciba una atención especial durante unos minutos. A sus 69 años, recién cumplidos ayer, 8 de agosto, y en la misma noche de su jubilación, Eduardo siguió hablando del trabajo con el mismo entusiasmo que aquel muchacho de 17 años que comenzó a cotizar el 1 de mayo de 1975 en el histórico Club de Mar. Entonces, el restaurante seguía ubicado en Pescadería y conservaba el espíritu de aquella aventura que Francisco Sierra López había iniciado en julio de 1956. Almería era distinta. Y el tiempo, sencillamente, transcurría a otro ritmo.
Tres generaciones
Lo que comenzó siendo un empleo acabó transformándose en algo mucho más difícil de definir. Casi sin darse cuenta, el trabajo dejó de ser únicamente un trabajo y la familia Sierra pasó a ocupar un lugar esencial en su propia existencia. Primero fue Francisco Sierra López. Después llegó Francisco Sierra Sánchez. Más tarde, Francisco Sierra Zapata. Tres generaciones. Medio siglo compartiendo el mismo oficio y una misma forma de interpretar la hostelería.
Eduardo se convirtió en el rostro que daba la bienvenida a los clientes, el primero en recibirlos y el último en despedirlos. Su labor consistía en coordinar el servicio y comprobar que cada detalle estuviera en su sitio, pero quienes han compartido con él la sala saben que su trabajo fue mucho más allá de las funciones propias de un metre. El correr de los días terminó afianzando un vínculo construido sobre la confianza, el afecto y el respeto mutuo. Quizá, por eso, las tres generaciones de la familia Sierra y el propio Eduardo acabaron tomando la misma decisión: seguir caminando los unos al lado de los otros.
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Por eso, cuando el Día de Reyes de 2024 puso fin a su etapa en el Club de Mar —la concesión del restaurante cambiaba de manos— la despedida no fue del todo una despedida. Eduardo apenas tuvo que recorrer unos metros para comenzar otra andanza en el Restaurante Catamarán, con Francisco Sierra Zapata, representante de la tercera generación de la familia. No obstante, aquel lugar tampoco le resultaba desconocido. Durante las obras del Club de Mar, Francisco Sierra Sánchez le pidió que se trasladara hasta allí junto a un grupo de trabajadores para poner en marcha el nuevo establecimiento y atender a los socios y a los primeros. De algún modo, aquella tampoco era una llegada. Era un regreso.
Las personas
Y, en realidad, ese recorrido no puede explicarse únicamente a través de las fechas. También hay que hacerlo a través de las personas. Algunas han compartido con Eduardo prácticamente medio camino. Es el caso de Antonio, uno de sus compañeros, que ha trabajado a su lado durante los últimos 31 años. Para él no hacen falta demasiadas explicaciones. "Eduardo es toda una institución", afirma. Tal vez ahí resida la mejor explicación de todas. Porque hay veces en las que una sola frase basta para resumir toda una vida.
Anoche, Eduardo puso el punto final a una historia que había comenzado aquel 1 de mayo de 1975 y que, de algún modo, terminó junto a la misma familia que lo vio crecer. Ahora habla de fútbol, de los seres queridos y de la tranquilidad de quien sabe que ha hecho las cosas bien. Las mesas volverán a llenarse, las conversaciones seguirán sucediéndose y el rumor del mar continuará llegando desde el puerto, exactamente igual que siempre.
Todo seguirá adelante. Pero quienes regresen al Catamarán sabrán que algo ha cambiado. Entonces, muchos comprenderán que no se ha despedido únicamente un jefe de sala. También se ha despedido una forma de entender la hostelería y la vida. Por eso, cuando se le pregunta cómo se siente, Eduardo responde sin rodeos: "Acaba una etapa en la que fui feliz". Y quizá esa sea la mayor recompensa de todas.

Rosa, Pruden, Eduardo, Miguel Ángel y Antonio en la última noche de Eduardo en Catamarán