La Voz de Almeria

Tal como éramos

Cuando éramos ricos con un duro

Contábamos la vida en calderilla; un polo era un lujo y una tebeo usado una aventura

El kiosco de las Pipas del Paseo a finales de los años 50 cuando lo regentaba Fernando Sánchez.

El kiosco de las Pipas del Paseo a finales de los años 50 cuando lo regentaba Fernando Sánchez.La Voz

Eduardo de Vicente
Publicado por

Creado:

Actualizado:

Nunca he podido olvidar la emoción de aquella mañana en la que mientras le daba patadas al balón en medio de la calle descubrí en el suelo un trozo de papel que parecía un billete arrugado. Con temor a que me viera alguien, me agache disimulando como si fuera a coger la pelota con las manos y me metí en el bolsillo aquel inesperado tesoro. Al abrirlo, mi corazón sonaba como un tambor debajo de la camiseta mientras mis ojos comprobaban que no era un espejismo, que eran cien pesetas de verdad. Aquel día fue la única vez en mi vida que me sentí como un rico.

Para los niños de antes una moneda de duro era como una vara mágica que te permitía hacer realidad tus sueños infantiles cuando te ponías delante de un kiosco. Contábamos la vida en calderilla: con una gorda te comprabas un caramelillo de nata, con una moneda de dos reales, una barra de regaliz y con una peseta, una bolsa de pipas o un polo de limón que te sabía a gloria.

La peseta era nuestra moneda de los días de diario, la que llevábamos en el bolsillo para comprarnos un chicle en el carrillo que montaban enfrente de tu colegio. Aquella humilde moneda no te caía nunca del cielo, sino que había que ganársela haciendo bien los recados o trayendo buenas notas en el boletín, que era la mayor alegría que le podías dar a tus padres, al menos en mi casa.

A veces, yo me hacía la siguiente pregunta: ¿Por qué mis padres me recompensan por sacar buenas notas y sin embargo me ignoran cuando les digo que he sido el mejor del equipo jugando al fútbol o el más habilidoso saltando charcos en medio de la calle? Ocurría todo lo contrario sin que yo lo comprendiera. Cuando llegaba a mi casa sudando y cansado tras un partido épico, pero enormemente contento por haber ganado, en vez de felicitarme y regalarme una moneda por lo bien que lo había hecho, lo que hacían era darme un morrillazo y decirme: “Mira cómo vienes, que te va a dar algo”.

En aquella época no se había perdido todavía la costumbre de las visitas, un ritual familiar que se solía organizar los domingos por la tarde. Entonces casi todos teníamos muchas tías a las que visitar, familiares que nos parecía que vivían en barrios lejanos y a los que solo veíamos un par de veces al año. Era tradicional, cuando llegabas a casa de tu tía a la que no habías visto hace meses, que te dijera la típica frase de “ya estás hecho un hombre” y que de paso te pusiera en las manos una moneda de cinco pesetas, que uno aceptaba siempre con cierto temor porque a mi madre no le gustaba que recibiéramos dinero para que no pareciera que la visita era por interés.

Aquel duro que nos metían en el bolsillo era un auténtico botín para la imaginación de un niño. Era tanto el valor que tenía, que a veces tu madre te decía: “no te lo vayas a gastar todo, lo que sobre lo guardas en la hucha”. Y allí íbamos nosotros, vestidos de limpio, haciendo el camino de vuelta con un duro en el bolsillo, sintiéndonos ricos de verdad, haciendo las cuentas de la lechera con aquella moneda que nos prometía una semana por todo lo alto.

Una moneda era tan importante que perderla se convertía en una catástrofe, lo que solía ocurrir con frecuencia en un tiempo en el que andábamos por la vida con los bolsillos rotos. Los niños de antes siempre llevábamos un bolsillo descosido, aquellos pobres bolsillos que nuestras madres se empeñaban en remendar una y otra vez y que siempre acababan perdiendo la dura batalla de la vida. En un bolsillo cabía nuestra infancia, era un pozo sin fondo.

Los niños de aquel tiempo nos movíamos con pasos y con pesetas. Contábamos la vida en monedas y cuando llegaba el domingo y nos daban cinco duros para el cine nos sentíamos extraños, como si cargáramos con una responsabilidad excesiva, un peso al que no estábamos acostumbrados.

tracking