Muere el almeriense que quiso construir tres 'rascacielos'
José García nació entre campos de patatas del barrio de San Luis y fundó Joigca, una de las promotoras inmobiliarias que mejor supo aguantar las crisis del ladrillo

José García Torres, fundador de la promotora Joigca.
Almería le tiene que decir adiós a José García Torres más conocido como Pepe el de Joigca, una de las promotoras más ambiciosas de la ciudad en este primer cuarto del siglo XXI. Pepe se ha despedido de este mundo con 79 años en su casa de San José, su solaz y su gozo, donde disfrutó mirando al horizonte de ese mar volcánico los últimos años de su vida. Una vida, la de Pepe, en la que se hizo así mismo, bregando siempre entre nuevos proyectos, nuevos suelos por colonizar, nuevo ladrillo que levantar, nuevos clientes a los convencer. Pepe tenía su reino en ese despacho de la Rambla baja, desde donde planeaba todas sus estrategias de negocio promotor, desde consiguió salvase de la quema de varias crisis para seguir planeando en el negocio de la promoción residencial. Pepe tenía mirada de canónigo y la pillería suficiente para equivocarse poco, aunque, como todos en esas procelosas aguas de la construcción, alguna vez se equivocó. Uno lo veía de vez en cuando por el Paseo los últimos años, antes de migrar a su escondite cabogatero, y allí se le iba notando la querencia al retiro voluntario en esa vieja costa berberisca donde Pepe también invirtió en el hotel don Ignacio y en promociones de apartamentos, que ahora sigue gestionando su prole.
Pepe nació en 1947, el año del hambre, en el barrio de San Luis que era entonces un extenso patatal, donde, de niño, se dedicaba a romper zapatos pegando patadas a las latas y subiéndose a las tapias del viejo manicomio a coger nidos de golondrinas. Todo ese mundo agropastoril, toda esa vida campesina, de cortijos y aperos de labranza, fue barrida por francas avenidas de asfalto, circunvalando la actual Avenida del Mediterráneo. Pepe, el de Joigca, era de allí hasta el tuétano. Su familia fue pionera en la colonización de esos lares, en el triángulo que formaba San Luis con Los Molinos y la Torre de Cárdenas, en una zona conocida también como Loma de Acosta. Y él, precisamente, fue uno de los impulsores de la transformación urbana de su viejo barrio. “No podíamos seguir viviendo solo con el arado”, solía decir Pepe, cuando le preguntaban por sus años mozos. Decidió convertirse en emprendedor siguiendo la senda del ladrillo que inició su padre Ignacio, mientras su madre Angeles se dedicaba a la crianza de seis hijos.
Empezó como albañil, haciendo casas en Ciudad Jardín, subido al andamio y aplicándose con el palustre. Hasta que decidió montarse por su cuenta y se dedicó a hacer muchos colegios y guarderías que aún existen en la ciudad, en El Ejido, Adra y hasta en Melilla, presentándose a todos los concursos que podía. No siempre cobraba en tiempo y forma y en algunos casos tuvo que recaudar en especie, como cuando un pinto, comprador de una de sus viviendas que promovió en Cabo de Gata, le dijo que le pagaba con cuadros y resultó que era el cotizado Garzolini. Esas pinturas cuelgan aún de su despacho en la Avenida Federico García Lorca.
Pepe fue un profesional que siempre soñó a lo grande partiendo de la base de comprar suelo a buen precio. Entre sus proyectos más mediáticos están, aunque no siempre con final feliz, estaba el del área de descanso de Bayyana junto a Carrida, la antigua sede de Sevillana en la Rambla que terminó vendiendo a Juan Carrión Cáceres, o aquel faraónico propósitos para levantar tres rascacielos en la Avenida del Mediterráneo que ambicionó con dedicar a comercios, oficinas y viviendas, con una altura total de 30 plantas. Lo que sí ha salido, a la postre, adelante es la parcela comercial de El Toyo, que adquirió en alianza con Santaella, formando la sociedad Joisán, y que está en vías de poder desarrollarse por fin.
Se va, por tanto, Pepe García, el de Joigca, y con él ese muchacho de ojos risueños tras sus gafitas de canónigo que creció entre sembrados de patatas morenas y que se convirtió en un lince para los negocios del ladrillo, hasta su retiro, su última morada junto al mar de San José. Descansa en paz amigo.