De beber veinte cervezas en una noche a llevar dos años y medio sobrio: la historia de un almeriense adicto
Proyecto Hombre Almería lo acogió en su seno y lo ayudó a consolidar su recuperación

Alejandro no consumía diariamente, pero cuando lo hacía era de forma compulsiva.
"Me di cuenta de que lo perdía todo: mi familia, mi hijo y mi trabajo. Tuve que ponerle fin", reconoce Alejandro con una mirada sincera y clara. Su voz lo revela todo; es el tono de quien ha tocado fondo, pero ha sabido remontar. De quien ha caminado al filo del precipicio y, al caer, ha sabido agarrarse a un saliente para no hacerse trizas contra el fondo.
Con una férrea fuerza de voluntad y la incansable ayuda de Proyecto Hombre Almería, una ONG dedicada a la rehabilitación de personas con problemas de adicciones, el almeriense puede asegurar hoy que se siente mejor persona de lo que era antes de consumir.
Opinión
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Donde comenzó todo
Comenzó a consumir alcohol con 18 años, cuatro por detrás de la edad media española actual. Como muchos otros adolescentes, recurría al alcohol en ambientes festivos, en los que necesitaba vencer su timidez y desinhibirse. "Cuando bebía, perdía los nervios. Podía bailar o relacionarme con otras personas. Pero el problema es que, aunque consumía una o dos veces al mes, cuando lo hacía, lo hacía de manera desorbitada", explica, para después matizar: "Yo no me bebía una o dos cervezas; me bebía veinte".
Y aunque su principal problema empezó siendo el alcohol -una sustancia socialmente aceptada-, este actuaba, en su caso, como puerta de entrada a otros consumos, especialmente la cocaína. Poco a poco, se fue dejando de una manera que llegó a alcanzar el adjetivo de denigrante.

Foto de archivo de unas botellas de vino recopiladas en una caja.
Fue entonces, cuando estaba a punto de perderlo todo cuando llegó también el detonante: "Me di cuenta de que estaba en el camino equivocado y de que iba a perder a mi familia, a mi hijo y mi trabajo. Me dije: esto no puede seguir así". Aunque dejó de consumir por iniciativa propia antes de entrar en Proyecto Hombre -algo inusual-, reconoce que necesitó ayuda profesional para consolidar su recuperación, para lo que también contó con el apoyo de sus padres y de sus seres queridos.
Su paso por Proyecto Hombre
Al llevar un año abstinente por su cuenta, cuando el almeriense ingresó en la ONG, lo hizo directamente a una fase avanzada que recibe el nombre de 'Motivación'. Aun así, Alejandro hace una pausa para aclarar sus ideas y enumera las diferentes fases que un adicto suele pasar en Proyecto Hombre. Según sus palabras, el itinerario suele comenzar en la 'Comunidad', un lugar destinado a personas con un consumo muy elevado que necesitan desintoxicación: "Es una modalidad residencial. Se convive allí".
La primera fase de incorporación a los grupos de ayuda tras la 'Comunidad' es la 'Acogida'. Es allí donde comienza el trabajo terapéutico y de adaptación al programa. Poco después llega 'Motivación', a la que llegó nuestro protagonista. En este escalón del itinerario, el enfermo adquiere herramientas para abandonar el consumo a la vez que trabaja la disciplina, los hábitos saludables, la responsabilidad y la organización personal.
Finalmente, se asciende a 'Crecimiento', momento en el que se encuentra actualmente él. "Es la fase de consolidación del trabajo realizado; se centra en el crecimiento personal, la madurez emocional y la autonomía. Te preparan para afrontar la vida sin el apoyo constante de los profesionales".

Foto de archivo de un grupo de apoyo, como los de Proyecto Hombre.
Al echar la vista atrás, sonríe. Proyecto Hombre le ha ayudado muchísimo, asegura. Quiere devolverles una pequeña parte de lo que siente que les debe: algún día le gustaría colaborar allí, aunque sea cogiendo el teléfono: "Lo que más he aprendido es el crecimiento personal. Salgo de allí siendo mejor persona. Es como una familia, un espacio seguro en el que nadie te juzga". Se trata de un espacio seguro e íntimo en el que, detalla, "se sueltan cosas que no le contarías ni a tus padres ni a tu mejor amigo".
Romper el estigma
Su adicción es un problema crónico que lo perseguirá toda la vida, algo que se complica debido a la sociedad alcoholizada en la que todos nos movemos en nuestro día a día. En España, beber está completamente normalizado, por lo que la presión social es constante y, aunque ha aprendido a poner límites y a protegerse, reconoce que hay situaciones que le remueven emocionalmente.
"Está tan normalizado el alcohol que ya cada vez que te cruzas con alguien por la calle no es: '¿Cuándo nos tomamos una Coca-Cola?', es: '¿Cuándo nos tomamos una cerveza?'", señala. Al principio, reconoce, intentaba ocultar su situación. Hoy habla de ella con naturalidad: "Los que estamos en Proyecto Hombre somos los valientes, los que hemos decidido dar el paso hacia el cambio. Ya le puedo decir a la gente que soy adicto, que estoy en tratamiento y que no voy a beber alcohol".

Adicciones como el alcoholismo son enfermedades crónicas, siempre con el peligro de recaer.
Muy cerca del final del proceso, Alejandro reconoce que siente vértigo. Después de año y medio en Proyecto Hombre y dos años y medio alejado del consumo, se pregunta cómo será afrontar el futuro sin el apoyo constante de terapeutas y compañeros.
Sin embargo, la incertidumbre convive con una certeza: las herramientas adquiridas durante este tiempo le han permitido reconstruir su vida, recuperar relaciones y volver a confiar en sí mismo. Por eso, cuando llegue el momento de marcharse, no quiere hacerlo del todo. Su deseo es seguir vinculado como voluntario a la asociación que, según dice, le enseñó algo más importante que dejar de beber: aprender a vivir.