Jesús Ramón, vendedor de la ONCE por 19 años: "Soy como Bisbal, pero sin cantar. Todos me conocen"
El quiosquero, una cara muy querida en el centro de Almería, ha sido testigo de la evolución del centro al tiempo que entregaba algún que otro premio

Jesús Ramón García, quiosquero de la ONCE.
Lleva 19 años trabajando en el mismo punto de venta, en la esquina de La Salle con la Avenida Federico García Lorca. Ha trabajado en tres tipos de quioscos distintos, desde el modelo más antiguo al más novedoso, en el que se encuentra hoy; todo en aras de llevar a cabo un oficio que, según afirma, “lo dignifica”.
Jesús Ramón García es quiosquero de la ONCE y está muy orgulloso de serlo. Como la banda sonora de un famoso anime decía, se levanta muy temprano cada mañana para que, cuando el reloj marque las 8.00 horas, la llave ya esté girando en la cerradura de su pequeña oficina.
Afiliado a la ONCE desde los cinco meses de vida, cuando sufrió un infarto cerebral que lo dejó con un 66% de discapacidad reconocida, considera que la Organización Nacional de Ciegos Españoles le dio una oportunidad laboral que difícilmente habría encontrado fuera. Esa gratitud es la que traslada en la venta de cada cupón, siempre con palabras amables reservadas para los clientes, una gran sonrisa dibujada en su rostro y la esperanza de que en ese número se esconda un premio que cambie la vida de algún almeriense afortunado.
El corazón del barrio
Tras dos décadas vendiendo loterías, se ha convertido en un órgano fundamental de la cotidianidad del barrio. Los clientes van y vienen, lo saludan, lo invitan a café e, incluso, le cuentan sus problemas personales. “Yo siempre digo de broma que soy como Bisbal, pero sin cantar. Me conoce media Almería”.
Si bien su clientela habitual es la gente del barrio, a la que ha visto crecer, envejecer, tener hijos e incluso fallecer, también hay quien, procedente de otra parte de la ciudad, compra un billete al bajar del autobús, cuya parada se ubica precisamente junto al kiosco de Jesús Ramón.

Puesto de la ONCE, en la calle Reyes Católicas.
Tan cercano es su trato con aquellos que compran en su puesto, que, incluso, ha llevado a cabo algún que otro recado para los ancianos de las inmediaciones: “Yo tenía una clienta mayor que vivía aquí al lado. Todos los días le subía su numerito a su casa, porque no se podía mover casi. Hay vecinos que hasta me dicen que su casa es mi casa”, reconoce con una imperecedera sonrisa.
La fortuna en su mano
No encontró un trébol de cuatro hojas, pero sí lo hicieron sus clientes. Desde que empezase con 24 años, acompañado por su padre, ha entregado muchos premios, algunos de los cuales aún perduran en su memoria con especial cariño.
Recuerda que hace aproximadamente siete años entregó dos millones y medio de euros, una alegría que todavía lo hace sonreír en la actualidad. Pero si hubo una vez que verdaderamente llegó a rozarle el corazón, esa fue cuando a un hombre, un cliente que estaba sufriendo mucho la crisis, le tocaron 35.000 euros. “Me dijo: ‘Por fin vamos a poder llenar la nevera en casa’. Así de mal estaban las cosas”.
Alguien esencial
García siempre tuvo una figura fundamental en su profesión, alguien que lo apoyó desde sus comienzos hasta que falleció, hace cinco años. Su padre fue esencial no solo en su trabajo, sino también en su vida: “Después de jubilarse venía todos los días a ayudarme. Me colocaba una sombrilla de Heineken, porque él trabajaba allí, para evitar que pasara calor en verano”, cuenta con nostalgia.
Y es que si algo cree que se debería mejorar en su oficio es que la caseta no tenga ni un pequeño toldo para combatir las altas temperaturas, no solo para él, sino también para los clientes.
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Concluye así con una demanda histórica para el sector: “Yo trabajo en un cubículo con aire acondicionado, es cierto, pero no deja de ser de cristal y metal. Y tengo que venir a trabajar llueva o truene. Hace unos años me dio hasta un golpe de calor. Eso no puede ser”.
Una convivencia diaria con la diversidad
Aunque la gente suele ser amable con él, reconoce que, pese a la normalización creciente de la discapacidad, todavía hay pequeñas situaciones en las que percibe rechazo. “Al final aprendes a vivir con eso, pero siento que solo tenemos dos alternativas para trabajar: esto o puestos del Estado”.